Elegía de la tercera edad

Entre líneas

Por: Roger Marín Neda

Hace unos meses, en las frenéticas pistas de Whatsapp, corrió un video en el   que, en una reunión familiar, alguien pregunta por la abuela. ” Anda en el grupo de oración”, dice una voz.  Acto seguido aparece la abuela, fresca, relajada, en brioso reguetón que baila blandiendo compinche cerveza, a media pachanga   con otras abuelas liberadas.  

¿Y qué tal si, ya bien «puestita» para salir, ella hubiera dicho a la familia algo como “voy a bailar y a tomarme un par de cervezas con mis amigas?” Pues que no se lo habrían permitido, porque como abuela, no debe salir más que a misa, a orar, a dar pésames, a visitar enfermos o a cualquier otra inacción de similar solemnidad y escasa libertad. Los abuelos, salvo algunas excepciones, viven bajo virtual arresto domiciliario.  

Entre la indiferencia familiar y la devaluación social, el adulto mayor es privado de derechos humanos   inalienables, como libertad de decidir su vida, libertad de locomoción, libertad de elección, libertad para amar y ser amado, derechos que la sociedad defiende, pero que rara vez reconoce a sus adultos mayores.

Una de las represiones más dolorosas y abusivas sobre el adulto mayor es la implícita prohibición de amar.  No se supone que tengan vida íntima ni aun estando casados. El prejuicio ordena que el amor termine a los 50, con suerte a los 60. Cuando los viudos, las viudas, los divorciados, las divorciadas, y otras solterías, intentan amar otra vez, el castigo es el ridículo: “ya no estás para esos trotes”, les dicen con humillante sarcasmo, como si «aquellito» se hiciera al galope, o necesitaran ser atletas para intimar.

Y aún en esto el machismo tiene su parte. La reacción social y familiar contra el adulto mayor que se resiste a dejar de amar es mucho más severa contra ellas que contra ellos.

Sin embargo, la neurociencia demuestra que los equipos emocionales, neurobiológicos y hormonales

responsables del arte amatorio no desaparecen con el tiempo, sino que se vuelven más lentos. El amor y la intimidad nunca dejan de ser necesarios, porque mantienen la alegría de vivir, porque satisfacen la profunda necesidad de dar y recibir afecto, que caracteriza a nuestra especie. El amor y la intimidad –cada quien en su momento y capacidades- prolongan la vida y previenen la depresión senil.

La exclusión social, que comienza cuando las empresas niegan empleo a los mayores de 35 años, está relacionada con el trato diferenciado, que es remarcado con la llamada tercera edad. Hay expertos en el tema –pueden leerse en Wikipedia- para los que esa clasificación es en sí discriminatoria, porque separa a los adultos mayores de las demás personas por la sola circunstancia de la edad.

Hasta la década del 60, el respeto y el afecto por los adultos era generalizado, enseñado en la escuela y exigido en la familia. Es hasta que los valores morales son relegados por el consumismo y el libertinaje de los mercados, que los adultos mayores son vistos como carga social. Este cambio viene de la llamada cultura occidental, donde la gente no vale por su condición humana, sino por lo que tiene y gasta.

Pero no es así en el Oriente. En China, en Japón, en India, en el sudeste asiático, en las culturas árabes y en las judías, los adultos mayores siguen siendo útiles a la sociedad, a veces en cargos de gran responsabilidad, y son siempre amados y respetados.

Los más golpeados por la exclusión, la indiferencia y la soledad, son los mayores de 60 años que deben vivir con sus familias paternas cuando pierden sus parejas o sus empleos, y tienen pocos ahorros. El 92% de los hondureños carece de pensión de retiro. Luego la sociedad discrimina a los mayores por considerarlos “improductivos”.

La magnitud del tema, social y creciente, puede verse en la   página web de la Dirección del Adulto Mayor, del Ministerio del Interior. En una tímida reseña, el trato de las familias al adulto mayor está descrito por palabras como

“discriminación, estorbo, abandono y soledad”.

Pero esta es cuestión social de todos, no solo del gobierno, y menos aún el maltrato familiar, que provoca abandono, melancolía y depresión.    

Un número sorprendente es indicio de la magnitud y complejidad del problema: en Honduras,  55% de los  jefes y jefas de familia son adultos mayores.  

Es asunto de educación y tiempo. Pero también es asunto de cultura, de solidaridad social, de compasión y amor familiar. A menos que gobierno, sociedad y familia asuman sus responsabilidades, los insensibles represores de hoy serán los reprimidos y abandonados de mañana.

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