Ahí, en esas conferencias, se nos recordó la extraordinaria historia de K’inich Yax K’uk’ Mo’, Ahau, Divino Señor, quien fundó en esa ciudad —y esto es lo que en verdad celebra la efeméride— no Copán, que ya existía desde muchos siglos antes, sino un reino, una nueva casa dinástica y, propone, un nuevo régimen de poder. De su linaje quedan restos que siguen hablándonos, declaró uno de los funcionarios, aunque quizá no nos dicen a todos las mismas cosas.
Apenas un diletante en la materia, pero historiador, no puedo dejar de preguntarme por el antes, porque ¿se supone que las fundaciones son comienzos absolutos e irreversibles?
La arqueología obliga a ir más lejos y atrás de esta efeméride. La ocupación del valle de Copán se remonta por lo menos al Preclásico Medio, hacia 1400 a.C., casi dos milenios antes de la fundación de la dinastía de Yax K’uk’ Mo’.[1] Cuando se supone que se fundó.
La evidencia permite plantear algo distinto: que el Estado dinástico maya se implantó sobre una sociedad local anterior, perteneciente al mundo cultural hondureño proto-lenca. Y esa población tampoco desapareció con la conquista de Yax.
Las excavaciones dirigidas por Seiichi Nakamura en un complejo en cuyo piso estratigráfico destacan las estelas lisas del lenca, a apenas 150 metros de la Gran Plaza central, ponen en evidencia que, siglos después, individuos procedentes probablemente del occidente y centro de lo que hoy es Honduras ostentaban un alto rango, de realeza, dentro del propio núcleo urbano copaneco clásico. En vez de una sustitución de población, entonces, la mayización del sitio fue una superposición, incorporación y transformación política de una sociedad preexistente.
Extraordinariamente, nos recordó Traxler, sabemos mucho y podemos asegurar que K’inich Yax K’uk’ Mo’ era un hombre maduro del Petén maya oriental, casi seguramente vinculado con la órbita política en la que Tikal —junto con Calakmul— era eje del temprano florecimiento clásico. Más difícil es precisar exactamente dónde nació y cuál fue su trayectoria antes de 426. Para tranquilidad de expertos, aquí conviene distinguir lo que sabemos de lo que podemos inferir.
Sabemos que fue guerrero: su cuerpo conservó lesiones y cicatrices y su representación dinástica insistió en atributos militares y teotihuacanos. Podemos inferir que su juventud transcurrió en las décadas de las grandes guerras de reacomodos que transformaron el mundo maya desde fines del siglo IV.
Podemos proponer que participó en esas campañas y, aunque se lo represente así en las inscripciones, que su arribo a Copán en 426 no fue peregrinación inocua o sagrada de un cruzado extranjero, sino una misión política respaldada por un prestigio externo, una alianza y una fuerza incontrastable.
Dado el sentido político de ese acontecimiento, lo más verosímil es suponer que llegó con banderas y hombres armados. Porque además todo indica que derriba del poder a K’uk’ Hun K’awil, cuyo rastro se borra ipso facto.
Está escrito que murió en el 435 d.C., apenas nueve años luego de su arribo o entrada al poder. Fue inhumado sobre una lápida, en una cámara mortuoria en su palacio, llamada Hunal, en el sitio exacto en donde —posteriormente— se erigió el Templo de Los Ancestros, el número 16, que da al patio occidental en la Acrópolis.[2]
Nos recordó además Traxler que, junto al fundador, en la otra cámara adjunta llamada Margarita, fue inhumada la llamada Reina Roja. Una nativa de altísimo rango, rodeada de un inmenso tesoro de jade, saqueado, por cierto, poco después de su descubrimiento, quien NO fue —reflexiono yo— una simple consorte: fue la nueva esposa del fundador y madre de los reyes o reinas de la Casa de Yax Kuk Mo. Y aportó aquello que un guerrero extranjero no podía traer consigo: redes incluso de parentesco, legitimidad interior, acceso a los linajes del lugar y arraigo. Como si el pacto matrimonial mismo hubiera sido parte de la fundación.
Vista así, la fundación tuvo dos principios y acaso dos protagonistas: de una parte, el extranjero investido que aportó fuerza, legitimidad ritual, conexiones externas y una nueva tecnología política y, por otro lado, el linaje local —encarnado por la Reina— que aportó territorio, legitimidad biológica y social. Copán, en ese caso, no fue grande por ser maya y culturalmente puro, sino precisamente por su condición fronteriza e híbrida, mestiza.
De modo que, si ya eran efectivamente mayas quienes dominaban en Copán a la llegada de Kuk Mo (y eso no queda claro, porque aunque las estelas posteriores —naturalmente— llamen a los reyes predinásticos con nombres mayas, pudo haber invasiones anteriores), ese reino habría padecido la inestabilidad que permitió el arribo al trono de un advenedizo.
Y si ya estaba establecido entonces este viejo modelo, del trono o reino maya, relacionado con el prototipo mesoamericano (un altépetl, pero de clan cónico, ya lo observaba Kirchhoff), era ahí relativamente novedoso, en Copán. Donde, en todo caso, no había podido superar resistencias o presiones. Y no se había consolidado un linaje dinástico. Copán era, en todo caso, enclave o bastión de frontera.
Un par de estelas clásicas recuerdan (me lo hizo ver René Viel) a gobernantes anteriores, sin aclarar cabalmente su identidad. Copán no nació con K’uk’ Mo’; el trono, tampoco. Lo nuevo fue otra cosa.
El matrimonio con una noble nativa pudo transformar una victoria o una intrusión exterior en parentesco legítimo: el conquistador —como fue casi sin duda el invasor— dejó de ser enteramente foráneo cuando sus descendientes pertenecieron a ambos mundos y los parientes de su esposa se convirtieron en familia política. Ahí estaría funcionando el mecanismo del clan cónico: dos linajes potencialmente opuestos entrelazados hasta producir una sola casa gobernante. No funda Yax Kuk Mo una nación; reorganiza una sociedad preexistente y funda en ella un nuevo régimen político.³
Se sienta en un trono que no había inventado y se casa con una dama noble local, madura, parendera. Ese enlace es la llave. Mediante él, la fuerza material exterior se convierte en filiación; la victoria, en parentesco; el advenedizo, en padrino o antepasado. Sus hijos incorporan simultáneamente los genes, derechos y memorias de dos linajes.
Fundación y funcionamiento del reino
Un siglo y medio de comienzos difíciles y varias generaciones de la nueva Casa de Copán transcurrieron antes de que aquella estructura se consolidara plenamente. Eso importa: la fundación no produjo de inmediato ni pronto el Copán monumental que hoy admiramos. Indica que 426 fue el comienzo de un largo proceso de negociación, coerción, alianza y fusión.
Solo hacia fines del siglo VI la estirpe de K’uk’ Mo’ alcanzaría una estabilidad regional y su obra un esplendor que, con altos y bajos, se prolongarían durante poco más de otros tres siglos. A lo largo de los cuales, ese linaje construiría ahí una de las grandes capitales mayas, la capital del Sur, se la llamó.
La más ricamente decorada con escultura e inscripciones jeroglíficas, en un estilo muy maya, por lo demás elegante, profusamente ornamental, alegórico.
Además, podemos profundizar en el cómo, en el funcionamiento de ese esplendor. Porque en efecto funcionó por un tiempo largo, en tanto que concitó la colaboración, la disciplina de los distintos linajes y capas sociales.
Y los reyes construyeron esa gran ciudad. Claro, con ayuda de cientos de letrados, matemáticos, maestros arquitectos, ingenieros prácticos que se necesitaban para los trabajos en las estructuras, en los drenajes. Diseñando planos e inscripciones, calculando requisitos, insumos, logísticas y dimensiones. Miles de artesanos ejecutando instrucciones, capataces de grupos y, a lo largo de años, cientos de miles de súbditos organizados en cuadrillas.
Trabajando, talando la madera en los bosques, minando en las canteras y transportando los materiales y tallando y mezclando cementos y estucos, para edificar templos piramidales en las plazas, para decorar palacios profusamente, sakbes entre estanques, oficinas y bodegas.
Decenas de miles de campesinos que asistían a las obras públicas de la ciudad sagrada por muchos días de cada año, en la estación del ciclo agrícola en que se iban agotando las reservas de alimentos en las trojes familiares, previo a la siguiente cosecha, aprendían a trabajar y acatar.
Que en su tiempo de descanso eran adoctrinados en la compleja religión del maya que destacaba al Kawiil, y la deificación de la astrología, del astrónomo Venus Kukulkan y de la propia institución monárquica. Porque la suya, del campesino, era más bien una más antigua religión natural. Y eran entretenidos en los festivales de música, procesión, danza, teatro y ceremonias elaboradas en las plazas.
Y que en esa coyuntura —de escasez anual— eran alimentados con los granos excedentes, tributados con anterioridad y almacenados. O, si hacía falta, comprados en los valles vecinos y amigos, canjeando otros tributos valiosos como el tabaco, los textiles finos, el copal, la sal, la plumaria y la lapidaria, la cerámica pintada, la obsidiana y acaso incluso el jade del Motagua.
Una dinámica que explica la razón de Estado.
Aquí mi reconstrucción se vuelve un poco más hipotética. Hay indicios que permiten preguntar si, antes o muy temprano en la formación del reino copaneco, la nueva Casa de Yax buscó asegurar el corredor del Motagua y su nodo de Quiriguá, que históricamente habría proporcionado jade a mucho del mundo maya.
No conozco prueba contundente de que K’uk’ Mo’ conquistó personalmente Quiriguá antes de llegar a Copán; no sé si por conveniencia, más tarde Kak’ Tilia Chan Yopaat, el sacrificador del Decimotercer gobernante de Copán (quien lo trataba de primo), alegó ser también el descendiente y legítimo heredero de Kuk Mo.
Pero salta a la vista que el control o la alianza con ese corredor resultaba estratégica: daba acceso a la ruta del jade y comunicaba las tierras altas con el Caribe. La riqueza verde depositada junto a la Reina Roja vuelve especialmente sugestiva esa conexión. Obligada aunque sea especulativa, porque Copán no era una isla en el mundo maya, y que me permite remitirnos a las relaciones externas del reino.
A mediados del s. VI, se escenificaron guerras destructoras que interrumpieron el primer pujante desarrollo Clásico de las capitales centrales como El Mirador y más tarde Tikal y Calakmul.⁸ La crisis, profunda, general, el hiato del Clásico Medio, también afecta a Copán. Quizás esas guerras impulsan una dinámica.
Las expansiones necesarias y las estratégicas
Recordamos también, en esta celebración de los mil seiscientos años —que fueron en realidad unos cuatrocientos de continuidad dinástica—, que los sucesores de K’uk’ Mo’ proyectaron su autoridad sobre centros vecinos hacia el Sureste y el Noreste, sin el prejuicio de suponer que eso debía ser de dominación territorial continua.
Un poder que se dibuja mejor como una política de nodos: influencias culturales, flujos tributarios, enclaves dinásticos e intercambios preferentes de mujeres y otros recursos, aliados y vasallos colocados sobre corredores de alimentos, bienes prestigiosos y comunicación.
Superado gradualmente el hiato del Clásico Medio, en un segundo florecimiento —del 550 al 700— muchos sitios vecinos cayeron bajo la influencia de los dinastas copanecos (los reyes 9 Luna Jaguar, 10 Butz Chan y 12 Humo Imix), descritos en las inscripciones como grandes guerreros y reyes sacrificadores. De quienes ya hubo, nuevamente, evidencia monumental, lo que no es el caso de sus antecesores desde Yax.⁴
Temprana y lógicamente, desde el siglo VI la influencia copaneca penetró Río Amarillo, que ya era un centro importante, y El Paraíso, que también. Más tarde alcanzó La Florida, Los Higos. No formaban esos puntos una frontera continua necesariamente. Pueden leerse como una cadena de nodos sobre rutas y sobre tierras fértiles, capaces de producir los granos que una capital densamente concentrada necesitaba.
Muchos sitios ubicados en valles feraces regados por el Chamelecón… y sus afluentes, que podían producir abundantes cosechas de aquellos granos absolutamente indispensables.
Quizás la proyección más inmediata respondía a la necesidad de alimentar una población muy concentrada en el angosto Valle que rodeaba a la Capital del Sur, y que quizás tenía además que producir tabaco y otras especies preciosas.
Otros en los portillos eran socios comerciales inevitables en el Clásico Tardío. Acaso en tiempos de expansión y del décimo Ahau de Copán, Humo Imix Kawiil, circa 570 d.C., los copanecos establecen enclaves en El Paraíso, El Puente y El Abra, en el cruce justo de las dos rutas comerciales.
Ya en tiempos de Butz Chan, 578-628, aunque brevemente quizás, Copán parece haber incluso intensificado su proyección hacia las regiones periféricas inmediatas del Noreste maya. De la desembocadura del Motagua y hasta sitios remotos, en las Montañas del Sur de lo que hoy es Belice (Pusilha y Nim li Punit), que adoptaron múltiples rasgos culturales y estilos de Copán, al igual que Quiriguá…⁵
A su vez, los centros regionales meridionales en el Valle de La Entrada servían como apoyos o bases de otras rutas de intercambio estratégico. Con la región de Chalchuapa en lo que hoy es El Salvador y con el gran Valle de Sula en el Norte, que ya exportaba cacao y mármol, en donde, sin embargo —claramente—, los mayas no alcanzaban a dominar con su modelo ni sus designios, porque primaba una organización propia, acaso lenca ancestral.
Lo indiscutible es que en casi todos los sitios del policéntrico Valle de La Entrada, como en casi toda Honduras, hubo poblamiento y construcción significativa desde muchos siglos, un milenio al menos antes de nuestra era. Mil quinientos años antes de la llegada de los mayas.
Y hay indicios fehacientes de que quizás los descendientes de esos pobladores originales detuvieron la ascendencia y expansión de Copán ahí, en el corazón del Valle, en la más antigua, Roncador, ¿cuya élite se resistió siempre a la mayización [no será mayanización?]. Mientras que dentro del propio sitio de Copán y su entorno se mantuvo vigente el lenca.
Hay ya evidencia arqueológica que permite llevar esa afirmación bastante lejos. Las excavaciones de Seiichi Nakamura en los conjuntos 9L-22 y 9L-23, a apenas 150 metros de la Gran Plaza, descubrieron una población extraordinariamente heterogénea. El posterior análisis isotópico de 66 entierros identificó como no locales a casi la mitad de los individuos estudiados. Más significativo aún para nuestro argumento, aun durante el Clásico Tardío, aparecen allí individuos de alto rango con hábitos y costumbres del occidente y centro de Honduras. Suzuki, Nakamura y Price sugieren expresamente que su presencia en el propio núcleo urbano pudiera reflejar una estrategia de la dinastía copaneca para incorporar a las élites emergentes no mayas de esas regiones.¹⁰
El hallazgo cobra todavía mayor interés por su contexto. En el piso del complejo excavado por Nakamura, cuya secuencia estratigráfica penetra debajo de las construcciones monumentales posteriores, aparecen los monolitos o estelas lisas de una tradición local y regional anterior, los mismos de Olancho, Los Naranjos y Currusté.
No pretendo que una estela lisa lleve escrita una identidad étnica, ni atribuyo a Nakamura una identificación que él formula con mayor cautela. Pero la superposición material es difícil de ignorar: ahí está debajo una tradición local hondureña anterior a la monumentalidad dinástica; encima y después, el Estado maya; y dentro de ese mismo Estado, nuevamente individuos procedentes del mundo no maya hondureño ocupando posiciones elevadas. La arqueología no obliga a imaginar sustitución. Permite plantear continuidad, incorporación, transformación y convivencia.
Tampoco se trata de un indicio aislado. Gerstle y Webster encontraron en el Patio D del conjunto 9N-8 de Las Sepulturas una concentración excepcional de materiales vinculados con las regiones hondureñas no mayas; Gerstle propuso allí la presencia de un grupo culturalmente diferenciado, que interpretó como lenca.¹¹
Kupprat ha vuelto después sobre la coexistencia de mayas y lencas en Copán y sobre la heterogeneidad cultural propia de esta frontera. La bioarqueología, por una vía enteramente distinta, llega al mismo paisaje humano: la dinastía gobernaba una población diversa y fue capaz de incorporar gente procedente de fuera del mundo maya hasta posiciones privilegiadas. Así que la diferencia étnica para nada desapareció con la mayización [la misma observación]; pudo incluso resultarle funcional al reino. [Hay un trabajo de Darío sobre la mayanización de Honduras; pero es político porque hace referencia a este fenómeno en el cariato]
Para un reino maya asentado en su extrema frontera suroriental y obligado a relacionarse continuamente con esos vecinos, incorporar lencas a su propio aparato político habría tenido, en todo caso, una utilidad evidente. Podían servir como intermediarios entre ambas sociedades: conocedores de lenguas, parentescos, rutas y costumbres locales; negociadores con las comunidades vecinas y acaso guerreros familiarizados con el territorio y con quienes podían convertirse en aliados, tributarios o, alternativamente, adversarios.
El lenca que resiste dentro y en la frontera y hoy
Deben preocuparnos los conceptos arbitrarios que nos hacemos del pasado y el trasfondo de esas confecciones, porque cansan de tan repetidas y tendemos a dejarlas pasar sin objetar y en realidad ocultan la historia verdadera, que es la que siempre vamos descubriendo. Pocos han criticado lo que Euraque ha denunciado como la mayanización de Honduras. [sí a este escrito me refería]
Pero claro que resulta un poco absurdo hablar de que Honduras es maya, a menos que olvides que era casi completamente lenca su extensión, dejando en el extremo oriental un área de culturas misumalpa. Porque todos sabemos que solo un delgado gajillo occidental del país tuvo presencia maya del todo, en esta esquina del Departamento y una orilla del de Ocotepeque.
Y al menos es equívoco y raro decir que Copán fue cuna de los mayas, olvidando que el maya vino aquí desde el área inmensa en donde prevaleció en Guatemala el original, desde donde se extendió antes a lo que hoy es México y Belice, mucho más antiguamente. Y que Copán solo fue, y a partir del siglo VI, la más tardía de sus capitales, en el más remoto y novel Sur extremo de ese mundo, ¡tres siglos después del primer auge de las grandes ciudades del Petén, Chiapas y Yucatán!
A menos que te enfoques [uno se enfoque] solo en esta media docena de sitios presionados e híbridos, que nunca alcanzaron a ser realmente mayas en La Entrada, pobre muestra.
De modo que recurrir a Copán para cimentar la identidad nacional, la simbología de la nación como se ha hecho mucho, es construir sobre un terreno con una falla que recuerda Rastrojón.
Sabemos también que, antes que se diera culto al Kawiil del poder dinástico copaneco en donde se erigió la propia Acrópolis, como en Río Amarillo y más tarde en el Valle de La Entrada, se reverenció en ese territorio a la estela lisa y a deidades agrícolas zoomorfas de una tradición local anterior. Entre esos rasgos resulta particularmente sugestiva la persistencia regional del sapo, asociado en la tradición lenca con la lluvia y la fertilidad y todavía visible en la escultura del Valle de La Entrada.⁶
Lo que ahora podemos proponer con mayor precisión es que el Estado dinástico copaneco fue maya por su dinastía, su escritura jeroglífica, su cultura política y su monumentalidad, sin que por ello jamás toda la sociedad se hubiese vuelto étnicamente maya.
Se superpuso a una población regional anterior, probablemente en buena parte ancestralmente lenca, se la incorporó y la transformó; pero una parte de esa población conservó identidades y tradiciones propias dentro del corazón mismo de la gran Copán y, fuera de ella, en el campo y la frontera que finalmente detuvo la expansión del modelo y quizás regresó después con fuerza.
Conflicto entre reinos y el linaje copaneco
Por lo demás, para poner las cosas en contexto mayor, desde los albores del Clásico, antes de que Copán maya existiera, el conflicto fue siempre un signo de la vida social en toda el Área Maya hasta el Clásico Terminal. Quizás por razones estructurales. Tensiones y conflictos sociales, étnicos, factores ambientales y transformaciones políticas.
La primera gran crisis de las sociedades mayas se produjo antes, hacia el siglo III d.C., cuando, aproximadamente entre 150 y 250 d.C., numerosos centros incipientes del mundo maya sufrieron abandono, descenso demográfico y una interrupción de la actividad monumental.
De nueva cuenta, a fines del siglo IV —unos treinta años antes del arribo de Kuk Mo a Copán— se escenificó en el Área Maya una formidable invasión teotihuacana, comandada por quien ahora los arqueólogos titulan como Generalísimo Siyaj Kahk… acaso comisionado de Búho Lanzadardos, los jefes, y en cuyas huestes se ha pensado que militó y triunfó Yax Kuk Mo, ascendiendo en rango y poder.
Esa campaña, claramente de reacomodo estratégico, habría colocado al hijo de Búho Lanzadardos como nuevo dinasta en el trono de Tikal el 16 de enero del 378, el mismo día en que misteriosamente murió el dinasta anterior. Y el desenlace de esa guerra redundó, al final, hacia el 425, en el viaje de misión de Yax Kuk Mo a Copán.
Fash recuerda que, menos que como una invasión militar, en las inscripciones esa travesía se representa en los registros más como una especie de Peregrinaje, desde la mágica Tula, Teotihuacán, en donde habría sido investido Kuk Mo ¡también! con la condición y calidad simbolizadas en sus atavíos (los signos externos) indispensables para ser efectivamente Divino Señor: su nariguera y sus gafas de Tláloc. Y tres días después de llegar recibe en Cho’kte Na, quizás la Casa del Linaje gobernante, su cetro del dios K Kawiil, Dios de la Tormenta, Señor de la Montaña, dueño del rayo sierpe celestial, que deja su hacha de pedernal simiente enterrada al caer, ¿del linaje?
Y entonces, aunque no tenemos registro explícito de una batalla por Copán —y el silencio de las inscripciones dinásticas tampoco puede tomarse como prueba de que no la hubo, hay un hecho difícil de neutralizar: K’uk’ Mo’ llega desde lejos, siendo ya hombre maduro y un guerrero, a un lugar largamente poblado, con autoridades, religión, jerarquías y memoria propias, y allí se convierte en rey en el acto. A stranger King, dice D. Stuart.
No funda Copán. Funda en Copán un Estado dinástico o, si se prefiere una expresión menos anacrónica, un nuevo régimen concentrado de poder efectivo.
Ojo que K’uk’ Mo’ no estaba regresando transformado a su lugar de origen después de una peregrinación, Bill?. Se desplazaba hacia una frontera distinta. Si su investidura estuvo relacionada con Tula/Teotihuacán y con las redes que habían reordenado el Petén desde 378, cabe proponer que su viaje fue también misión política. No sabríamos quién lo envió, ni si obedecía a un solo señor; pero podemos preguntar: ¿no llegó respaldado por una amplia alianza, con recursos para hacerse reconocer, negociar y, cuando fuera necesario, imponerse como Señor del Sur?
La doble hélice del clan cónico no es aquí una imagen decorativa, sino un mecanismo de integración política y social: la nueva dinastía fusiona lo que antes podía estar enfrentado y se presenta, literalmente, como padre y madre *de una nueva comunidad.*⁷
Recapitulando: K’uk’ Mo’ no trae población, agricultura, religión, jerarquía ni vida urbana a un vacío. Todo eso existía ya. Acaso trae regalos de jade. Pero ciertamente trae otra combinación de recursos: experiencia militar, conexiones exteriores, legitimidad ritual, símbolos extraños de autoridad, una capacidad política para compactar lo diverso y acaso una proyección. Trae, además, una fórmula capaz de convertir el poder exterior en legitimidad local a la vez que reconoce lo que está ahí ya.
Trae habilidad diplomática: la capacidad de afianzar el trono tejido —pop—, de organizar coaliciones, disciplinar fuerzas, proyectarse hacia otros centros y relacionarse en nombre propio con reyes y reinos, incluso los mismos que lo enviaron, porque ahora es Rey de la Capital del Sur. Eso se aproxima, con precauciones por el anacronismo, a lo que hoy llamaríamos soberanía. La fundación fue, por tanto, menos el nacimiento de una ciudad que la creación de una nueva capacidad política.
Claramente, después de la crisis intermedia hay una recuperación territorial y un despegue de la Acrópolis, con Butz Chan, el décimo primero de los dinastas, medio desnudo en la estela, a quien se atribuye haber construido Rosalila. Previo al gran florecimiento del Clásico Tardío.
Que también fue el primer gobernante cuyas estelas se conservan íntegras y de pie (aunque muertas) y cuyos sucesores atesoraron su memoria. Incluso realizando rituales con reliquias en su tumba ¡un siglo y medio después de inhumado! Los tiempos estaban cambiando, había una nueva persistencia.
Y luego de alcanzar la cima de su logro artístico, bajo el nieto de Butz, 18 Conejo (o Guatusa), el patrocinador de las artes, la gran dinastía es humillada y su Capital cae en caos. Cuando, luego de celebrar un sacrificio y vestirse con la piel del desollado, para consultar a los ancestros, astros en el cielo, ese gran rey, trece veces retratado en la plaza, sale en procesión, acompañado de sus banderas y bultos sagrados, al campo de batalla. Y es derrotado, capturado y, una semana después, el 3 de mayo del 738, decapitado en la cancha de Pelota por su primo, el Señor de Quiriguá Kak’ Tilia Chan Yopaat, que se le había rebelado y ahora, con su cabeza en la mano, se proclamaba Colomte, ¡divino señor de Copán!
Aunque posteriormente y rápidamente dos sucesores de la dinastía copaneca recuperaron su soberanía y aun esplendor hasta el 764, los siguientes cuarenta años muestran un declive del que nunca se recuperaron el Sur o el Linaje de Yax. Hasta la Caída del Clásico (la gran crisis, definitiva, hacia el 822). Cuando quizá pierden control del Valle de La Entrada.
Tan grave descalabro que sus descendientes y los miembros de la casa real de Yax Passaj, el decimosexto gobernante, tendrían que pasar hambre, porque no hubo alimento suficiente ni para la familia real. Las armas de Copán no pudieron defenderla ni sus dioses patronos. Y el poder real se perdió del todo, luego de que Ukik Tuk erigiera el último altar, que nunca se terminó de inscribir y no pudo dedicarse.
Es decir que estas formaciones, incluso si fueron capaces de alcanzar grandes logros culturales, eran vulnerables ante combinaciones de adversidades que se repetían: contrariedades afuera, problemas ambientales o enfermedades y rebeliones internas, pérdida de liderazgo y un largo etcétera que no terminamos de columbrar.
El balance de beneficios y perjuicios
Por supuesto, hay derecho a celebrarle sus logros a aquella Capital del Sur, siempre y cuando seas un beneficiado directo como los arqueólogos y no una víctima de su proceso.
Porque el diseño y construcción misma de la ciudad, su escultura, su tecnología… la escritura elegante que se desarrolló más que en cualquier lado y cuya maestría requería años de estudio exclusivo, en suma, su florecimiento político y cultural, son evidencias de que esa sociedad se benefició ampliamente. Pero no de manera universal. Y si no estás incluido en el beneficio, estás obligado más bien a aprender y reflexionar sobre las contradicciones.
Sobre la exclusión, los trabajos durísimos de los subalternos. A recapacitar sobre el sacrificio humano, celebrado cíclicamente y a ratos con más frecuencia. Porque no hay que olvidar por un segundo que estos divinos señores eran a la vez sacerdotes sacrificadores y explotadores.
En las estelas están representados con otros atavíos, pero —inconfundiblemente— también con el cuchillo del sacrificio humano en la muñeca, que era su función exclusiva. Derivaban prestigio y autoridad de la agonía y de la sangre derramada en ceremonia pública, que era la manifestación suprema del poder. No estoy pidiendo que se les condene de manera anacrónica.
Ni dispuesto a tolerar las idealizaciones ingenuas. Es decir, puedes [se puede]celebrar los logros de la antigüedad, pero no olvidar los peligros que esta historia pone en evidencia del poder dinástico, concentrado, impuesto, autoritario. Basado en la explotación ¿y en el terror?
Porque el triunfo de aquel entronamiento de hace mil seiscientos años que se quiere celebrar hoy como continuidad, derivaba no solo de una conquista, del sometimiento y sacrificio con que consolidó su poder hegemónico el régimen que Kuk Mo instauró en Copán: no duró 1600 años.
Colapsó antes de que se cumplieran cuatro siglos, y el sitio se abandonó hace 1200 años. Y casi cae su eterna capital en el olvido del folklore. En el concepto popular que convirtió aquella historia heráldica en moraleja sobre el castigo… del verdadero Dios, que habría transformado a los reyes en la piedra de la estela, porque eran malos, mataban a la gente.
Ahí podría estar la verdadera moraleja, y no en la fallida pretensión de que nuestros gobiernos son legítimos y milenarios herederos del maya, o de Kuk Mo. En la insinuada tontería de que el Estado, la anhelada República de Honduras —de algún modo— deriva del reino del Rayo letal, Kawiil, que es como robarnos otra vez el Tesoro de su Reina, madre de todos sus reyes.
Posdata
Lo que esta historia muestra, si la leemos sin la ansiedad de fabricar una genealogía nacional; con el lente de la razón, no las gafas del mito… es algo más valioso que la moraleja campesina, que cifra una verdad moral absoluta, y más complejo que la falsificación política.
Antes del Estado dinástico copaneco del 426, existían en ese territorio sociedades y centros de poder diversos, menos concentrados y articulados de otra manera, horizontal. (Y después también, hasta la llegada de los españoles, en el resto del territorio nacional el lenca prevaleció). El régimen maya se superpuso a ese mundo, negoció con él, lo transformó, nunca lo borró por completo ni pudo avanzar en la penetración más allá de Roncador. Cuando la estructura dinástica colapsó, no por ello desaparecieron las poblaciones ni las formas sociales ancestrales.
El español tampoco pudo con él. La gente siguió ahí. Los españoles conquistaron al lenca con mucha dificultad,[3] pero la población sobrevivió hasta nuestros días y, aun bajo inmensa presión, conservó su lengua hasta hace un siglo y, aun sin ella, conserva hoy identidad.
Eso me permite, y me obliga, a plantear —como pregunta, no como nostalgia de un pasado falsificado como idílico— si aquellas redes más policéntricas, heterárquicas y menos dependientes de una capital, familia o casta dominante pudieron ser, en ciertas coyunturas, menos vulnerables que el formidable aparato dinástico hoy aún arruinado a nuestros pies.
No necesito suponer que fueron más virtuosas ni más solidarias aquellas ordenaciones. Basta con advertir que eran más limitadas en su alcance y que su persistencia obliga a distinguir el colapso del Estado de la desaparición de la sociedad.
Porque si no, lo que hay que preguntar forzosamente, como me recuerda un Rector universitario sentado felizmente a mi lado en la ceremonia, es: ¿a qué horas se va a escenificar el siguiente sacrificio? Y le respondo: ¿y quién será la víctima?
[1] Las investigaciones de los asentamientos tempranos han planteado que el Copán predinástico estuvo ocupado por poblaciones de filiación no maya; incluso se han señalado semejanzas importantes entre la cerámica no maya de Uapala de Costa Rica, Nicaragua, y la fase Bijac de Copán, fechada entre aproximadamente 100 y 400 d.C., inmediatamente anterior a la llegada del fundador. [saqué la negrita]
[2] Así lo memorializa la primera estela jeroglífica sobreviviente, la 63, dedicada por su hijo y heredero dinástico, K’inich Popol Hol.
[3] Les tomó a seis ejércitos doce cruentos años, mientras que el de Cortés había dominado al imperio de la Gran Tenochtitlan en solo dos de guerra.
Copán Ruinas, 7- El Carmen, 12 de septiembre de 2026
La dinastía de Copán: de Yax K’uk’ Mo’ al último gobernante
| # | Gobernante | Fechas aprox. | Hechos Trascendentes |
| 1 | K’inich Yax K’uk’ Mo’ | 426–c. 437 | Fundador de la dinastía. Su llegada marca el establecimiento de la nueva casa gobernante de Copán. Su tumba, bajo la Estructura 16, confirma su enorme estatus. Su iconografía muestra fuertes vínculos con el mundo teotihuacano, aunque los análisis de sus restos sugieren que era de origen maya. |
| 2 | K’inich Popol Hol | c. 437–c. 450 | Sucesor de Yax K’uk’ Mo’. La evidencia arqueológica relaciona a la mujer enterrada en la Tumba Margarita con la familia fundadora y la considera probablemente esposa de Yax K’uk’ Mo’ y madre de Popol Hol. |
| 3 | Wil Hol K’inich | c. 450–465 | Gobernante temprano, del que conocemos mucho menos. La secuencia dinástica posterior lo reconoce como el tercer señor. |
| 4 | K’ahk’ Uti’ Witz’ K’awiil | c. 465–476 | Otro gobernante de la primera etapa dinástica; las evidencias posteriores contribuyen a reconstruir retrospectivamente esta sucesión. |
| 5 | Sak Lu’ | c. 476–485 | Poco conocido; pertenece todavía a la etapa temprana de consolidación de la dinastía. |
| 6 | Muyal Jol | c. 485–496 | Gobernante de la segunda mitad del siglo V, conocido principalmente por la reconstrucción epigráfica posterior. |
| 7 | B’utz’ Chan | c. 496–504 | Uno de los gobernantes de la transición hacia el Clásico temprano pleno. |
| 8 | Ahc… | c. 504–524 | Su identificación y acontecimientos son menos seguros. |
| 9 | Ruler 9 / Luna Jaguar | 553–578 | Luna Jaguar es uno de los primeros gobernantes de Copán de los que tenemos una presencia monumental más clara. |
| 10 | Butz’ Chan | 578–628 | Reinó aproximadamente medio siglo. Su largo gobierno contribuyó a la continuidad dinástica antes del gran salto de Copán en el siglo VII. |
| 11 | B’alam Nehn | 626–628/631 | Su nombre aparece en la tradición dinástica; parece haber sido una figura de transición. |
| 12 | K’ahk’ Uti’ Witz’ K’awiil, “Humo Imix” | 628–695 | Gran gobernante de consolidación. Reinó unos 67 años. Levantó numerosas estelas y monumentos y dejó una de las grandes series escultóricas de Copán. Es el gobernante que precede inmediatamente al extraordinario reinado de 18 Conejo. |
| 13 | Waxaklajun Ub’aah K’awiil, 18 Conejo | 695–738 | El gran apogeo artístico de Copán. Su reinado produjo buena parte de la arquitectura y escultura monumental que hoy asociamos con Copán: el extraordinario Juego de Pelota, estelas, altares y una intensa transformación de la ciudad. Gobernó 43 años. |
| 14 | K’ahk’ Joplaj Chan K’awiil | 738–749 | Gobernó después de la dramática captura y decapitación de 18 Conejo por el gobernante de Quiriguá, K’ak’ Tiliw Chan Yopaat, en 738. Es una época de crisis para Copán. |
| 15 | K’ak’ Yipyaj Chan K’awiil | 749–763 | Recuperación dinástica después de la crisis de 738. |
| 16 | Yax Pasaj Chan Yopaat | 763–c. 820 | Último gran gobernante de Copán. Su reinado coincide con la fase final de la ciudad como gran capital dinástica. El famoso Altar Q lo representa recibiendo el cetro de poder de manos de Yax K’uk’ Mo’, casi cuatro siglos después: es una magnífica representación de la continuidad dinástica. |
| 17 | Ukit Took’ | c. 822–? | Último gobernante conocido de la secuencia tradicional. Después de él, el poder dinástico de Copán se desintegra y la ciudad entra en su larga transformación y abandono. |
- Estadounidenses, pero también alemanes e ingleses, franceses, japoneses y recientemente chinos, sin olvidar algún mexicano y guatemalteco y un haz de hondureños viejos y jóvenes. Una pléyade de sabios y sus redes académicas, cuyos trabajos interpreto sin su permiso, abusando sin duda en mi ignorancia y en un atrevimiento fruto de la libertad que te da estar fuera de la pista y la carrera. Y de venir de fuera de sus disciplinas y de sus circunscripciones.
- Programa inspirado por un recordatorio de René Viel sobre la efeméride a las autoridades, que me invitaron a celebrar 1600 años de Yax Kuk Mo ya que Copán, con otros nombres Xukup, Xupki, … ya era un núcleo con alfarería y religión en el mil a.C.
- Acaso si se le pudiera traducir como tres raíces, Oxwitik –el nombre de Copán que recordaron las inscripciones tardías—hacía memoria de esa fusión social, que incluía a un tercer ignoto
- Monumental, como fue el caso de Rosalila, que sin embargo llegaba más de un siglo y cuarto después del anterior monumento de Margarita.
- Cuyos reyes también descendientes de Kuk Mo adoptaron elementos de la cultura política copaneca, e incluso un gobernante de Pusilha parece haber tomado un nombre asociado al rey de Copán. Y sabemos que en 594, ya al final del segundo hiato del gran Área Maya, Pusilha sufrió una derrota militar, registrada en su Estela D que pudo estar relacionada con ese vínculo…
- En la tradición lenca, el sapo parece haber estado estrechamente asociado con la lluvia y la fertilidad, hasta el punto de ser considerarlo un ser o símbolo vinculado a las fuerzas de la lluvia. Su notoria presencia en Copán resulta por ello particularmente interesante, pues el sapo no constituye un motivo característico de la iconografía maya de las Tierras Bajas. Mientras que más tarde, los sapos en el Valle de la Entrada tendrán gafas de Tláloc. Véase escultura donada por Rodolfo Pastor Fasquelle al Museo El Puente.
- El clan cónico puede entenderse como una estructura de doble hélice: dos linajes diferenciados y potencialmente opuestos se entrelazan mediante alianzas y filiación, fusionando la dualidad en una unidad dinástica que integra simbólica y políticamente al conjunto del señorío. Publiqué con guía de ALA un ensayo sobre ese modelo.
- Se dejaron de construir templos y los altares dejaron de inscribirse con inscripciones jeroglíficas.
9 Les tomó a seis ejércitos españoles doce cruentos años pacificarlo, mientras que el de Cortés había dominado al imperio de la Gran Tenochtitlan en solo dos de guerra.
10. Shintaro Suzuki, Seiichi Nakamura y T. Douglas Price, “Isotopic proveniencing at Classic Copan and in the southern periphery of the Maya Area: A new perspective on multi-ethnic society”, Journal of Anthropological Archaeology, 60 (2020), 101228. DOI: 10.1016/j.jaa.2020.101228.
11. Andrea Gerstle y David Webster, “Excavaciones en 9N-8, conjunto de Patio D”, en William T. Sanders (ed.), Proyecto Arqueológico Copán, Segunda Fase: Excavaciones en el Área Urbana de Copán, vol. III, Tegucigalpa, Instituto Hondureño de Antropología e Historia, 1990, pp. 25–368.
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