Escucharla hablar para mi es tan inútil, que debí tomarme un tiempo y detenerme de escribir mi libro para hablar de esta … sirvienta del colonialismo.
María Elvira Salazar representa una de las figuras más contradictorias y problemáticas de la política contemporánea estadounidense. La congresista republicana por el distrito 27 de Florida encarna una paradoja que merece un examen crítico profundo: una mujer de origen cubano, hija de exiliados, cuya carrera política se ha construido sobre la defensa de políticas que sistemáticamente perjudican a las comunidades inmigrantes y trabajadoras.
Esta «dama» usó el Periodismo como Trampolín y construyó su trayectoria como periodista en medios hispanos como Univisión y Telemundo lo que le proporcionó una plataforma que luego capitalizaría políticamente. Sin embargo, su paso por el periodismo no estuvo exento de controversias. Sus entrevistas a figuras autoritarias y su estilo sensacionalista revelan una aproximación más cercana al espectáculo mediático que al periodismo comprometido con la verdad y la justicia social.
Es notable cómo su cobertura de dictaduras latinoamericanas mantuvo un sesgo selectivo: mientras condenaba con vehemencia a gobiernos de izquierda, mostraba una indulgencia preocupante con regímenes autoritarios de derecha que compartían sus posturas anticomunistas. Esta doble vara moral sería una constante en su carrera.
La Inmigrante que Cierra Puertas
Quizás el aspecto más irritante de la carrera política de Salazar es su postura sobre inmigración. Hija de exiliados cubanos que se beneficiaron del sistema de asilo estadounidense, Salazar ha apoyado políticas migratorias restrictivas que afectan desproporcionadamente a comunidades latinoamericanas.
Su respaldo a las políticas de mano dura de la administración Trump, incluyendo la separación de familias y la construcción del muro fronterizo, representa una traición a los valores de solidaridad que deberían caracterizar a una comunidad que históricamente ha sufrido desplazamiento y persecución.
El privilegio de sus padres como exiliados políticos cubanos contrasta brutalmente con el trato que reciben hoy los migrantes económicos centroamericanos, mexicanos y haitianos. Salazar, no solo no reconoce esta discrepancia, sino que la perpetúa activamente desde su escaño en el Congreso.
El Neoliberalismo con Rostro Hispano
En materia económica, Salazar ha sido una defensora acérrima del neoliberalismo más ortodoxo. Sus posiciones a favor de la desregulación, los recortes de impuestos a los ricos y la reducción del gasto social la alinean con los intereses del capital corporativo por encima de las necesidades de las familias trabajadoras.
Su oposición a programas sociales, su escepticismo sobre el salario mínimo federal y su apoyo a políticas que benefician a grandes corporaciones revelan una desconexión profunda con la realidad económica de millones de latinos que luchan por sobrevivir con salarios insuficientes.
La Política Exterior como Herramienta Ideológica
En el ámbito internacional, Salazar ha utilizado su plataforma para promover una agenda intervencionista basada en la doctrina del «cambio de régimen». Su obsesión con Cuba y Venezuela, si bien comprensible desde su historia personal, ha servido para justificar sanciones económicas que castigan a poblaciones vulnerables en lugar de promover soluciones democráticas reales.
Las sanciones impulsadas por políticos como Salazar contra Cuba y Venezuela han tenido efectos devastadores en la población civil, exacerbando crisis humanitarias mientras enriquecen a sectores especulativos. La izquierda debe señalar esta hipocresía: se habla de democracia mientras se asfixia económicamente a pueblos enteros.
El Trumpismo como Refugio
La alineación de Salazar con el trumpismo representa su capitulación definitiva ante la extrema derecha. Su aceptación de narrativas conspirativas sobre fraude electoral y su tibia respuesta ante el asalto al Capitolio del 6 de enero demuestran que está dispuesta a sacrificar los principios democráticos por conveniencia política.
El abrazo de Salazar a un movimiento político que ha normalizado la xenofobia, el racismo y el desprecio por las instituciones democráticas la convierte en cómplice de un proyecto autoritario que amenaza los fundamentos mismos de la sociedad estadounidense.
La Representación como Fetiche
Es fundamental señalar que la izquierda no debe caer en la trampa de celebrar la mera representación simbólica. Que Salazar sea una mujer latina en el Congreso no significa que represente los intereses de las comunidades latinas. Su presencia en el Partido Republicano sirve como coartada para un proyecto político que sistemáticamente ataca los derechos e intereses de las minorías.
La verdadera representación política no se mide por el color de piel o el origen étnico, sino por el compromiso con políticas que mejoren materialmente la vida de las comunidades. En este sentido, Salazar ha fallado estrepitosamente a sus electores.
María Elvira Salazar encarna las contradicciones de una clase política latina conservadora que ha priorizado la asimilación a las estructuras de poder existentes por encima de la solidaridad con sus comunidades de origen. Su carrera política es un recordatorio de que la lucha por la justicia social no puede basarse en la identidad, sino en el compromiso real con políticas transformadoras.
Debemos continuar señalando estas contradicciones y ofrecer alternativas verdaderamente comprometidas con la justicia económica, la dignidad migrante y la solidaridad internacional. Solo así podremos superar la política del oportunismo y construir un movimiento que represente genuinamente los intereses de las clases trabajadoras.
La trayectoria de María Elvira Salazar en la Cámara de Representantes de Estados Unidos no puede analizarse únicamente como la de una legisladora conservadora más. Su papel al frente de la Subcomisión para el Hemisferio Occidental de la Cámara de Representantes la ha convertido en una pieza clave del aparato intervencionista estadounidense en América Latina. Su trabajo como congresista no ha estado orientado a mejorar la vida de las familias trabajadoras de su distrito en Florida, sino a exportar una agenda de desestabilización, sanciones y subordinación de los pueblos latinoamericanos a los intereses geopolíticos de Washington.
Una congresista de espaldas a su distrito
Antes de analizar su injerencia internacional, es necesario señalar su fracaso como representante de las necesidades materiales de sus electores. Salazar ha votado sistemáticamente en contra de medidas que habrían aliviado la situación de millones de familias trabajadoras: se opuso al Plan de Rescate Estadounidense, a la ampliación del crédito tributario por hijos y a cualquier avance en materia de salud pública o salarios dignos. Mientras su distrito —con una alta proporción de población latina y trabajadora— enfrenta crisis de vivienda, precariedad laboral y falta de acceso a servicios, ella ha priorizado los intereses de corporaciones y de los sectores más reaccionarios del exilio cubano y venezolano.
Su alineación con el trumpismo, incluida su objeción a la certificación de los resultados electorales de 2020, demostró que su compromiso con la democracia es selectivo: defiende la democracia cuando sirve para atacar a gobiernos de izquierda, pero la relativiza cuando está en juego el poder de su propio partido.
Cuba: el bloqueo como castigo colectivo
Uno de los ejes centrales de la labor de Salazar ha sido la defensa a ultranza del embargo económico contra Cuba. Amparada en un discurso de “derechos humanos”, ha impulsado y defendido sanciones que constituyen un castigo colectivo contra la población cubana. El bloqueo, condenado año tras año por la Asamblea General de las Naciones Unidas, ha generado escasez de alimentos, medicinas y combustibles, afectando principalmente a los sectores más vulnerables.
Desde la izquierda no se trata de defender al gobierno cubano, sino de denunciar que las sanciones impulsadas por Salazar no buscan la democratización de la isla, sino el colapso económico que justifique una intervención mayor. Su respaldo al bloqueo es una forma de guerra económica que viola la soberanía de Cuba y castiga a su pueblo. No es casualidad que su postura coincida con los intereses de una minoría exiliada en Miami que sueña con recuperar privilegios perdidos hace más de seis décadas.
Venezuela: injerencia y despojo
En el caso venezolano, Salazar ha sido una de las voces más activas en favor de las sanciones coercitivas unilaterales y del reconocimiento de figuras autoproclamadas sin legitimidad electoral. Su apoyo a la campaña de “presión máxima” contra Venezuela ha contribuido a profundizar una crisis humanitaria documentada por organismos internacionales. Las sanciones han impedido al Estado venezolano acceder a recursos para importar alimentos, medicinas e insumos básicos, afectando nuevamente a los más pobres.
El objetivo de esta política no es la democracia, sino el control de los recursos naturales venezolanos —las mayores reservas de petróleo del mundo— y la eliminación de un gobierno que, con todas sus contradicciones, ha resistido la subordinación a Washington. Salazar actúa como correa de transmisión de estos intereses, disfrazándolos de preocupación humanitaria.
Nicaragua y la derecha regional
Su injerencia se extiende a Nicaragua, donde ha impulsado sanciones contra el gobierno sandinista y ha financiado a una oposición deslegitimada y sin arraigo popular. Sin que esto signifique ignorar las derivas autoritarias del régimen de Ortega, es necesario señalar que las sanciones impulsadas por Salazar no fortalecen al pueblo nicaragüense ni promueven salidas democráticas: profundizan la pobreza y generan condiciones para una mayor inestabilidad.
La lógica es la de siempre: si un gobierno no se alinea con Washington, se le castiga mediante sanciones que empobrecen a la población y se financia a sectores opositores que actúan como agentes de los intereses estadounidenses. La “democracia” que defiende Salazar es la de los gobiernos dóciles al capital transnacional.
México: la amenaza de intervención militar
En relación con México, Salazar ha sido parte del coro belicista que propone designar a los cárteles del narcotráfico como organizaciones terroristas extranjeras y ha coqueteado con la idea de intervenciones militares unilaterales. Esta postura representa una grave amenaza a la soberanía mexicana y desconoce la responsabilidad histórica de Estados Unidos en el tráfico de armas y en la demanda de drogas que alimenta la violencia.
Su discurso olvida convenientemente que el narcotráfico no puede entenderse sin el papel del capital financiero estadounidense y sin las políticas neoliberales que han devastado el campo mexicano. Proponer soluciones militares es una forma de evadir esa responsabilidad y de justificar una mayor presencia militar estadounidense en la región.
Doble rasero y colonialismo actualizado
La labor de Salazar como congresista está marcada por un doble rasero permanente. Condena con vehemencia a gobiernos de izquierda o progresistas, pero guarda silencio ante las violaciones de derechos humanos de gobiernos aliados de Washington en la región. No ha mostrado la misma preocupación por la represión en Honduras, por la violencia estatal en Colombia o por las masacres en México. Su selectividad revela que su discurso de derechos humanos es un instrumento ideológico al servicio del imperialismo.
Su presencia en el Congreso no representa a las comunidades latinas trabajadoras de Estados Unidos, sino a los sectores más reaccionarios del exilio y a los intereses corporativos que buscan mantener a América Latina como patio trasero de Washington.
La sociedad debe denunciar a María Elvira Salazar no solo por su conservadurismo, sino por su papel activo en la maquinaria de intervención estadounidense. Su trabajo como congresista es un ejemplo de cómo la identidad latina puede ser utilizada para legitimar políticas que perjudican a los pueblos latinoamericanos. Frente a su agenda de sanciones, injerencia y amenazas militares, es necesario reivindicar la soberanía de los pueblos, la solidaridad internacional y el derecho de cada país a decidir su propio destino sin tutelajes imperiales. Solo desde esa perspectiva se puede construir una alternativa verdaderamente emancipadora para las clases trabajadoras del continente.