Pareciera que el mundo actual, con sus sociedades industrializadas y subdesarrolladas, se ha detenido en una dirección destructiva unidireccional y ya no avanza ni evoluciona más: pareciera que ha llegado efectivamente el fin de la historia.
De una parte, en la superficie de la sociedad industrial rige un mal llamado “fascismo democrático” que, con su deseo de destrucción, está condicionando generaciones y personas agresivas, tristes, infelices y viviendo en soledad. La sociedad industrial está apagando aceleradamente el amor a la vida, la alegría y la esperanza, y sus jóvenes y sus ancianos se debaten en una gran pérdida de sentido y comprensión mutuas.
Por doquier, en Europa y Estados Unidos de América, vuelve a asomar la terrible sombra de la guerra invasora, especialmente orquestada por Putin, el cual también somete a sus propios ciudadanos al castigo de la desesperanza, la desvalorización cultural y política, y la incertidumbre de la muerte sorpresiva e inexplicable.
De otra parte, en la sociedad del llamado subdesarrollo dependiente asistimos a la cada vez más belicista injerencia, intervención e invasión norteamericana de Donald Trump que genera un clima de zozobra permanente y que no resuelve para nada los terribles problemas de la desigualdad, la pobreza, la falta de educación, salud, cultura, trabajo y vivienda. Los habitantes de los países del Sur, sometidos a los imperialismos yankee, ruso y chino, se debaten en una cruenta lucha dividida por la sobrevivencia y el sálvese quien pueda, sin perder por ello la fe incondicional en una humanidad que vuelva realidad la utopía relacional de Karl Mannheim de una justicia total y de una paz permanente y mundial.
Las élites, los gobiernos y los Estados en ambos hemisferios, Occidental y Oriental, Norte y Sur, pretenden castigar a sus individuos y conciudadanos por su indiferencia ante los crímenes de su historia pasada y presente de esclavismo, feudalismo, colonialismo, fascismo, nazismo e imperialismo, al no rebelarse éstos suficientemente ante la irracionalidad de sus inventos tecnológicos letales. Es decir, por el hecho de que pareciera que nadie ha aprendido de la historia y la olvidamos con suma facilidad y creemos que ésta no nos atañe y la ignoramos olímpicamente, nos merecemos los gobiernos que tenemos.
Solo este castigo en masa explica el hecho de que teniendo la sociedad industrial los medios tecnológicos y humanos para solucionar los problemas más acuciantes de toda la humanidad, no lo hace en la práctica activa del mundo y no lo convierte en un espacio habitable para todos. ¿Por qué la sociedad industrial no lleva a cabo el progreso social pudiendo hacerlo?
Este castigo masivo contra los ciudadanos no debe continuar, debe parar para superar la indiferencia y la ignorancia que provoca a la primera. Es hora de que la pulsión y el culto a la muerte y la necrofilia que también ha sido avalada en sus guerras y conflictos violentos por las iglesias, especialmente por la religión católica, al hacer prevalecer la celebración de la muerte por encima de la vida en la Tierra, sean superados para siempre.
Es hora ya, repetimos, de que esto acabe para siempre y de que, desde un patriotismo democrático y una democracia patriótica hagamos de la historia nacional y mundial pasadas un aprendizaje individual y colectivo hacia el amor, el cariño, el compromiso y el respeto mutuos, porque el ser humano es el único ente que puede condicionar conscientemente su paz interior a la experiencia colectiva junto a los demás por mejorar la unificación histórica de manera cordial, afable, amable y cariñosa.
Sören Kierkegaard ha dicho que “tener esperanza es esperar por la posibilidad de lo bueno, y la posibilidad de lo bueno es lo eterno”. Creo, pues, firmemente, que todos y todas debemos comprender que la vida es muy corta para desperdiciarla en la desesperanza y su equivocada eternización en la muerte, el desamor, lo malo, lo destructivo, lo violento, lo bélico, etc., o, en otras palabras, todo aquello y aquél que es incapaz de amar.





