Por: Josué Sabillón Casco*
Fotos: LL Proyectos
La muestra Rapsodias nos mostró que el arte contemporáneo puede convocar a públicos muy diversos. La tarea ahora es llevar experiencias así a más ciudades de Honduras.
Durante la presentación de Rapsodias, presentada en el Museo para la Identidad Nacional (MIN) de Honduras entre mayo y julio de 2025 y curada por Leonardo Gonzáles de LL Proyectos, hubo una escena que decía mucho más de lo que aparentaba, a saber, personas de distintas edades se detenían frente a las piezas del artista mexicano Carlos Amorales, levantaban el teléfono y se tomaban una selfie. Para algunos, ese gesto podría parecer una costumbre superficial de estos tiempos. Pero en una exposición como esta u otras, la selfie también puede leerse de otra manera, es decir, como una forma sencilla, directa y contemporánea de entrar en contacto con el arte.
No todo acto de fotografiar una obra reduce la obra a fondo decorativo. A veces, la fotografía personal es una declaración de pertenencia. Nos dice que estuvimos ahí, que eso también nos habló y que también podemos formar parte de esa imagen. En un país donde el arte contemporáneo suele sentirse distante para buena parte del público, esa apropiación importa. Importa porque baja la solemnidad del museo, rompe la idea de que la cultura pertenece solo a quienes ya conocen sus códigos y se leen únicamente entre sí, y permite que visitantes sin credenciales artísticas se acerquen sin miedo.
Rapsodias tuvo esa fuerza. No dependió únicamente de explicaciones curatoriales ni de un recorrido especializado. Su impacto comenzó por el cuerpo, es decir, entrar, mirar hacia arriba, sentirse rodeado, reconocer formas, acercarse al muro, preguntar si aquello era papel, pintura o impresión, buscar un ángulo, hacerse una selfie.

La instalación Nube Negra, con sus miles de mariposas desplegadas sobre la arquitectura del museo, convirtió la sala en un espacio envolvente y monumental. Batalla, por su parte, abrió otra lectura, a saber, siluetas, conflicto, inteligencia artificial y muralidad llevadas al espacio físico. En ambos casos, el público no solo observaba. El público se ubicaba dentro de una experiencia. Por ejemplo, en Batalla, muchos niños jugaron, pintaron, su sumergieron en la obra.
Esto último es importante para repensar las políticas culturales. Una exposición que atrae a públicos no habituales no debe verse como excepción afortunada, sino como modelo a estudiar, para el caso, hubo presencia de grupos policiales, militares, entre otros que no es común verlos en el MIN, haciéndose también sus selfies.
En Honduras hacen falta más experiencias capaces de convocar al estudiante, al trabajador, a la familia, al turista local, al joven que llega por curiosidad, al niño y al adulto que quizá nunca se había sentido interpelado por el arte contemporáneo. No quiero con este texto simplificar el arte ni convertir los museos en escenarios para redes sociales. Sino más bien, se trata de reconocer que la puerta de entrada a una obra puede ser afectiva, visual, corporal y también tecnológica.
La selfie, en este sentido, no sustituye la experiencia estética; puede iniciarla. Quien se fotografía frente a una obra puede regresar a verla con más atención, compartirla, comentarla, discutirla o simplemente recordarla. Esa circulación también crea públicos. El museo deja de ser un edificio con unos tipos de personas visitantes ya definidos y empieza a circular en conversaciones familiares, chats, redes sociales y memorias personales. En sociedades con pocos espacios públicos seguros, accesibles y simbólicamente generosos, esa circulación es importante. Es una forma de presencia cultural. De hecho, el propio personal del MIN manifestó que nunca una exposición había provocado tanta afluencia.
Por eso convendría que exposiciones de este tipo no se concentren únicamente en Tegucigalpa o en eventos aislados. Honduras necesita circuitos de itinerancia cultural que permitan llevar muestras inmersivas, contemporáneas y bien mediadas a ciudades como San Pedro Sula, La Ceiba, Comayagua, Santa Rosa de Copán, Choluteca y otras ciudades del país. Esto exige alianzas entre museos, municipalidades, universidades, centros culturales, empresa privada y cooperación internacional.
También exige algo más concreto, es decir, transporte de obra, seguros, montaje técnico, mediadores formados, horarios amplios, entradas accesibles y actividades para escuelas y comunidades. Si la Secretaría de Educación ordena que todos los centros educativos deban visitar sus museos locales, al menos dos veces al año, eso ayudaría mucho en dos vías, primero, a las propias personas estudiantes, y segundo, a las dinámicas de los museos o casas de la cultura.
Replicar una experiencia como Rapsodias no significa copiar una obra ni convertir todo en espectáculo visual. Significa aprender de su capacidad para reunir personas alrededor de símbolos abiertos. Significa diseñar exposiciones que inviten a mirar, tocar con la mirada, preguntar, fotografiar, conversar y volver. Significa asumir que el público no llega formado de antemano; se forma en el contacto con obras que lo toman en serio.
La cultura necesita menos miedo a los públicos nuevos. Si una persona entra al museo por una selfie y sale con una pregunta, algo ocurrió. Si una familia visita una exposición porque la vio circular en el teléfono de alguien más, algo se activó. Si una persona joven descubre que el arte contemporáneo no es un idioma reservado para élites, sino un campo donde también puede reconocerse, entonces la exposición cumplió su función pública.
Rapsodias dejó una lección sencilla, a saber, el museo se fortalece cuando permite que la gente se vea dentro de él. La selfie, tan sospechosa o de “mal gusto” para algunos, puede ser la evidencia mínima de una ciudadanía cultural en movimiento. No basta con traer grandes exposiciones; hay que hacer que viajen, que se expliquen, que se abran y que se vuelvan parte de la vida cotidiana de más ciudades. Cuando una obra logra que el público quiera entrar en la imagen, quizá también está abriendo una puerta para imaginar otro país culturalmente más activo, más curioso, más compartido y menos punitivo.
Josué Sabillón Casco. Doctorando en Ciencias Sociales, Máster en Sociología por la UNAH, Máster en Gestión y Políticas Públicas y Máster en Salud Ocupacional. Actualmente se desempeña como profesor e investigador en el Departamento de Sociología de la UNAH.
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