Por: Giovani Funa
Los nuevos burgueses nos dicen que el Estado es el problema, que si lo dejamos caer seríamos realmente libres, que los impuestos nos tienen atados, que las reglas son cadenas, que la verdadera justicia solo llega cuando cada quien compite por su éxito. Desde las pantallas, los altavoces y las cuentas que están de moda, se repiten frases que parecen sentido común: menos reglas, más mercado, menos Marx, más Von Mises, menos Estado, más libertad. Y mientras celebran el mercado como el lugar del mérito y la autonomía, en realidad está pasando algo más profundo.
Los dueños del capital reclutan soldados entre los que no tienen nada, y los convencen de que son esclavos del Estado para que defiendan orgullosos a quienes realmente los dominan, y muchos aceptan esa misión con entusiasmo. Luchan por intereses que no son suyos, gritan libertad mientras llevan con orgullo la bandera de su propia servidumbre.
Ese es el milagro ideológico de hoy: transformar la obediencia por sacrificio es mérito, y el privilegio de unos pocos es una causa popular. Hoy millones marchan felices al campo de batalla del mercado, no para liberarse, sino para proteger a los que ya ganaron, y aunque nadie lo diga abiertamente, el verdadero lema que rige en esta era podría ser: lacayos del mundo únanse, no para resistir, sino para servir, no para rescatar a la institución que te representa, (El Estado) sino para abolirla, no para emanciparte, sino para defender al amo y hacerlo creyendo que es para tu propio bien.
El mercado no nació siendo libre: durante siglos, la mayoría de los europeos no eran ciudadanos, eran siervos atados a la tierra, subordinados a un señor feudal, no podían moverse libremente, ni comerciar, ni decidir su destino y no existía lo que hoy llamamos mercado. Pero en los márgenes del sistema feudal empezó a surgir algo entre los siglos XI y XIII. En las encrucijadas cerca de monasterios, fortalezas y puertos, comenzaron a aparecer pequeños asentamientos urbanos, los burgos. Allí llegaban campesinos fugados, artesanos sin tierra, comerciantes ambulantes, exmilitares desmovilizados e incluso monjes que querían ganarse la vida con su trabajo. Gente sin títulos, sin privilegios, pero con manos, ideas y ganas de comerciar. Gente sin un lugar fijo en el orden feudal que juntos empezaron a construir otra forma de vida.
Los burgos crecieron no porque alguien los planeara, sino porque era necesario que existieran. El campo ya no podía absorber a toda la gente. Las rutas comerciales empezaban a reactivarse y con ellas la necesidad de tener centros donde producir, almacenar, vender y protegerse. Estos centros dieron lugar a las primeras ciudades autónomas de Europa: las comunas medievales: Y dentro de ellas nació algo aún más extraño: la autogestión, sin rey, sin señor, con consejos comunales, milicias, reglas propias escritas por los vecinos y, sobre todo, los gremios.
Los Gremios eran asociaciones de artesanos curtidores, herreros, panaderos, carpinteros, regulaban la producción, fijaban precios, definían los aprendizajes y las condiciones de trabajo. La idea no era competir hasta que ganara el más fuerte, sino mantener un equilibrio interno para que nadie quedara afuera, para que todos pudieran vivir de su oficio.
Henry Pirenne, historiador belga que nació el 23 de diciembre de 1862 y murió en 1892 lo expresa así: “la ciudad medieval era una asociación, una organización de intereses comunes que regulaba la vida económica, jurídica y social de sus miembros”. No existía la mano invisible, había estatutos. No había competencia ciega, había acuerdos y no existía la libertad de explotar; había un control mutuo.
Karl Polanyi economista y antropólogo, lo confirmó años después: el mercado autorregulado fue una invención moderna. Antes de eso, toda economía estaba integrada en la sociedad. La burguesía, esa clase que hoy se presenta como individualista y emprendedora, en realidad nació de esta estructura comunitaria. Surgió organizando el trabajo, la seguridad, el aprendizaje, el comercio y la justicia. El burgués no era el dueño del capital, era el habitante del burgo y según eso, el gran historiador francés Fernand Braudel decía que el capitalismo no nació aquí, sino más tarde, cuando ciertos sectores de la burguesía empezaron a tomar el poder político para ampliar su influencia más allá de las murallas de sus ciudades.
Y como explica en su libro La dinámica del Capitalismo, el capitalismo siempre ha necesitado al Estado, no lo rechaza, lo usa. Por eso la idea de que el mercado nació libre, que la intervención es una distorsión y que el Estado solo lo estorba, es una fantasía útil para quienes ya tienen el poder. El mercado nació regulado.
La burguesía nació en comunidad, la economía nació dentro de la sociedad, no fuera de ella, y quienes niegan u omiten esta realidad histórica para adaptar el discurso a sus dogmas ayudan a que terminemos sirviendo a intereses que no entendemos en nombre de una libertad que nunca existió.
El estado moderno como herramienta de expansión: surge cuando la burguesía logra consolidarse, pero no se quedó ahí; el objetivo ya no era solo proteger su autonomía local, sino crecer más allá de los muros del burgo. Se necesitaba acceso a nuevas materias primas: rutas más seguras y confiables para los comerciantes, leyes comunes, monedas estables y menos peajes feudales, y todo eso el mercado no podía ofrecerlo, sólo el Estado podía hacerlo.
En Flandes, en el norte de Italia y en las ciudades alemanas de la Liga Hanseática, las burguesías locales empezaron a financiar a los reyes, lo hacían mediante préstamos, tributos especiales o apoyo político, y a cambio recibían cartas, privilegios comerciales, exenciones de impuestos, acceso a puertos o monopolios.
El caso de la ciudad de Brujas es un buen ejemplo. En el siglo XI, la burguesía textil financió al Conde de Flandes en su conflicto con la corona francesa. No lo hicieron por lealtad, sino por intereses comerciales. Cuando ganaron, obtuvieron una carta de derechos comunales que los liberaba de la subordinación directa a cualquier señor feudal y esa autonomía que lograron no fue un acto revolucionario, sino una negociación política, y no fue un caso aislado en la Corona de Aragón. Las Cortes catalanas del siglo XIV estaban dominadas por comerciantes de Barcelona que negociaban impuestos a cambio de influencia.
En ciudades del norte de Italia como Florencia y Venecia, los banqueros burgueses controlaban directamente los gobiernos locales y también prestaban dinero a papas y emperadores, como señala Perry Anderson en su monumental estudio, El Estado Absolutista. La burguesía no se enfrentó al absolutismo, se metió dentro de él, lo alimentó, lo financió, lo usó para destruir los restos del feudalismo y abrir camino para su dominio económico.
En Francia, por ejemplo, los reyes centralizaron el poder, crearon ejércitos profesionales, impusieron una moneda nacional y eliminaron los pequeños feudos que fragmentaban el comercio y todo eso. La clase urbana lo celebró porque finalmente podían comerciar sin pagar diezmos a los señores de las tierras por donde pasaban en Inglaterra después de las Guerras de las Rosas. La unificación de la dinastía Tudor trajo estabilidad monetaria, eliminó las barreras internas expandiendo el comercio exterior.
Ciudades portuarias como Londres y Bristol crecieron bajo la protección del Estado, no en su contra. Fernand Brudell lo dice con una claridad demoledora: “El capitalismo no puede funcionar sin el Estado; lo necesita para crear un marco legal, militar, financiero y logístico que el mercado por sí solo nunca podría construir. Immanuel Wallerstein fue más allá y mostró cómo la aparición del sistema capitalista moderno en el siglo XV estaba inseparable del papel de los estados europeos. Ellos protegían los mercados internos, imponían aranceles, creaban flotas comerciales y promovían la expansión colonial. Sin el Estado, no hay colonias. Sin colonias, no hay capital acumulado. Sin acumulación, no hay burguesía dominante.
La libertad de comercio no nació libre; nació bajo escolta armada e impuestos regulados. Mientras tanto, en el ámbito interno, los reyes crearon códigos civiles, sistemas fiscales unificados, burocracias administrativas y sistemas de justicia centralizados. Todo lo que hoy llamamos intervención del Estado, en ese entonces era una demanda de la burguesía misma, que quería previsibilidad en sus contratos, protección para sus bienes y reglas claras para la propiedad. Con el tiempo, la burguesía dejó de financiar al rey y quiso tomar su lugar. Esa fue la chispa para las revoluciones liberales, pero incluso entonces lo que se buscaba no era abolir el Estado, sino rediseñarlo para que funcionara a su favor.
Quentin Skinner, un historiador del pensamiento político moderno, lo resume así: “el Estado moderno no fue concebido para limitar la propiedad, sino para garantizarla; no para contener el poder económico, sino para legitimar ese poder”. Por eso es falso pensar que la burguesía es enemiga natural del Estado. El Estado fue su gran herramienta para destruir el feudalismo, construir el mercado y expandir el capital. Y por eso, cuando hoy escuchamos a los voceros del liberalismo repetir que el Estado es el problema, vale la pena recordar que sin el Estado esas élites que tanto admiran no existirían.
El mito del individuo emprendedor: Hay una historia que se repite como verdad absoluta en discursos empresariales, foros económicos y redes sociales: la historia del individuo que solo con fuerza de voluntad y sin ayuda de nadie, construyó su propio destino. El emprendedor, el que se hizo a sí mismo, el que empezó de la nada y logró todo, el nuevo héroe moderno es parte de una buena mitología que esconde más de lo que muestra.
Esta historia no es nueva; ya estaba presente en las biografías burguesas del siglo XIX y se consolidó en el siglo XX con la figura del hombre hecho a sí mismo, celebrado por el sueño americano. Lo que no se dice es que ninguno de esos héroes individuales podría haber existido sin un entorno construido de manera colectiva: sin carreteras, correos, una moneda estable, tribunales, bancos centrales, policía, educación pública, salud básica, puertos, electricidad, comunicaciones, todo lo que permite que un negocio funcione. No es producto del mercado, es producto del sector público, como dice la economista Mariana Mazzucato en su libro El Estado Emprendedor.
Las innovaciones disruptivas que marcaron el siglo XXI, desde Internet hasta el GPS, pasando por la pantalla táctil o el reconocimiento de voz, se desarrollaron con fondos públicos. El sector privado aparece al final para empaquetar, vender y quedarse con el valor. Apple, por ejemplo, no inventó ninguna de las tecnologías clave del iPhone; todas fueron desarrolladas con dinero del Estado. Pero cuando el producto final se volvió rentable, las ganancias fueron 100% privadas. Y esto no es una excepción, es el modelo.
Elon Musk, ícono del auto-mejoramiento capitalista, recibió más de 4.9 mil millones de dólares en subsidios estatales. SpaceX, Tesla y Solar City crecieron gracias a préstamos públicos, licencias gubernamentales y contratos estatales. Amazon, de Jeff Bezos, funciona gracias a la infraestructura logística estatal, contratos públicos y exenciones fiscales, y aun así no ha pagado ni un centavo de impuestos federales en Estados Unidos. Y cuando les preguntan, alegan libertad de mercado. Eso no es libertad, es dependencia estructural del Estado negada ideológicamente.
Las grandes farmacéuticas dependen de décadas de investigación universitaria financiada con dinero público. Las empresas tecnológicas dependen de las redes eléctricas, los satélites, la infraestructura de datos, la educación pública, el transporte; los gigantes dependen de las rutas, los subsidios, los aeropuertos y los tratados internacionales negociados por los Estados. Pero cuando llega el momento de hablar de impuestos, regulación o responsabilidad social, ese mismo capital que fue creado por el Estado se presenta como su víctima.
Ese es el milagro ideológico contemporáneo: convertir a los más privilegiados en supuestamente oprimidos y a quienes no los respaldan en enemigos. El empresario se presenta como un ser autónomo, libre de ataduras, puro mérito, pero detrás de su éxito están los empleados públicos, las carreteras mantenidas por el Estado, las becas, la infraestructura pagada con dinero público. Es un producto social que se cuenta como si fuera un milagro individual.
El mito del emprendedor no busca celebrar el esfuerzo, busca borrar las condiciones materiales que hicieron posible ese esfuerzo y así justificar que la riqueza se concentre sin devolver nada. En esta nueva historia, quien emprende es libre y quien recibe subsidios es un parásito, pero nadie llama parásito a la empresa que evade impuestos y luego pide un rescate al Estado.
Nadie llama subsidiado al unicornio tecnológico que vive de fondos públicos antes de salir a bolsa con subvenciones, dejando de reconocer a la red de infraestructura pública sin la cual no podría operar. Eso no es mérito, es privilegio, la libertad económica sin estructura pública no existe. El éxito sin lo común es una ilusión, y el emprendedor sin Estado es como un navegante sin barco; puede soñar con conquistar océanos, pero no saldrá del puerto.
El Sometimiento, el desgaste y el sabotaje al Estado, que ahora se ve como una molestia, era una tabla de salvación. Antes de que lo acusaran de ser ineficaz, fue la única institución capaz de evitar el colapso total del sistema durante los siglos XIX y principios del XX. El capitalismo funcionaba bajo una lógica liberal estricta: el mercado tenía que regularlo todo, el Estado debía mantenerse al margen, y la pobreza se veía como algo natural dentro del orden establecido. La propiedad privada era intocable y cualquier intento de redistribución se consideraba una amenaza, era un modelo desigual, inestable y profundamente elitista ya que no había protección social ni sindicatos reconocidos, ni salario mínimo. Las crisis eran ciclos frecuentes de especulación devastadora y las condiciones de vida para la mayoría eran precarias, hasta que todo explotó en 1929.
La Gran Depresión fue mucho más que una crisis financiera; fue el colapso de una forma de entender el mundo. Los bancos quebraron, el desempleo alcanzó niveles históricos, la producción se paralizó y millones de personas cayeron en la pobreza de la noche a la mañana.
En ese escenario, las recetas clásicas fallaron, la teoría de que el mercado se corregiría solo se volvió una broma macabra, y fue entonces cuando apareció una figura fundamental: John Maynard Keynes en su obra «Teoría General del Empleo, nos habla del Interés y el Dinero» de 1936, argumentó que el Estado debería intervenir activamente en la economía para estimular la demanda, garantizar el empleo y estabilizar el ciclo económico.
Pero fue una revolución socialista, sino un salvavidas para el capitalismo. Inspirado por estas ideas, el presidente de EE.UU., Franklin Roosevelt, lanzó el New Deal, un conjunto de políticas públicas que incluían inversión estatal en infraestructura, programas de empleo, regulación financiera y protección laboral y sistemas de seguridad social, Estados Unidos se estabilizó, se evitó una revolución y se sentaron las bases para un nuevo pacto social.
Después de la Segunda Guerra Mundial, este modelo se extendió por gran parte de Europa y se conoció como el estado de bienestar, un acuerdo entre el capital y el trabajo para compartir los frutos del crecimiento. El Estado intervenía, protegía y redistribuía, y a cambio, el capital podía seguir acumulando en un ambiente más estable socialmente. Como explica Tony Judt en su libro «Something’s Wrong», durante 30 años Europa Occidental y Estados Unidos vivieron así. Una era de prosperidad sin precedentes, no porque se abandonara el capitalismo, sino porque se domó.
El periodo de 1945 hasta mediados de los 70 se conoce como los Felices 30. El desempleo era bajo, los salarios crecían, la educación se expandía, la desigualdad disminuía, las instituciones públicas no eran perfectas, pero funcionaban y, sobre todo, representaban un proyecto común.
Pero ese pacto no iba a durar. En los 70’s, el modelo keynesiano empezó a mostrar grietas; la crisis del petróleo, la estancación económica y el aumento de la inflación fueron aprovechados por sectores conservadores para lanzar una contraofensiva ideológica, ya no se trataba solo de ajustar la política económica, sino de cambiar el sentido común. La escuela austriaca de economía, con figuras como Friedrich Hayek y Ludwig Von Mises, llevaba décadas argumentando que el Estado era una amenaza para la libertad, que la planificación conduce al totalitarismo y que el libre mercado es el único sistema compatible con una sociedad sana. Su momento llegó con la llegada de Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos comenzó el desmantelamiento sistemático del modelo anterior: masivas privatizaciones, recortes en el gasto público, eliminación de regulaciones, debilitamiento de los sindicatos, rebajas de impuestos para los más ricos. Thatcher lo dijo claro: «no existe tal cosa como la sociedad, solo hay individuos y familias».
Fue el fin del pacto social y el comienzo de una nueva era, el neoliberalismo. Pero el neoliberalismo no eliminó al Estado, lo sometió. El Estado siguió existiendo, pero su función cambió: ya no garantizaba derechos, ahora garantizaba beneficios; rescataba bancos, no a las personas; protegía al capital, no los salarios, se reguló para facilitar los negocios, no para limitar los abusos. Wendy Brown lo denunció en su libro «La gente sin atributos». Donde argumenta que el neoliberalismo no destruye el Estado, lo vacía de contenido democrático y lo transforma en un instrumento técnico de gestión económica al servicio de las élites. Para lograr esto, se necesitaba algo más: desgastar la legitimidad del Estado en la sociedad, y eso se hizo desde adentro. Se le nombró al Estado como incompetente, se recortaron recursos, se volvió tan burocrático que llegó a la parálisis, y cuando los servicios públicos colapsaron, se culpó al Estado, no al sabotaje, como explicó Noam Chomsky.
Primero, el sector público se arruina para que funcione mal, luego se privatiza y finalmente, esta destrucción se vende como eficiencia. La consecuencia fue una crisis estructural de representación y las instituciones dejaron de proteger derechos al dejar de ampliarlos, en ese vacío surgió la idea de que la libertad está en destruirlo. Que si el Estado desaparece, finalmente seremos libres, que el mercado volverá a resolverlo todo. Pero, esa es la gran trampa de las élites que no es que quieren eliminar el Estado, sino moldearlo para sus mezquinos intereses.
En este punto aparece El tecnofeudalismo: La idea del tecnofeudalismo de Yanis Varoufakis, exministro griego y economista basada en su libro publicado en el 2024 nos plantea una tesis provocadora acerca de que el capitalismo ha muerto y sostiene que no estamos ante una evolución del capitalismo, sino ante un sistema radicalmente nuevo al que él denomina tecnofeudalismo.
Después de desmontar el estado de bienestar, de someter a las instituciones públicas y secar la política desde adentro, la élite económica encontró una nueva forma de poder, no necesita represión, ni consenso. Ahora tiene algo mejor. La tecnología. Nos dijeron que internet nos iba a liberar, que trabajaríamos desde casa, que nos informaríamos sin censura, que seríamos nuestros propios jefes, más creativos, más conectados, más libres.
Pero lo que se ha construido no es una utopía digital, es una estructura de control invisible, hipercentralizada y profundamente rentista. No estamos frente a un capitalismo productivo. Estamos ante lo que Varufakis llama Tecnofeudalismo, esta nueva forma de dominación donde el poder económico no se basa en la competencia, sino en el control de territorios digitales cerrados. Varufakis lo explica claro: la economía digital está organizada alrededor de plataformas que actúan como señores feudales, delimitan sus dominios y controlan las condiciones de acceso y extraen rentas y deciden las reglas del juego de manera unilateral, y el precio que pagamos no es solo económico, lo pagamos con nuestra atención, con nuestros datos, con nuestra obediencia.
Shoshana Zuboff, en su libro «La era del capitalismo de vigilancia», lo describe como un nuevo régimen económico donde las empresas no ofrecen servicios, si no que extraen información para predecir y modificar nuestro comportamiento, apropiándose de nuestra experiencia humana como materia prima gratuita. Creemos que navegamos, pero en realidad somos los navegados.
Google, Amazon, Meta, Apple y Microsoft no producen como el antiguo capitalismo industrial, no crean valor a través del trabajo directo, sino mediante el control absoluto del entorno digital, sino en una transición del capital al código, del salario a la suscripción del producto al algoritmo, ese es el nuevo contrato digital. crees que eliges, pero te predicen; crees que tienes opinión, pero te filtran; crees que trabajas para ti, pero trabajas para plataformas que no conoces y que no puedes regular. Yanis Varufakis sugiere que el feudalismo tecnológico mató al capitalismo y sostiene que ya no vivimos en ese sistema.
Este capitalismo de mercado ha sido reemplazado por un sistema donde las decisiones económicas ya no las gobiernan los precios o la competencia, sino las decisiones arbitrarias de plataformas privadas que funcionan como pequeños Estados. Amazon, por ejemplo, no es un actor en el mercado, es el mercado mismo: decide quién vende, qué se vende, cuánto se cobra y quién es visible. Eso no es capitalismo, eso es feudalismo digital.
En este sistema, los nuevos dueños no tienen fábricas, sino plataformas, y tú no trabajas para ellos, trabajas dentro de ellas: Uber, Airbnb, Instagram, YouTube, todo lo que haces compartes, produces o consumes se traduce en datos y esos datos los monetizan otros, y lo más perverso es que todo esto viene envuelto en un discurso de libertad: somos creadores, emprendedores, freelancers, usuarios, pero no decidimos nada. Los algoritmos deciden qué ves, cuánto vale tu tiempo, cuánto cobras, quién te encuentra y quién te ignora. Es un sistema jerárquico y sin rostro, y mientras el Estado está saturado, sin herramientas de regulación, sin soberanía digital, los nuevos señores digitales diseñan el futuro en silencio.
El modelo está claro: Uber no tiene coches, Airbnb no tiene casas, Facebook no crea contenido pero todos cobran renta ellos no producen, medían y dominan, así funciona el nuevo feudalismo digital un sistema donde la Tierra ya no es de nadie sino de las plataformas y si no estás en ellas, no existes los algoritmos son los nuevos escribas de los términos de uso y los nuevos estatutos el «acepto sin leer» la nueva servidumbre voluntaria.
Como señala Varufakis estamos frente a la nueva edad media digital donde el acceso al mundo depende de tu lealtad a las plataformas privadas y como en cualquier servidumbre bien diseñada ni siquiera nos damos cuenta, el resultado es una ciudadanía fragmentada, precarizada y desinformada en un mundo donde el discurso del empresario digital oculta la dependencia de millones que trabajan sin derechos, sin contratos, sin protección. Y el Estado? está ausente porque el marco legal no avanza al ritmo de la tecnología, porque las élites que diseñan este sistema financiando campañas, escriben reglas y bloquean cualquier intento de regulación, los datos, el código y la infraestructura son el nuevo capital y está en manos de pocos, volvemos a la eded media pero con 5G ya no vivimos en países, sino en plataformas, ya no somos ciudadanos sino perfiles, ya no elegimos sino que nos eligen por algoritmos que nunca sabremos cómo funcionan y lo peor es que creemos que somos libres porque podemos opinar, comprar, movernos, pero no decidimos nada de lo qué vemos, ni cuánto valemos o a quién enriquecemos, ese es el nuevo rostro de la dominación burguesa, tecnológica, aséptica, invisible, pero igual de jerárquica, igual de rentista, igual de excluyente, la diferencia es que ahora ni siquiera sabemos a quién estamos sirviendo.
Suicidio cívico: El desmantelamiento del Estado. Los poderosos imponen su voluntad por la fuerza y otras en las que ya ni hace falta porque lograron algo más efectivo: que los de abajo peleen por los intereses de los de arriba, que renuncien a su derecho a organizarse para defender lo común, que pidan menos sociedad, menos estado, menos comunidad, convencidos de que así serán más libres, que se enfrenten entre sí en nombre de su individualidad, mientras los que mandan ni siquiera se manchan las manos, vivimos en tiempos donde la obediencia ya no se impone, se desea, se defiende, se celebra y mientras proclamamos nuestra libertad, la estructura que nos sostiene se desmantela pedazo a pedazo, sin educación, sin salud, sin justicia social, el trabajo, la soberanía, todo se vuelve un negocio, todo se alquila, todo se delega a manos invisibles y privadas.
Hoy ya no llevamos cadenas, llevamos logos, ya no obedecemos por miedo, obedecemos porque creemos que es lo mejor para nosotros, que es lo más inteligente y libertario, y cuando alguien se atreve a preguntar, a sospechar, a recordar, entonces lo acusan de ser un enemigo del progreso, de estar resentido, así es como sobrevive el poder, no escondiéndose sino disfrazándose de sentido común. No hay libertad sin conciencia, no hay futuro sin memoria y no hay emancipación posible si uno cree que su amo es su amigo.
Están construyendo un culto al individuo porque nos quieren divididos y si no fuera tan triste y serio, casi sería gracioso cómo las oligarquías nos dominan. Se ríen a carcajadas al vernos incapaces de aplicar la solución tan sencilla que Marx nos ofreció para que esto no pasara: unirnos. Hoy, un puñado de multimillonarios concentra una parte obscena de la riqueza mundial, mientras que la mitad de la humanidad apenas posee el 2%. Esa es la triste verdad que ningún razonamiento liberal puede justificar. Nos observan desde sus rascacielos y piensan: «Querido y desechable capital humano, únanse y tráiganos las ganancias».




