El imperialismo de los magnates sin escrúpulos de Trump

Por: James C. O’Brien

WASHINGTON, DC – La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha envalentonado claramente al presidente Donald Trump, quien posteriormente ha amenazado con desplegar las fuerzas militares estadounidenses contra Cuba, Colombia y, hasta que se echó atrás esta semana, Irán. Más inquietante aún, también ha planteado la posibilidad de apoderarse por la fuerza de Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, aliado de larga data de Estados Unidos y la OTAN.

Si Trump actuara sobre Groenlandia, la alianza de la OTAN se desintegraría, lo que socavaría la seguridad de Estados Unidos y la de Occidente en general. Peor aún, tal comportamiento normalizaría la depredación territorial por parte de las grandes potencias, lo que haría más probable la acción china contra Taiwán y la expansión rusa en el Báltico, e incluso en Asia Central.

Aunque Trump presenta la toma de Groenlandia como una necesidad imperiosa para la seguridad nacional, Estados Unidos ya tiene un acuerdo de defensa con Dinamarca, mantiene una presencia militar en la isla y goza de amplios derechos de base. Es difícil prever qué beneficios marginales, si es que los hay, se podrían obtener de una ocupación ilegal.

Sin duda, no está claro si Trump realmente tiene la intención de llevar a cabo esta retórica o si solo está fanfarroneando. El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, ha sugerido que la retórica cada vez más agresiva de Trump no es más que una táctica de negociación destinada a presionar a Dinamarca para que venda Groenlandia. De ser así, ha fracasado estrepitosamente, provocando la indignación pública en Dinamarca y Groenlandia.

Aun así, nadie en Dinamarca ni en el resto de Europa debería confiarse. Ahora es el momento de reforzar aún más las defensas de Groenlandia contra Rusia y China, socavando así la justificación esgrimida por Trump, y de garantizar la paz interna en la isla. Al mismo tiempo, Dinamarca y sus socios deberían acelerar el desarrollo de los recursos minerales y energéticos de la isla, mitigando los incentivos comerciales que parecen impulsar el interés de Trump por la anexión.

En este punto, el riesgo de fractura de la OTAN es demasiado grande como para que quienes apoyan la alianza en el Congreso de Estados Unidos, tanto demócratas como republicanos, permanezcan en silencio. Un ataque impulsivo contra un aliado de larga data como Dinamarca sería catastrófico, ya que llevaría a Japón, Taiwán, Corea del Sur, Canadá y otros países a considerar acuerdos de seguridad alternativos que reduzcan su dependencia de un Estados Unidos poco fiable.

Las amenazas de Trump también ponen en peligro las perspectivas económicas de Estados Unidos. Dinamarca y el resto de la Unión Europea son socios indispensables en cualquier estrategia de crecimiento realista de Estados Unidos ante el auge de China. Los mercados de consumo, la base manufacturera, las cadenas de suministro y los ecosistemas de investigación de la UE son fundamentales para los avances en inteligencia artificial, computación cuántica, energía limpia y de fusión, y ciencias de la vida. Alienar a Europa socavaría prácticamente todos los sectores de la economía estadounidense.

Más de mil millones de consumidores adinerados en América del Norte, Europa, Japón, Corea del Sur y otras partes de Asia -unidos por una larga historia de alianzas económicas exitosas, aunque a veces inestables- representan la base más sólida para la prosperidad a largo plazo. Si a esto le sumamos a India, que se ha venido acercando a Estados Unidos y sus aliados como contrapeso a China, el resultado sería una alianza prácticamente imbatible.

El imperialismo insensato de Trump amenaza con incendiar ese futuro, y los republicanos que se oponen a él, como el senador Mitch McConnell, deben unirse a los demócratas y alzar la voz. Deben decir que Trump se equivoca al coaccionar a Dinamarca y que, si se apodera de Groenlandia, Estados Unidos la cederá una vez que Trump deje el cargo. Esto pone de manifiesto la debilidad de la promesa de riqueza de Trump -harán falta décadas para obtener beneficios- y satisface una necesidad actual. Los aliados de Estados Unidos ya están perdiendo la fe y, a menos que vean una oposición clara, darán por sentado que el silencio significa consentimiento a la apropiación de territorios por parte de Trump. Partiendo de esa premisa, los aliados se protegerán, profundizando sus lazos con China y otras potencias emergentes para contrarrestar una administración estadounidense cada vez más deshonesta.

Si eso ocurre, la próxima administración tendrá dificultades para restablecer la confianza. Incluso si los demócratas recuperan la Casa Blanca en 2028, los socios de Estados Unidos seguirán preocupados por el posible regreso del trumpismo en 2032. Sin posibilidades realistas de reconstruir el orden multilateral, la próxima administración se verá obligada a operar desde los escombros que deje Trump.

El aventurismo internacional de Trump pone de relieve su extralimitación, su corrupción y su disposición a aceptar regímenes cleptocráticos y autocráticos. Algunos podrían recomendar paciencia, instando a esperar y ver qué pasa para determinar si las tácticas de Trump reportan beneficios estratégicos. Eso sería un error. La vacilación solo denota indecisión y provoca mayores daños. El momento actual exige un claro rechazo a las apropiaciones imperialistas de tierras.

Las motivaciones comerciales también son importantes. Las iniciativas de política exterior de Trump a menudo se centran en crear oportunidades de negocios privadas que lo benefician personalmente, siendo su plan de utilizar fondos públicos para subsidiar a empresas petroleras de Venezuela un ejemplo claro. Los oponentes de Trump deberían hacer hincapié en la posibilidad de futuras investigaciones del Congreso, escrutinio regulatorio, sanciones y enjuiciamiento penal para quienes se sientan tentados a participar en esos planes.

Los magnates sin escrúpulos y el imperialismo van de la mano. Al intentar rehacer la política exterior estadounidense a su imagen y semejanza, Trump está reviviendo un orden internacional definido por la fuerza bruta, en el que los países poderosos se apoderan de territorios para que sus líderes puedan enriquecerse.

Si bien ese enfoque favorece los intereses personales de Trump, es una estrategia perdedora para Estados Unidos. Es posible que algunos republicanos estén dispuestos a desintegrar la OTAN, pero los líderes demócratas que aspiran a volver a gobernar deben hablar con claridad ahora o corren el riesgo de heredar un mundo en el que los cimientos de la prosperidad y la seguridad estadounidenses ya hayan sido dañados de forma irreparable.

James C. O’Brien fue subsecretario de Estado de Estados Unidos para Asuntos Europeos y Euroasiáticos durante la administración Biden.

  • Periodismo Amplio e Incluyente, nace el 1 de mayo del 2015
    Criterio es un medio de comunicación digital que recoge, investiga, procesa, analiza, transmite información de actualidad y profundiza en los hechos que el poder pretende ocultar.

    Ver todas las entradas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Contenido a tu alcance

Periodismo de calidad en tus manos

Suscríbete y se parte de nuestro newsletter