Por: Edgardo Molina
Uno de los fenómenos sociales con mayor impacto negativo en nuestra sociedad en la actualidad son los embarazos en adolescentes, ya que esta problemática afecta profundamente a nuestra juventud, la cual se ve forzada a aplazar su proyecto de vida, aspiraciones y sueños para brindar cuidados a otra niña o niño.
En este artículo abordaremos aristas poco indagadas, pero fundamentales para construir soluciones duraderas ante este fenómeno que impacta a todo el tejido social hondureño. Debo aclarar que de ninguna manera pretendo equiparar las afectaciones entre niñas y niños, ni mucho menos obviar el tema de las violaciones —el cual constituye una grave violación a los derechos humanos—; simplemente busco visibilizar la otra parte de esta realidad:
- Todos los esfuerzos para combatir este flagelo se han centrado fundamentalmente en la urgencia de que la mujer se empodere para no llegar a ser víctima de abusos sexuales, perpetrados en su mayoría por hombres. Si bien este empoderamiento es indispensable, resulta incompleto si se aborda de forma aislada, ya que con frecuencia se limita a estigmatizar al género masculino como un agresor innato sin realizar un verdadero abordaje preventivo con los niños en sus primeras etapas de desarrollo. No vemos a nuestra sociedad, a las ONG ni a los cooperantes impulsando campañas masivas para deconstruir las crianzas machistas o enseñar a vivir una sexualidad sana desde la infancia. Al final, resulta más fácil contabilizar cifras de abuso que atender la raíz del problema mediante la educación. En muchos casos, ciertos grupos utilizan estas cifras únicamente para gestionar fondos, asegurar medios de vida y ganar relevancia política, descuidando la atención directa al origen de esta crisis.
- En la mayoría de los casos se focalizan únicamente las afectaciones que sufren las niñas a causa de los embarazos, descuidando que los padres adolescentes también enfrentan múltiples situaciones adversas. Entre ellas destaca la búsqueda desesperada de medios de subsistencia mediante la incorporación a grupos criminales o pandillas; es decir, los varones menores de edad buscan alternativas para sostener a sus hijos, lo cual deviene en las peores formas de trabajo, explotación y abusos.
- En la mayoría de los casos, el padre adolescente no retoma sus estudios secundarios ni universitarios porque el rol que la sociedad le asigna es el de proveedor único, por lo que se ve en la obligación de abandonar las aulas y acceder de por vida a empleos precarizados.
- Los niños también sufren afectaciones profundas en la salud mental: la presión social, la culpa, el estigma de la paternidad temprana y la carga de asumir un rol proveedor sin redes de apoyo institucionales generan altos índices de ansiedad, depresión, estrés crónico y trastornos de adaptación en los jóvenes varones.
- Culturalmente se suele invalidar el dolor emocional o la crisis del padre adolescente bajo el pretexto de que «él no lleva el embarazo en el cuerpo», obligándolo a reprimir sus emociones y perpetuando el ciclo del machismo que exige una masculinidad hegemónica basada exclusivamente en la solvencia económica, aun a costa de su propio desarrollo integral.
- La construcción de identidad, que se ve interrumpida entre la niñez y la adultez, genera hábitos dañinos en los jóvenes, como por ejemplo el alcoholismo, la drogadicción o problemas de autoridad al presuponerse adultos solo porque generan ingresos económicos.
- En nuestra sociedad, es socialmente aceptable que la familia de la madre adolescente asuma el rol de cuidadora de la niña embarazada, mientras que a la familia paterna se le aleja de los cuidados y se estigmatiza al varón como el único causante de la situación, o quien puede volver a provocarlo.
- Nuestra exigencia al gobierno por la falta de educación sexual en las escuelas debe ir acompañada por una orientación brindada de padres a hijos desde el hogar. Como familia debemos cubrir los vacíos institucionales y hacerlo desde el plano menos religioso posible, para no estigmatizar algo tan natural y humano como la sexualidad.
- La ausencia de educación sexual integral en las escuelas está dañando profundamente el tejido social y el desarrollo personal de nuestra infancia. Por lo que nuestra exigencia como sociedad debe orientarse a este abordaje desde un punto de vista científico, laico y libre de dogmas.
- Un solo niño sin educación sexual puede dejar embarazadas a múltiples niñas, y esto termina por ejercer una presión social tan difícil para los jóvenes que puede desembocar en intentos de suicidio, suicidio consumado o migración infantil irregular en busca de mejores condiciones de vida para él y sus hijos.
Conclusión: El fenómeno de los embarazos adolescentes en Honduras no se resolverá manteniendo un enfoque parcial que reduzca la problemática a la mera estigmatización del varón o a la exclusiva protección de la madre. La realidad demuestra que la paternidad temprana en los jóvenes varones desencadena una cadena de exclusión profunda: deserción escolar, inserción en empleos precarizados, cooptación por el crimen organizado, graves trastornos de salud mental, aislamiento familiar y, en casos extremos, conductas autodestructivas o la migración irregular.
Construir soluciones verdaderamente duraderas exige romper con los roles de género rígidos. Es imperativo apostar por una estrategia de prevención real desde los hogares y las escuelas, impulsando una educación sexual integral que enseñe a los niños a vivir una sexualidad responsable, a asumir la corresponsabilidad afectiva y a deconstruir las crianzas machistas. Si no educamos y acompañamos integralmente a nuestra niñez y juventud, seguiremos alimentando un ciclo de vulnerabilidad que destruye el tejido social de nuestro país y profundiza la pobreza.
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