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La salud no es una mercancía: el fracaso del modelo privado frente al acceso universal

Por Giovani Funa

La salud no es una mercancía: el fracaso del modelo privado frente al acceso universal

La salud como derecho, no como mercancía: por qué el sistema privado estadounidense mata y quiebra.

En el capitalismo sanitario, la salud se ha convertido en un bien de lujo. El caso de Estados Unidos es el más extremo: sin un seguro médico privado, una enfermedad puede significar la muerte o la ruina financiera. Frente a este modelo, los sistemas públicos universalistas de los países nórdicos y la expansión de la cobertura básica en China demuestran que otra política es posible, una basada en la solidaridad y no en el lucro.

El negocio de la enfermedad en Estados Unidos cuesta más por persona que cualquier otro país del mundo: unos 12.914 dólares per cápita al año, casi el doble que el promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y sin embargo su esperanza de vida es menor (76,4 años frente a 80,4 de media en la OCDE) (OCDE, 2023). Este desfase no es casual: responde a un sistema donde la salud se trata como una mercancía y el acceso depende de la capacidad de pago.

En 2022, 27,6 millones de personas carecían de seguro médico en Estados Unidos (U.S. Census Bureau, 2023). Para ellas, enfermar es un riesgo de muerte. Un estudio clásico estimó que la falta de seguro se asociaba con unas 45.000 muertes anuales evitables en adultos estadounidenses (Wilper et al., 2009). No se trata solo de no tener cobertura: el subaseguramiento, con franquicias y copagos elevados, provoca que millones retrasen o renuncien a tratamientos necesarios.

El resultado es una epidemia de deuda médica. Una investigación publicada en el American Journal of Public Health encontró que el 66,5% de todas las bancarrotas en Estados Unidos estaban vinculadas a problemas médicos, a pesar de la Ley de Cuidado de Salud Asequible (Himmelstein et al., 2019). La Kaiser Family Foundation calcula que el 41% de los adultos estadounidenses tiene deudas por facturas médicas o dentales (KFF, 2022). En el país más rico del mundo, una fractura, un parto o un tratamiento de cáncer pueden empujar a una familia a la calle.

La lógica es simple: las aseguradoras privadas, las farmacéuticas y los conglomerados hospitalarios obtienen beneficios negando tratamientos, inflando precios y maximizando la rentabilidad. La salud no es un derecho, sino un privilegio de quienes pueden pagar primas, deducibles y copagos. Es la “muerte por hoja de cálculo”: decisiones sobre vidas humanas tomadas en función del beneficio empresarial.

La mercantilización de la salud y su sobreprecio artificial

La llamada “sobrevaloración” de la salud no es un fenómeno natural: es el producto de la especulación capitalista. En Estados Unidos, una resonancia magnética puede costar más de 1.000 dólares, mientras que en Francia o Países Bajos cuesta entre 100 y 200 dólares (International Federation of Health Plans, 2022). Los precios de medicamentos como la insulina se han disparado por monopolios farmacéuticos que protegen patentes y bloquean genéricos. Los costes administrativos del sistema privado estadounidense representan entre el 15% y el 30% del gasto sanitario total, frente a cifras mucho menores en sistemas públicos.

Esta inflación artificial no responde a una mayor calidad, sino al poder de mercado de corporaciones que fijan precios sin control público. Mientras tanto, las compañías de seguros gastan miles de millones en recompras de acciones y dividendos, mientras sus asegurados mueren esperando una autorización. El sistema no está diseñado para curar; está diseñado para extraer renta de la enfermedad.

Los países nórdicos: la salud como derecho universal

Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia ofrecen un contraste radical. En estos países, la atención sanitaria es un servicio público financiado por impuestos y de acceso universal. No existe el fenómeno de la bancarrota médica: acudir al médico, ser hospitalizado o recibir un tratamiento oncológico no depende de un contrato privado ni genera facturas impagables.

Los datos hablan por sí solos. Suecia gasta aproximadamente 6.262 dólares per cápita en salud, la mitad que Estados Unidos, y sin embargo logra una esperanza de vida de 83,1 años y una mortalidad infantil inferior (OCDE, 2023). La atención primaria es la puerta de entrada, los hospitales son públicos y los precios de los medicamentos están regulados. Los copagos existen, pero son mínimos y están topados anualmente para proteger a las rentas bajas.

El secreto no es solo sanitario: es social. Estos países combinan el universalismo sanitario con un-Estado de bienestar fuerte, que reduce la desigualdad, garantiza vivienda, educación y empleo digno. La salud no se mercantiliza porque se entiende como un pilar de la cohesión social, no como una oportunidad de negocio. Es el modelo socialdemócrata que la izquierda históricamente ha defendido: desmercantilizar los bienes esenciales para garantizar derechos reales.

China: del desmantelamiento a la reconstrucción de lo público

China ofrece una trayectoria distinta pero igualmente instructiva. Tras la Revolución de 1949, el país impulsó una red de “médicos descalzos” y campañas de salud pública que elevaron drásticamente la esperanza de vida. Sin embargo, las reformas de mercado de los años 1980 y 1990 desmantelaron gran parte del sistema cooperativo rural, dejando a cientos de millones sin protección y disparando el gasto de bolsillo hasta cerca del 60% del gasto sanitario total (Banco Mundial, 2020).

La epidemia de SARS en 2003 expuso la fragilidad del sistema y obligó a un giro. En 2009, el gobierno chino lanzó una reforma sanitaria con una inversión de 124.000 millones de dólares, destinada a universalizar el seguro básico, fortalecer la atención primaria y ampliar el acceso a medicamentos esenciales (Yip et al., 2019). El resultado fue notable: hoy más del 95% de la población china está cubierta por algún tipo de seguro médico básico, ya sea el seguro de empleados urbanos, el de residentes urbanos o el nuevo esquema cooperativo rural, que se han ido unificando progresivamente.

No es un sistema perfecto. Persisten desigualdades entre zonas urbanas y rurales, los trabajadores migrantes a menudo quedan desprotegidos y el gasto de bolsillo, aunque ha caído hasta alrededor del 28%, sigue siendo elevado en enfermedades catastróficas (Banco Mundial, 2020). Pero la diferencia con Estados Unidos es abismal: en China la cobertura es pública, está financiada por el Estado y los empleadores, y no se niega a nadie por enfermedades preexistentes. El sistema parte del principio de que la salud es un bien público, no una mercancía.

Los resultados en salud son contundentes: la esperanza de vida china alcanzó los 77,3 años en 2020, y la mortalidad infantil se redujo a 5,4 por cada 1.000 nacidos vivos, cifras comparables a las de países de ingreso alto (Banco Mundial, 2021). Y todo ello con un gasto per cápita muy inferior al estadounidense, lo que demuestra que la eficiencia no reside en el mercado, sino en la planificación pública y la prevención.

Lecciones para la izquierda

La comparación entre Estados Unidos, los países nórdicos y China deja una lección clara: la salud no puede dejarse en manos del mercado. Cuando el acceso a la atención se convierte en una transacción comercial, los pobres y los enfermos son los primeros en caer. El sistema estadounidense es un ejemplo extremo de barbarie capitalista: el país más rico del planeta deja morir y quiebra a sus ciudadanos por falta de un derecho básico.

Los modelos nórdico y chino, con sus diferencias, muestran que la financiación pública, la regulación de precios y la eliminación del lucro como criterio organizador son condiciones necesarias para garantizar la salud como derecho universal. La izquierda debe defender sin ambigüedades la desmercantilización de la salud, la socialización de los costes y la solidaridad como principio rector. No se trata de “sobrevalorar” la salud; se trata de reconocer que ninguna vida debe depender de una prima de seguro.

La pandemia de COVID-19 demostró que, cuando se trata la salud como un bien público, los Estados pueden movilizar recursos enormes. El reto es construir sistemas permanentes que prioricen a las personas sobre los beneficios. Frente al modelo estadounidense que mata por factura, los ejemplos de China y los países nórdicos señalan el camino: salud pública, universal y gratuita, porque la vida no es un negocio.

Fuentes consultadas

· Banco Mundial. (2020). Out-of-pocket expenditure (% of current health expenditure) – China. World Bank Open Data.

· Banco Mundial. (2021). Life expectancy at birth, total (years) – China; Mortality rate, infant (per 1,000 live births) – China. World Bank Open Data.

· Himmelstein, D. U., Lawless, R. M., Thorne, D., Foohey, P., & Woolhandler, S. (2019). Medical Bankruptcy: Still Common Despite the Affordable Care Act. American Journal of Public Health, 109(3), 431–433.

· International Federation of Health Plans. (2022). Comparative Price Report.

· Kaiser Family Foundation. (2022). Health Care Debt in the U.S.: The Broad Consequences of Medical and Dental Bills.

· OCDE. (2023). Health at a Glance 2023: OECD Indicators. OECD Publishing.

· U.S. Census Bureau. (2023). Health Insurance Coverage in the United States: 2022. Report P60-281.

· Wilper, A. P., Woolhandler, S., Lasser, K. E., McCormick, D., Bor, D. H., & Himmelstein, D. U. (2009). Health Insurance and Mortality in US Adults. American Journal of Public Health, 99(12), 2289–2295.

· Yip, W., Fu, H., Chen, A. T., et al. (2019). 10 years of health-care reform in China: progress and gaps in Universal Health Coverage. The Lancet, 394(10204), 1192–1204.

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