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Vida cotidiana

Por: Manuel Torres Calderón CONVERSACIÓN La conversación telefónica que escuché por azar en el Supermercado El Corral, en Siguatepeque me dejó un gusto a desesperanza....

Vida cotidiana

Por: Manuel Torres Calderón

CONVERSACIÓN

La conversación telefónica que escuché por azar en el Supermercado El Corral, en Siguatepeque me dejó un gusto a desesperanza. Un médico joven le decía a una colega: “… Falta todavía ver el resultado de unos exámenes, pero usted no se preocupe doctora con su cobro; usted cobre bien que la familia dijo que estaba dispuesta a pagar lo que sea”.

El mensaje me parece claro, pero admite interpretaciones. Para mí sugiere a su colega cobrar a mansalva por sus servicios profesionales, pero en un debate el médico expondría mil argumentos para justificarse, como que no incurrió en ningún delito o que tasar los honorarios es un asunto de índole privada y que sin acuerdo entre las partes no hay trato. Y tendría razón, al menos en parte, ya que nadie ignora que cobrar sin ningún tipo de control, a partir de la necesidad manifiesta del “cliente” y de su aparente poder adquisitivo, es una práctica común en la medicina y otras profesiones u oficios.

Claro, no se trata de generalizar y estigmatizar a un gremio a partir de un caso concreto. Conozco muchos médicos que cobran sin supeditar la calidad de su trabajo al bolsillo del usuario o que incluso brindan atención gratuita a comunidades vulnerables, zonas rurales aisladas, pueblos indígenas y personas sin recursos en todo el territorio nacional.

Para ellos y ellas todo mi respeto y admiración, pero en general resalta la falta de transparencia en el tema, la ausencia de regulación ética, la inexistencia de una ley efectiva que proteja los derechos y deberes de los pacientes en Honduras y el inminente desplome de un sistema sanitario que se devora a sí mismo.

Lo de los honorarios profesionales desmedidos es apenas una pequeña pieza en el engranaje que falla. Cada fin de mes, por ejemplo, en las farmacias aumenta el precio de los medicamentos y varios hospitales y clínicas privadas corren el riesgo de cerrar sus puertas porque cada vez menos personas pueden pagarlos. La opción alternativa de acudir a los hospitales públicos, pese al esfuerzo heroico del personal que atiende, es como entrar al inframundo y pretender regresar con vida.

La desigualdad e inequidad se multiplican tanto como las enfermedades. ¿Tendrá alguna idea nuestro simultáneo ministro de Salud y presidente de la Nación de la necesidad de sacudir y reformar el sistema de salud (público y privado)? ¿De qué no se trata únicamente de reducir la mora quirúrgica o de digitalizar los expedientes médicos?

El diagnóstico es evidente: para este gobierno y todos los anteriores la salud ha sido y es un negocio rentable, tan lucrativo como la inseguridad ciudadana, y no hay intención oficial alguna de cambiarlo. Mientras tanto, en una espera fatal, la ciudadanía sigue sin organizarse, encomendando su salud a un Estado también enfermo.

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