Por: Edgardo Molina
Desde los años 80, hemos experimentado en Honduras la mayoría de los cambios tecnológicos de nuestra historia. Aunque estos hechos podrían parecer poco determinantes —si consideramos que solo el 65% de la población tiene acceso a internet—, como sociedad hemos transitado de una vida totalmente offline a la revolución digital: la llegada de las redes sociales, la economía digital, el acceso instantáneo a la información global y una transformación laboral y educativa que desplazó los modelos tradicionales en favor del trabajo y la educación remota.
En este sentido, dicha evolución trajo consigo cambios sociales profundos, al punto de alterar nuestra naturaleza humana hasta el grado de prescindir, casi por completo, de la interacción presencial.
En este artículo, exploraremos aquellos aspectos sociales que la era digital ha erosionado, provocando una involución en nuestra condición humana, y analizaremos cómo podemos contrarrestar estos efectos para evadir el daño que el estar siempre online nos genera:
- Falta de profundidad en las relaciones personales: La hiperconectividad ha fomentado la superficialidad de los likes, sacrificando la capacidad crítica y la complejidad emocional que solo se logran consolidar a través de los vínculos presenciales.
- El alter ego en las redes sociales: la gran mayoría se idealiza, modificando su tono de piel, peso o estatus social. Crean un ‘yo’ corregido para mostrar únicamente virtudes y eliminar cualquier rasgo percibido como erróneo o negativo, haciendo que la perfección parezca alcanzable y, a la vez, ridículamente innecesaria.
- El fin del lenguaje no verbal: la mayoría de los jóvenes no tienen las mismas habilidades sociales de hace una o dos generaciones atrás, todo se ha limitado a hablar a través de textos o emojis, por lo que el contacto físico, las expresiones kinésicas y demás formas quedaron olvidadas, las expresiones corporales ya no son parte del lenguaje cotidiano.
- Las interacciones en internet han reducido el placer a un mero entretenimiento, promoviendo expectativas irreales y nocivas. Por un lado, la pornografía distorsiona la afectividad al asociarla con la violencia; por el otro, fomenta la búsqueda de modelos de pareja insostenibles: mujeres sometidas al deseo masculino u hombres reducidos a simples proveedores económicos. Como consecuencia, estas expectativas inalcanzables llevan a muchas personas a renunciar a la idea de formar una familia, optando por el cuidado de mascotas como alternativa afectiva. En última instancia, este consumo insaciable termina por mercantilizar al ser humano, transformándolo en un producto desechable
- El tráfico caótico y el elevado costo de vida en las metrópolis sofocan la interacción social presencial. Ante esto, la mayoría opta por la convivencia virtual, donde resulta sencillo proyectar una vida perfecta e inmune a los «defectos». De este modo, se prioriza el contacto físico o sexual sobre la conexión psicológica. Las personas terminan convertidas en dos extraños que comparten una ilusión: un guion dictado por el mercado —salir a comer o al cine y terminar en la intimidad para satisfacer necesidades primarias— sin llegar jamás a conocerse a profundidad, ignorando sus entornos familiares e incluso sus vulnerabilidades cotidianas.
- Los jóvenes toman muy en cuenta las opiniones en redes sociales: esto genera un agotamiento para exponerse a las relaciones humanas físicas. Esta sobreexposición digital agota sus energías sociales, llevándolos a replegarse en la soledad de sus habitaciones para buscar refugio en el consumo e intermitencia del scroll infinito.
- Estar conectado no es necesariamente sentirse acompañado: ver el mundo a través de una pantalla puede simular las interacciones reales, pero, al final del día, al salir de la simulación, a muchos jóvenes les cuesta hilar más de dos ideas seguidas, experimentando un progresivo deterioro en el pensamiento y el lenguaje que los deja, metafóricamente, tan aislados e inarticulados como Tarzán entre gorilas.
- El exceso de conexión digital termina por generar ansiedad al buscar constantemente la validación de los demás, también en la vida real. Es decir, el bienestar solo se percibe a través de estímulos intensos, por lo que los jóvenes no le encuentran sentido o «gusto» a las cuestiones cotidianas.
- La soledad que atraviesan las personas aisladas por el amplio espectro digital termina materializada en una falta total de empatía. Al final del día, como los jóvenes no han interactuado con nadie, no desarrollan con normalidad la noción básica de que existe otro «yo» en la otra persona.
- El ciclo de comparación constante en redes sociales, sumado a la falta de un sostén afectivo físico, erosiona la autoestima. Aparece una narrativa interna de minusvalía: la sensación de que la propia vida carece de valor, significado o atractivo en comparación con la narrativa digital de los demás.
Conclusión:
Este deterioro de la humanidad en general, aunque no parezca tan simple, depende en gran medida de las horas que pasamos frente a las pantallas. La solución pasa por algo tan concreto como establecer límites de tiempo y generar espacios de interacción social real, sin ocultar las partes que no nos gustan de nosotros mismos. Es tan sencillo —y a la vez tan complejo— como desarrollar profundidad en las relaciones personales, entendiendo que ni nosotros ni los demás somos perfectos. Debemos aprender que, en esta vida, a cada minuto ocurre un milagro y un minuto puede ser la eternidad. Por ello, finalizo con la sugerencia más directa posible: dejen de ver el mundo a través de las pantallas y salgan a vivir.





