Honduras y las naciones: reconstruyendo la esperanza

 

Por: Irma Becerra*

Últimamente me han llamado la atención, en plena crisis del coronavirus, varios hechos y varios artículos que han ocurrido en nuestro medio, y me han hecho reflexionar, unos por su resurgida activa esperanza y otros, al contrario, por su desesperanza y resignación. Los hechos en cuestión han sido, de una parte, los clamores esperanzados de atención social que realizaran pobladores de algunos de los barrios más pobres y marginales de la capital para que se les entreguen alimentos y medicinas, y a los que el gobierno ha enviado a gasear con bombas lacrimógenas en lugar de abastecerlos justamente como lo hace con sus activistas cachurecos. Ello, demuestra en plena crisis por la supervivencia existencial, la convicción del pueblo de continuar luchando para satisfacer sus necesidades básicas ante la presencia militar en las calles, y con ello, su justa advertencia de bajar de los cerros marginales a tomarse los supermercados y los mercados si las autoridades gubernamentales no abastecen por igual a toda la población. Esto, porque recordando las palabras del poeta alemán, Bertolt Brecht, “el estómago está primero que la moral”, y como sabemos, la ética filosófica justifica la apropiación de alimentos por alguien que sufre desesperadamente de hambre.

De otra parte, me han llamado la atención dos artículos recientes, publicados en este medio de comunicación en el mes de marzo. Uno de ellos es de Jaime Flores, y se titula, “Honduras, su desaparición como nación está más que anunciada”, publicado el 25 de marzo en criterio.hn. El otro artículo, es de Owen Josué González Zelaya, y se titula, “Si no es putx, no disfruta”, publicado el día de hoy, 26 de marzo de 2020 en criterio.hn.

Ambos artículos tienen algo en común, y es que reflejan la desesperanza, la resignación y la falta de principios éticos propios de autores pequeñoburgueses que le niegan al pueblo hondureño un futuro con ética, esperanza y construcción positiva de la vida tanto privada como pública. El primer ensayo, afirma la desaparición de Honduras como pueblo y como nación, siguiendo los anuncios hechos por un gurú israelita; y el segundo, afirma categóricamente y en tiempos del SIDA y el coronavirus, que la promiscuidad y la “putería responsable” deben pasar a tener el mismo nivel de reconocimiento moral que las relaciones monógamas hechas con ética y con alegría de vivir. Ambos ensayos revelan el vacío que provoca la angustia de la vida cuando no se cree que es posible una vida mejor, y sobre todo, cuando no se cree en un futuro mejor. Reflejan también la preocupación existencial de un adulto, Jaime, y de un joven, Owen, por lo que le suceda a nuestro país, a nuestra sociedad y a nuestra generación actual, secuestradas hoy en día por élites “caníbales” que han olvidado toda responsabilidad por la función social del Estado y la sociedad misma, como los mismos autores denuncian.

No obstante, que se comprende la resignación y la desesperanza de ambos autores anteriores, no podemos dejar pasar tales pronósticos porque lejos de alentar la lucha del pueblo y las mujeres, terminan por robarnos la fuerza, la energía, la solidaridad y la moralidad cívica que encierra la verdadera lucha por la esperanza que ya señalase el filósofo alemán, Ernst Bloch, y cuyo sentido y función pasan ahora a ser la fuerza principal a defender por los pueblos del mundo, sobre todo, ante el caos, la anarquía y la ausencia de principios solidarios que reina actualmente en la mayoría de los países afectados por la pandemia.

Recordemos, pues, ante el desaliento y ante aquellos que lo propagan cómodamente, las palabras de Bloch: “Se trata de aprender la esperanza. Su labor no ceja, está enamorada en el triunfo, no en el fracaso. La esperanza, situada sobre el miedo, no es pasiva como éste, ni menos aún, está encerrada en un anonadamiento. El afecto de la esperanza, sale de sí, da amplitud a las personas en lugar de angostarlas, nunca puede saber bastante de lo que les da intención hacia el interior y de lo que puede aliarse con ellos hacia el exterior. El trabajo de este afecto exige hombres que se entreguen activamente al proceso del devenir al que ellos mismos pertenecen. No soporta una vida de perro, que solo se siente pasivamente arrojada en el ente, en un ente incomprendido, o incluso lastimosamente reconocido. El trabajo contra la angustia vital y los manejos del miedo es un trabajo contra sus autores, en su mayoría muy identificables, y busca en el mundo mismo lo que sirve de ayuda al mundo: algo que es susceptible de ser encontrado. ¡Con qué abundancia se soñó en todo tiempo, se soñó con una vida mejor que fuera posible! La vida de todos los seres humanos se halla cruzada por sueños soñados despiertos; una parte de ellos es simplemente una fuga banal, también enervante, también presa para impostores, pero otra parte incita, no permite conformarse con lo malo existente, es decir, no permite la renuncia. Esta otra parte tiene en su núcleo la esperanza y es transmisible. Puede ser extraída del desvaído soñar despierto y de su taimado abuso, es activable sin vislumbres engañosos. No hay hombre que viva sin soñar despierto; de lo que se trata es de conocer cada vez más estos sueños, a fin de mantenerlos así dirigidos a su diana eficazmente, certeramente. ¡Qué los sueños soñados despierto se hagan más intensos!, pues ello significa que se enriquecen justamente con la mirada serena; no en el sentido de la obstinación, sino de la clarificación. No en el sentido del entendimiento simplemente observador, que toma las cosas tal y como son y se encuentran, sino del entendimiento participante, que las toma tal y como marchan, es decir, como debían ir mejor. Los sueños soñados despierto pueden por eso, hacerse verdaderamente más intensos, más lúcidos,…más conocidos, más entendidos y más en mediación con las cosas. A fin de que el trigo [y el maíz que quieren madurar puedan ser estimulados y recolectados IB]” (Prólogo al Principio Esperanza de Ernst Bloch, archivo pdf., Tomo I, pág. 2).

Observemos entonces la diferencia entre el pueblo que no cesa en su esperanza cotidiana de lucha, y aquellos intelectuales que han perdido su deber cotidiano de impulsar la lucha de los pueblos, estimulando su fuerza de avanzar, pese a todo, hacia adelante en la historia. Diferencia que nos ayuda a distinguir entre ficción y realidad, vicio y ética, negativismo y fuerza positiva ante la existencia. ¡Gracias pueblo hondureño y pueblos del mundo por esta lección de vida! ¡No existe ninguna muerte anunciada y ninguna putería permisiva para ninguna nación de la Humanidad participante!.

*Irma Becerra es Licenciada en Filosofía por la Universidad Humboldt de Berlín y Doctora en Filosofía por la Westfälische Wilhelms Universität de Münster, Alemania. Es escritora, catedrática universitaria y conferencista. Ha escrito numerosos libros y ensayos sobre temas de política, filosofía y sociología.

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