Espejo Humeante: Los oscuros vaticinios del desastre, el istmo en vilo

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Unos problemas son más obvios que otros. Hace pocos meses, en una presentación de un libro, Víctor Meza usaba como ejemplo Haití, en donde diagnosticaba un estado fallido para diferenciar el caso de Honduras, en cuyo confín creía que aún había un orden rescatable e ¿instituciones funcionales? No era en forma indefinida. ¿Queda una pequeñita luz por allá? ¿La Corte ha rechazado la impunidad? Un fiscal ¿ha pedido a CC4 para Audiencia en Nueva York? Vamos siendo realistas. No hay una solución legal y nadie vendrá de afuera a resolver nuestro dilema.

Antes que el poder, hay que rescatar ya la libertad más elemental, la dignidad ciudadana y el patrimonio nacional, lo de todos, hoy en manos de esa banda de forajidos que han usurpado todas las investiduras, y se han apropiado de la fuerza y de las arcas públicas para prevalecer con su fraude. Nadie ha enfrentado un reto así siendo iluso. Nada tiene de novedosa esa situación ni hay más solución de continuidad que volver a la lucha. El uso de las armas y los recursos para controlar el poder es de lo más antiguo en la historia y ya hace una generación luchábamos contra esa pesadilla. Ezequiel pintaba los retablos y Negroponte compraba las pinturas. ¡Eso es temible para cualquiera con memoria!

Nicolás Hellmuth se llama el inescrupuloso arqueólogo mayista –académico de poca monta, que nada sustancial dejó al corpus de conocimientos-  quien a fines de los 1970s elogiaba a los sanguinarios dictadores de Guatemala asesinos de los indios, para congraciarse y que le construyeran campamentos y abrieran brechas hacia sus sitios de investigación en el corazón del Petén, en donde  se comprobaba la gloria de los guerreros que tres milenios atrás, igual, habían torturado y asesinado para consolidar el estado primario dinástico, establecido sobre la violencia estructural, consagrada en la ideología del poder y la sangre para los dioses y para los gobernantes divinizados. Nada nuevo bajo este falso sol en estas idas y venires de los dioses impostores.

Sin contar vidas de otro modo destruidas, grosso modo (que no tiene otro), la literatura (Torres Rivas) ha estimado entre 300 y 350 mil muertos en el istmo, en la década posterior de 1979 a 1988, que duraron las guerras de Reagan y la CIA, antes que entrase en vigencia la firma de la paz de los civilones de 1987.

Muchos de victimarios perecieron ya ante ejecuciones o largas enfermedades dolorosas que no impidieron que se les llevara a juicio. Aunque no todos han alcanzado aún su sitial en el Averno ninguno escapó al juicio de la historia.

Lo que no deja de descorazonar es que no hayamos progresado ni aprovechado, al final, ninguna de las moralejas de esa historia trágica. Porque el mito más reciente del progreso profetizaba que con esa paz vendría el bono económico, el ahorro integral, el pico demográfico que compensaría por las vidas perdidas y edificaríamos sobre las ruinas humeantes del istmo una nueva sociedad civilizada. Y hubo avances vacilantes, hasta 2010 en la construcción de una democracia incipiente, desmilitarización consolidación de derechos, avances que se detuvieron de súbito, como si alguien le hubiera dado la espalda al proceso.

Hoy vamos de vuelta a la guerra, con el alegre aplauso de los más estúpidos, y bajo la misma presión irracional proveniente del Norte, cuya política hegemónica resiente el éxodo que ella misma provoca, invocando los signos de su ambición y paranoia. La degradación institucional es regional, el istmo es una región fallida. Están por fallar otras apuestas en la vecindad.

En Honduras, seguimos los pasos de Jimmy Morales a la abdicación de la cooperación judicial mundial y entrega del poder a la mano blanca, sin haber pasado por el equivalente del enjuiciamiento de Otto Pérez. En Nicaragua, Guatemala y Honduras, las elecciones de la última década fracasaron de acuerdo con cualquier estándar internacional. Hay desinversión abierta y fuga de capitales pasando por El Salvador dolarizado. La gente huye de la miseria y la violencia que devienen instrumentos de control social. Y cuando la oposición anuncia un paro, las armas que el pueblo da a sus soldados para que lo cuiden, se vuelven y apuntan al pecho de las tres mil víctimas que Ponce F anuncia y que podría todavía hacerle falta al dictador, de entregar al diablo. Hoy liberan a delincuentes para justificar la limpieza social planificada para mañana. La alianza de la dictadura con las FFAA está a la vista y el peligro del autogolpe a lo Fujimori. JOH cruzó ayer el Rubicón, con cuatro-mil-millones-a-futuro en sacos de yute colgados de las ancas de los condecorados con medallas de impunidad, que les ha dicho que los vuelven invisibles e invulnerables. Lo que no puede sino conmover, es que haya vuelto, después de tanto afán, la patria en ruinas, al punto cero, de inicio, del trayecto minado, que más bien parece un dejà vu.

 También hay, las otras. Pero lleguemos a las que el diputado Oscar Nájera llama conclusiones. Cae el telón en medio de un silencio estremecedor. Se acabó este romance treintañero, lo desmienten los hechos. El ciclo de mi generación queda agotado, y vuelve para la siguiente, inocente el antiguo dilema, ser o no ser

En un momento en que ya solamente podemos hablar en clave, como desentendidos, como si estuviera el senil ánimo ausente, y viera solo la imagen humeante en el espejo, porque la claridad se ha vuelto, en la degradación material de la atmósfera pútrida, un riesgo inaceptable. Puesto que no han dejado más recurso, quitar a quien ordena disparar contra el pueblo se ha convertido en un imperativo moral. Estamos en guerra. Los jóvenes están listos y ellos deben asumir el liderazgo porque los viejos -que no participamos- no tenemos derecho ya a conducir en el campo de batalla. De todos los partidos y campos de la vida nacional, desde la milicia y las iglesias, desde los gremios, organizaciones representativas y las instituciones honorables, dan un paso al frente y al clandestinaje los valientes, que se juntan ahí, a la sombra, se forman hasta que cada uno sepa lo que debe hacer. Uno puede abstenerse, pero no ignorar que el caos esta ahí instalado de antemano, antes del primer disparo, como una tormenta de agua de muerte que cuelga sobre el horizonte. Centroamérica en vilo.

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