Los mayas de Copán no sólo adoraban al Sol: conversaban con él a través de sus sombras
Ilustración de portada: Ruth Moncada
Tegucigalpa, Honduras .- Cada año, entre el 19 y el 21 de marzo, ocurre un fenómeno astronómico que durante siglos ha fascinado a la humanidad: el equinoccio de primavera. En el Parque Arqueológico de Copán Ruinas, Honduras, este evento cobra un significado especial gracias a la Estela D, un monumento maya que, según investigaciones recientes, funcionaba como un sofisticado reloj solar capaz de marcar con precisión los cambios de estación, las horas del día y el paso de los años.
¿Qué es el equinoccio de primavera?
El término «equinoccio» proviene del latín aequinoctium (noche igual). Se trata del momento del año en que el Sol se ubica exactamente sobre el ecuador terrestre, haciendo que el día y la noche tengan prácticamente la misma duración en todo el planeta. Esto ocurre dos veces al año: alrededor del 20 de marzo (equinoccio de primavera en el hemisferio norte) y alrededor del 22 de septiembre (equinoccio de otoño).

En el equinoccio de primavera, el Sol sale exactamente por el este y se pone por el oeste, y su trayectoria aparente divide el cielo en dos mitades iguales. Imagen: UNAM Global
Para las culturas antiguas, este momento marcaba el renacimiento de la naturaleza, el inicio de los ciclos agrícolas y un punto de equilibrio cósmico.
Las estelas de Copán: Piedras que hablan del tiempo
Copán Ruinas alberga uno de los conjuntos escultóricos más impresionantes del mundo maya. En la Gran Plaza (también llamada Plaza del Sol por los arqueoastrónomos), se erigen varias estelas, de las cuales algunas fueron comisionadas por el gobernante Uaxaklajuun Ub’aah K’awiil, conocido como 18 Conejo, quien gobernó entre los años 695 y 738 d.C.

Estos monumentos de piedra caliza, que pueden alcanzar hasta 3.5 metros de altura, no eran simples adornos.
Cada estela conmemoraba el fin de un período calendárico y representaba al gobernante con atributos divinos. Sin embargo, la Estela D, erigida en el año 736 d.C., tiene características únicas que la diferencian del resto:
Es la única estela de la Plaza del Sol con orientación norte-sur (las demás están alineadas este-oeste).
Se localiza en el extremo norte de la plaza, justo frente a la Estructura 2 y sus graderías.
Su cara norte contiene glifos de la Cuenta Larga con figuras de «cargadores del tiempo», personajes completos que sostienen el peso de los días.
La Estela D: Un gnomo convertido en obra de arte
Los investigadores María Cristina Pineda de Carías, Vito Véliz y Ricardo Agurcia Fasquelle, del Observatorio Astronómico Centroamericano de Suyapa (UNAH), demostraron que la Estela D funcionaba como un gnomo: un elemento vertical que proyecta su sombra sobre una superficie horizontal para medir el tiempo. Aplicando el modelo matemático de los relojes solares y realizando observaciones durante más de diez años, comprobaron que la estela, su altar y las graderías circundantes forman un calendario astronómico de gran precisión.

En el equinoccio de primavera, el comportamiento de la sombra es especialmente revelador:
Por la mañana, alrededor de las 8:00 a.m., el extremo de la sombra toca el vértice este de la Gradería Nor-Oeste.
Al mediodía, la sombra se reduce considerablemente (mucho más pequeña que en el solsticio de invierno) y apunta directamente al norte, ya que el Sol se encuentra en el sur.
Por la tarde, a eso de las 4:00 p.m., la sombra alcanza el vértice oeste de la Gradería Nor-Este y luego recorre toda la primera grada de esta gradería hasta la puesta del Sol, dibujando una línea recta que conecta ambos extremos de las graderías.
Este fenómeno permitía a los antiguos mayas no solo identificar el día exacto del equinoccio, sino también dividir el día en cuatro partes: mañana, día (subdividido en dos mitades por el mediodía) y tarde.
La Estela D no solo es una obra maestra del arte maya, sino también un testimonio del profundo conocimiento astronómico de esta civilización. Hoy, visitar Copán durante el equinoccio de primavera permite observar cómo la sombra de la estela aún recorre las antiguas graderías, conectándonos con los sacerdotes-astrónomos que hace más de mil años utilizaron este mismo fenómeno para organizar su tiempo y su cosmos.
Este artículo se basa en investigaciones publicadas en la Revista Yaxkin(Vol. XXV, No. 2, 2009) y en el artículo «Stela D: A Sundial at Copan, Honduras» (Pineda de Carías, Rivera y Argueta, 2013), así como en los trabajos de David Stuart y Linda Schele sobre la epigrafía de Copán.





