El Aguacate (un cuento de la caravana)

 

Por: Jorge Barrigh

José caminaba con su viejo saco en su espalda. Dentro de él tenía su ropa junto con sus botas para trabajar en alguna finca de un anciano de Tejas. Su hermosa bandera en mano. Él ama a su patria, pero no piensa en volver. José intentó calcular cuántos kilómetros había recorrido, pero el dolor punzante en los pies le impedía concentrarse. No pensaba en el dolor, no pensaba en las adversidades que estaban por llegar, se concentraba en salir adelante en la vida, en llegar a su destino y comenzar de nuevo. José pensaba – “Si mi país no me da las oportunidades, iré a donde no me quieren para buscarme la vida”. Recordó lo duro que fue dejar atrás todo lo que amaba, el olor a tierra de su barrio, los elotes cocidos por la mañana que le hacía la suegra antes de ir a trabajar y el beso de despedida que le daba su niña, antes que ella se fuera al colegio.

José tenía un puesto de frutas en el mercado, pero no era nada barato. A veces le iba bien, por lo general cuando la gente le compraba bananos, melones, sandías y aguacates. Pero había días que no hacía ni un cinco, no podía ni comprarle chicles ni cigarros a Marco, el bolo de la avenida. Aunque pobre, nunca sintió la necesidad de robar. Su padre también fue un hombre muy pobre, pobre, pero noble, luchador y trabajador. Él era un campesino de Olancho que siempre le prometió lo mejor. Recibiendo una paliza de calor por el sol, José, recordaba lo lindo que era correr por los campos de Olancho, perderse en las montañas y volver hasta que el sol se pusiera sobre la colina más baja. Un día su padre llegó a casa exasperado de todo y tomó la decisión de mudarse a la capital en busca de una vida mejor. Ahí, ambos trabajaban para un señor en Valle de Ángeles vendiendo artesanías a la gente extravagante que llegaba todos los fines de semana desde la ciudad. Observaban cómo los visitantes del pueblito miraban las figuras de barro con cariño, pensaban a quién le podría gustar y si tenían suerte la compraban. Trataban esas figuritas con tanto cariño. Pero con el tiempo, José, notó una distinción. Quienes vendían las hermosas figuras eran vistos con desprecio. Quizá era porque no estaban limpios, o tal vez porque olían a mierda. De todas formas, su trabajo consistía en embarrarse de mierda para poder comer y aun así sabía que estaban más limpios que el mismo presidente de la república. De los pocos que intentan vivir humildemente en ese país, José y su padre eran de ellos.

 José nunca tuvo ningún tipo de educación, pero no se requiere un genio para reconocer que en Honduras han estado vendiendo el mismo cuento barato. Todo irá mejor, que el siguiente que llegue a la presidencia proveerá empleo, agua potable para todos, hogares para quienes no lo tienen, comida y educación para todos. Pero durante su recorrido por las calles tristes solas y peligrosas de la capital, no vio nada de lo mencionado. “Víctor Donaire me mintió” – se dijo a sí mismo. – “Por las calles de Tegucigalpa no pasa la Navidad, incluso eso es para quienes han sido privilegiados en escoger dónde nacer.” Escupió hacia un lado, aunque apenas tenía saliva.

José luego recordó los libros que le había prometido a su hija, los útiles que enviaría desde los EE. UU y que algún día la llevaría a ver a aquel ratón mágico del que tanto le contaban sus amigas. Recordó la promesa que le hizo a su suegra, que obtendría las medicinas que necesita, sí, de aquellas mismas que una campaña política robó del seguro social.

El sol descansaba en el punto más alto del cielo y a la vez quemaba la frente de aquellos en la caravana, casi de una manera burlona. Aquel calor hizo que José recordara las imágenes de los niños con un bote de Resistol en la mano, las prostitutas en las esquinas y hasta la balacera en Ceibita la bella. Caos, avaricia, lujuria es lo que llena las calles del país. Nunca olvidaría ver a un cipote “trampar vergazos” a otro por un aguacate, vio cómo agarró su cráneo y lo embistió contra el suelo rocoso hasta que aquel no resistió más y soltó la fruta para poder cubrir su pequeña cabeza. “¡Hoy no comes cara de pija!” – le gritó el otro que era más grande, estaba más fuerte y se miraba mucho mejor nutrido que aquel debilucho tirado en el suelo. “Vaya” – dijo José. – “Veo que hasta los niños huérfanos en la calle aprenden de las malas costumbres de nuestro gobierno” reflexionó intentando ignorar el dolor en sus rodillas. La ley del más fuerte. Una enseñanza impartida por miembros del gabinete gubernamental que son envenenados con la soberbia, pero las consecuencias las sufre el pueblo.

Entonces José reflexionó: “Ese niño pequeño somos nosotros, los más pobres, los que solo queremos un aguacate para ser feliz, y llegan los bravucones, aquellos que les dicen “cachurecos”, sí de esos mismos hijos de puta que nos siguen mintiendo y nos embisten la cabeza en nuestra propia tierra hasta soltar aquel aguacate, aquel voto. Y a nosotros caras de pija, nos dejan sin comer. Ahora me voy, me voy donde el señor Trump. ¿Por qué? Porque mi país se le adelantó y los mismos gobernantes, desde el payaso de Zelaya hasta el tirano de su excelentísimo Juan Orlando Hernández, ya construyeron un muro. Un muro tan grande que ni ellos mismos pueden ver hacia dónde van. A veces me pregunto si ellos lo construyeron a propósito para cubrir la realidad que tienen en frente. Pero yo sigo caminando para adelante, ¿y a dónde más me voy a ir?” – José notó que todo este tiempo no había estado caminando solo. Una pequeña sombra acompañaba la suya, sus pasitos intentaban llevar el mismo ritmo que los de él.  Giró su cabeza a la izquierda para ver a aquel niño con un sombrero de junco puesto sobre su cabeza. En sus pies llevaba de aquellas chancletas de hule, una de estas rotas, tenía que apretar sus dedos para evitar que esta se le soltara.

En ese instante, la caravana, hizo un alto. – “Aquí haremos un descanso”- escuchó, José, decir a alguien a la distancia.

 “¿Por qué te fuiste?” – le preguntó al niño mientras ponía su saco abajo. Abrió una botella de agua azul, de aquellas viejas que todavía tienen a Suazo en ellas. El niño se sentó en una piedra, ya están en Tijuana. Con ojos aguados le contestó – “Porque mi papi dijo que yo también tenía que ser como él. Mi papi me dijo que tenía que ser fuerte igual a él y que un día sería parte de los hermanos. Y a mí no me gusta cómo los “hermanos” trataban a mi mami, mientras él, sentado en una esquina, se rasca su pipi.”- José dio un suspiro de decepción y le ofreció agua al chamaco.

Se terminó casi toda la botella. “Sí que tenías sed, chaval” – dijo mientras aquel le devolvía la botella. “Está más rica que la de la quebrada.” – dijo el niño tras limpiarse un poco de tierra de su boca. “A todo esto, ¿cómo te llamas?” – le preguntó José. – “Yo me llamo Jaime, aunque todos me dicen Jaimito, así que usted también dígame, Jaimito, por favor.”- José lo vio y sonrió. – “De acuerdo, Jaimito”.

¿Tienes hambre?” le preguntó. Asintió con la cabeza. De su saco viejo, sacó el último aguacate que tenía y se lo dio a Jaimito.

Una señora vio que José tenía agua, cansada y casi jadeando como un perro atareado se acercó por un trago. – “Buenas tardes, señor, ¿puedo beber un poco de agua si no es mucha molestia?” – José, sin pensarlo dos veces le dio lo poco que le quedaba de agua a la extraña. –

“¿Cómo se llama?” – le preguntó José. – “Rosario, pero todas las otras enfermeras me dicen Rosa”.

 – “Ah, ¿usted trabajaba en alguna clínica?” –

“En el Hospital Escuela” – Respondió Rosa.

La señora vio la cara de tristeza del niño, se acercó y se sentó junto a él.

– “¿Todo bien mi vida? Ya falta poco, pronto cruzaremos al sueño americano.” – Le dijo Rosa a Jaimito. El niño, sin contestarle se secó una lagrima que rodaba por su mejilla, recuperó su compostura, se levantó y se fue. – “¿Usted por qué camina?”- le preguntó José a Rosa. Ella lo vio y suspiró, “Yo marcho porque no me pagan el salario que se debe. Pero no marcho por mí misma, sí quiero alcanzar una vida mejor, apoyar a mi familia, pero yo marcho porque huyo. Huyo de las mentiras, huyo de la ignorancia de la gente y de una sociedad pasiva que acepta ser saboteada, golpeada, reprimida, y silenciada mediante métodos de coerción. De un pueblo que se convirtió en una masa de títeres y sus únicas defensas son las narrativas falsas que construyen sus opresores. Huyo de ese sentimiento y comportamiento contagioso. No quiero ser así. Huyo en búsqueda de la integridad que perdió la gente de mi tierra. ¿Y qué busco? Lo que tanto añoramos en Honduras y lo que dice tener el señor Trump. Diversidad, oportunidad y democracia.” – Por un momento, José, pensó que diría algo más, pero la interrumpió un conocido suyo en la caravana que necesitaba su ayuda. De forma educada, se disculpó y se fue.

 José miró hacia arriba, el sol tan resplandeciente como los últimos 60 días, bajó su mirada para quitarse sus zapatos, sus pies se habían ampollado de tanto caminar. Seguía pensando hacia dónde marchaban, no la caravana, sino el país. Secó las gotas de sudor de su frente, volvió a ponerse su calzado y siguió caminando.

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