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Historia de Guanaja, en Islas de la Bahía

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AlianzaPor: Rodolfo Pastor Fasquelle

Portada: Viajeros El Salvador

                                                                  a Estefanía y Bo Bo

Siempre es útil la historia. En 1947, Rodolfo mi padre la llevó de luna de miel, en una goleta a La Isla de Pinos y la hospedó, porque no había nada mejor, en un barracón de madera rústica. Gladys Juana cuenta feliz como su esposo se tiraba de clavado, desde la cubierta. Yo solo conocí Guanaja cuando, a los doce años les dije que quería conocer Honduras, y me mandaron en avioneta. Ya había -propiedad de un gringo triste- un hotelito en 1960, en El Cayo, de madera cepillada, sin pintura todavía, en donde los primeros expatriados se ponían hasta atrás, y hasta tenía una lancha con fondo de cristal, para ver el arrecife. Me enamoré.

Guanaja es el pie que sobresale, de la pierna que La Serranía (que vértebra el continente) sambulle en el Caribe, para refrescarse las ingles de los calores del trópico. Y es, me lo recuerdan otros cuando yo lo olvido, uno de mis lugares favoritos en el mundo. Alguna vez dije que sería el Paraíso Terrenal, si no fuera porque las plantas de procesamiento de la pesca contaminan, y cuando no hay brisa, Satanás sigue ahí, metamorfoseado en el jején, en la fina arena blanca de las playas,[1] desde hace un rato alcanzadas además por la basura plástica que excreta Tierra Firme.

No sabemos exactamente desde cuando, pero hubo una larga ocupación precolombina, de grupos vinculados al paya del Litoral, intermitente residente de las playas en época seca, antes de asentarse cerca de Tela, Ceiba y hasta Trujillo, en zonas que fueron puertos de cabotaje de la antigua marina mercante maya yucateca, sitios como Casa Blanca, el que casi salvó Darío E.

Los indígenas que se asentaron en Guanaja no construyeron edificaciones tan formidables como esas. Eran libres pescadores de concha y coral para el comercio y vivían de la milagrosa pesca para su sustento que, sin duda, combinaban con las yucas, ñames y malangas de su gastronomía amazónica, cultivadas en las tierras del piemonte de Guanaja Hill. Por la pesca y por sus ires y venires desde el Litoral, aprendieron a ser buenos navegantes. Abundaban el pino y el agua cristalina que los navegantes necesitaban para viajar, sin pegarse a la costa, desde Yucatán a las desembocaduras de los ríos en lo que hoy es La Mosquitia, donde remataba la Ruta, y abundaba el cobre con oro que venía del Sur, la piedra tallada en metates, el jade y el cacao que los yucatecos trocaban por tejidos de algodón y jarcia de soskil, esclavos y sal.

Sabemos otro tanto, por la archiconocida anécdota del pintoresco encuentro, puntillosamente descrito y muchas veces reproducido de Colon en su cuarto viaje, ahí en la Playa del Soldado, con una de esas grandes canoas de mar abierto, la perteneciente al famoso Yumbe, que cometió el error de responder –habrá sido con gestos- a la vehemente pregunta de Colon abundantemente gesticulada igual, sobre la proveniencia de los metales entre sus mercancías.

Sabemos que después los intentaron esclavizar los españoles. Ahí anduvo Pedro Moreno.[2] Desde Guanaja fue que se llevaron a los que, puestos en Cuba mataron a sus captores y regresaron. En un par de ocasiones las autoridades coloniales intentaron despoblar las islas, para que no dieran socorro a piratas y corsarios, y en el siglo XVIII, los ingleses embarcaron a los que pudieron hacia Río Dulce, quizás a Belice.  De modo que el nativo casi se extinguió. Y Bonacca se repobló, abundantemente hacia 1835, poco después de la prohibición inglesa de la esclavitud, que provocó un cataclismo migratorio en El Caribe. Los exesclavos africanos de las islas azucareras necesitaban que no fueran dueños los plantadores que a su vez necesitaron adaptarse a un sistema laboral distinto, e indujeron inmigraciones. A Islas de la Bahía llegaron a poblar muchos miles de los desplazados, bajo protección de la Corona inglesa que estableció un protectorado. Bajo responsabilidad del Superintendente de Belice.

Estos llamados caracoles, los baymen eran quienes dominaban cuando en 1861, la Reina Victoria dispuso entregar ese territorio insular a Honduras y los isleños que no querían eso, se amistaron con William Walker, para apoyar su nuevo intento de invasión a Centroamérica. Por esa razón, la Naval inglesa apresó al Dr. Walker y lo entregaron a Guardiola en Trujillo para fusilarlo. Después por tres cuartos de siglo las cosas se movieron lentamente, aunque ya para 1887 los lugareños alcanzaron un gobierno propio, municipal. La pesca comercial que podía capitalizar la pericia del nativo llegó hacia 1950. Después en los 1960s con obstáculos, despegó el turismo mayormente deportivo, de playa buceo y pesca, que nunca ha descubierto la riquísima cultura del guanajeño. En los 1970s se consolidó una comunidad de extranjeros expatriados. De joven entonces, yo llevaba a mi familia ampliada a vacacionar al Bayman´s Bay, que tuvo un tiempo de esplendor, antes de degradarse en bungaló para prófugos de gran estilo, ahí aprendieron mis hijos, a nadar el mar. En 1998, el diablo Mitch botó los pinos, se llevó los muelles y destechó al Cayo después de circular tres días sobre la isla bonita.

No he ido aun y no tengo claro que pasó ayer. El chisme es que una muchacha llamada Irma en su estupor, dejó una vela encendida que incendió la casa de Marta Dugal, importante comerciante que perdió además de enseres, sus mercaderías expuestas y embodegadas, con los créditos que representaran, a menos que…. Dada la estructura de construcciones agolpadas y la falta de previsión para la emergencia, el fuego quemó casi 40% de lo construido en el Cayo, quedándose sin techo ni otra cosa 150 familias, la mitad de su población. Falta terminar de inventariar damnificados y daños. Se ha movilizado una amplia solidaridad nacional, en San Pedro, donde el comercio incorporado en la CCIC y un par de potentes medios se han coaligado. En Roatán, la isla hermana, que, en las primeras horas, llenó un barco de suministros. Y en Tegucigalpa, la gente buena asiste a centros de acopio en la UNAH. Una organización se propone improvisar soluciones habitacionales, aunque lo importante es proveer a los afectados el alimento de mañana, la ropa indispensable a su dignidad y el techo de zinc que perdieron -ahora mismo, por segunda vez- y a establecer un esquema de prevención.

El fabricante de techo perfectamente puede darse el lujo de dejar de ganar con la tragedia. También faltarán madera o estructuras, con que pueden ayudar los ferreteros asociados. Con esa pequeña ayuda, Guanaja volverá luego a ser lo que fue. No tienen estos orgullosos isleños, que saben como arrancarle una vida al mar, la mala costumbre de depender de la caridad de afuera.

[1] Para huir de ese pequeñísimo monstruo los bonaqueños construyeron todas sus casas en El Cayo, lejos de la playa, salvo es decir los que se establecieron luego en Savannah Bight y en Mangrove Bight

[2] Que a decir de H Cortes (Carta al Rey fechada en Trujillo) en vez de cumplir el cometido que le daba su Instrucción (Poder Real Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento y la conquista, pp471 478) andaba esclavizando indios en la Isla de Guanaja

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