Elecciones

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Por: Víctor Meza
Como si fueran un ensayo preliminar o la prueba inicial para medir los alcances, la dimensión y la calidad del proceso electoral que culminará el último domingo del próximo mes de noviembre, los comicios del día 14 de marzo funcionarán como un termómetro para medir el clima político futuro y las fuerzas reales de los catorce Movimientos o facciones internas de los tres partidos políticos participantes.

Aunque el mecanismo de las elecciones internas y primarias fue inicialmente concebido como un avance en la democratización interna del sistema de partidos en Honduras, lo cierto es que muy pronto el mismo se vio desvirtuado en su esencia democrática y contaminado por los vicios y prácticas tradicionales de la vieja cultura política caudillista y premoderna. Fue, como muchos otros, un avance frustrado e inconcluso en su original intento por democratizar y modernizar a los partidos y al sistema político electoral de Honduras.

En esta ocasión, el ciclo electoral que involucra la elección de las autoridades orgánicas de los partidos y a sus precandidatos a cargos de elección popular, transcurre en un momento de múltiples crisis, signadas todas por la terrible y letal pandemia del coronavirus. Ese solo hecho, junto a otros de magnitud subalterna, le concede desde ya una originalidad siniestra al proceso electoral en su conjunto y condiciona sus principales características, entre las cuales podemos mencionar las siguientes:

La pandemia podría ser un factor decisivo para generar un mayor porcentaje de abstencionismo, condicionado, además, por el hecho de que las elecciones internas y primarias, aunque sean abiertas, convocan, por lo general, solo a los llamados “votantes duros” de los partidos participantes. La gran masa de indecisos o de independientes prefiere mantenerse al margen en esta fase del proceso electoral. No sería extraño, pues, que los índices de ausentismo electoral superen esta vez los porcentajes promedio, que casi siempre rondan el 50 % del padrón electoral.

El clima de incertidumbre y confusión, generado por el déficit de normatividad legal y la ausencia de una reforma electoral válida y profunda, es propicio para el desorden y el caos en lo que se refiere al conteo de los votos, a la participación ordenada de los electores y a la aceptación de los resultados finales. La descentralización de los escrutinios, al margen de las buenas o malas intenciones que la animan, producirá seguramente resultados tan diversos como cuestionables y polémicos. No faltará quien, aprovechando el laberinto de procedimientos tolerado por el Consejo Nacional Electoral, infle artificialmente sus propios resultados y pretenda descalificar a priori los ajenos. Están dadas las condiciones para una confusión tan calculada como generalizada.

Y si esto es así, los comicios del domingo 14 producirán más grietas y división entre los actores participantes, debilitando el sistema de partidos en general y estimulando la proliferación de facciones y sectas tan descontentas como perniciosas. Sobrará quien, alegando fraude y trampas en contra de su Movimiento, amenazará con fundar tienda aparte y crear su propia facción autónoma e “independiente”. Otros, más hábiles y astutos, negociarán las consabidas “cuotas de poder”, en nombre de un respaldo electoral tan falso como exageradamente inflado.

En un ambiente tan confuso e indefinido, las acusaciones de fraude aparecen por doquier. Y tras la acusación, verdadera o falsa, viene la descalificación del resultado y, por supuesto, la inevitable pérdida de legitimidad política y social de todo el proceso electoral en su conjunto. De esta forma, el clima político se vuelve más crispado que de costumbre y la conflictividad electoral se vuelve una constante.

Ojalá que estos vaticinios descorazonadores estén equivocados y mi reflexión de este día no sea más que una lamentable muestra de pesimismo ciudadano. Pero, por si las dudas, es mejor irnos preparando para una situación en la que coexistan el abstencionismo creciente, la deficiente gestión del proceso electoral, el divisionismo interno de los principales partidos, la duda profusa sobre los resultados y la calidad del conteo de los votos, todo ello en un marco de crisis sanitaria letal y preocupante repunte de la violencia criminal. Y, para rematar, con un gobierno cada día más desacreditado, acorralado contra la pared y carente de confianza pública, tanto a nivel nacional como internacional. ¡Válgame Dios!

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