Por: Edgardo Molina
La tecnología, es hoy en día, una extensión de nuestra humanidad. Difícilmente alguien puede transitar por este mundo sin estar interconectado a través de un teléfono móvil, un ordenador o una tableta. Sin importar el estrato social, el acceso a internet se ha vuelto una necesidad fundamental e, incluso, es considerado un derecho humano.
Dicho esto, surge una pregunta inevitable: ¿Cuánto cuesta acceder a un aparato que nos permita hacer fotografías, grabar vídeos, usar la banca en línea o mantenernos comunicados? Aunque parezca evidente, los precios varían drásticamente de acuerdo con la marca, la procedencia o la gama de los dispositivos. En este sentido, en este artículo abordaremos el tema de los costos y analizaremos por qué varían tanto entre los diferentes comercios del país.
Como es conocido por todos, las marcas que dominan el mercado son las coreanas, chinas y estadounidenses, mientras que la procedencia de importación de estos productos se concentra en China, Vietnam y Estados Unidos. Sin embargo, a lo interno del país, cada vez menos personas compran artículos nuevos, ya que los precios de los aparatos móviles se vuelven inalcanzables en los comercios autorizados por las grandes marcas. Para el caso, un iPhone 17 Pro Max nuevo oscila entre los 52,000 y los 55,000 lempiras, mientras que en el mercado de teléfonos usados en buen estado cuesta entre 30,000 y 35,000 lempiras, lo que representa un ahorro de al menos 20,000 lempiras.
Ante esta realidad, surge una interrogante inevitable: ¿quién compra un aparato nuevo tan caro existiendo opciones mucho más accesibles? O bien, ¿cómo hacen los establecimientos oficiales para sostener la venta de dispositivos tan costosos? ¿Acaso funcionan como fachadas para el lavado de activos?
El mercado de segunda mano ha ganado un terreno enorme en el sector tecnológico, ya que miles de importadores a nivel nacional procuran traer los dispositivos desde Miami, que es un centro masivo de distribución. Son los viajeros y los servicios de fletes quienes ingresan constantemente miles de artículos tecnológicos que han sido reparados, devueltos, intercambiados, renovados o que simplemente son saldos de exhibición en tiendas y traen un precio moderado frente a un producto nuevo.
Bajo esta lógica, en Honduras ya existe un mercado en auge para el cambio de móviles, ordenadores, tabletas, drones, cámaras o cualquier otro dispositivo tecnológico. Por un lado, esto satisface las necesidades de un mercado en constante crecimiento y con mayor demanda; sin embargo, algo curioso es que no vemos muchas recicladoras de aparatos tecnológicos en el país, ni siquiera hay una recicladora pública. Por lo tanto, solo podemos especular y esperar que estos desechos tóxicos no sean arrojados al suelo una vez que se queden obsoletos o terminen con la pantalla rota porque nuestros hijos los han dañado.
Es decir, al menos un 4% de los gases de efecto invernadero son producidos por la fabricación, el uso de la energía eléctrica, el transporte y la infraestructura digital. En otras palabras, el simple uso de las redes sociales o de la inteligencia artificial está dañando el medio ambiente con cada reel o video de TikTok que consumimos y que al final no tiene ningún impacto positivo para nosotros; tan solo es entretenimiento vacío que destruye lentamente el planeta.
Por otro lado, según el BCH, solo en mantener la conectividad activa, una familia urbana estándar gasta al año entre 19,000 y 38,000 lempiras para acceder a servicios de internet y llamadas de voz. Asimismo, los hogares de clase media suelen invertir entre 8,000 y 25,000 lempiras anuales únicamente en la renovación de tecnología utilizada para estudios, trabajo o recreación.
Finalmente, somos víctimas de una obsolescencia programada y cultural en la que nadie quiere llevar un móvil o computadora que no tenga las últimas funciones para acceder a aplicaciones pesadas o software de última gama. Asimismo, estos dispositivos se desfasan con rapidez, ya que la tecnología avanza demasiado deprisa y, al final, toda la inversión se ve deteriorada en uno o dos años. Es un ciclo del cual no podemos salir, puesto que no podemos simplemente dejar de comprar aparatos tecnológicos para atender todo lo que exige la vida moderna.
Afortunadamente, este mercado no es un monopolio en Honduras —como ocurre en otros sectores—; de otro modo, estaríamos pagando aún más por la tecnología, ya que es el país de Centroamérica con los costos más elevados, seguido por Costa Rica.
Conclusión:
Seguramente, los productores de tecnología seguirán lanzando nuevos productos con la certeza que los consumidores estaremos aquí, prácticamente obligados por la novedad o la necesidad de acceder a todo lo que nos ofrece el internet.
Ojalá pudiéramos acceder a aparatos que tuvieran mayor resistencia y durabilidad, que un teléfono pudiera durar al menos 20 años sin degradarse, ya que esto reduciría el costo enorme en términos de minería, transporte y energía que genera los daños al medio ambiente que hoy día vemos con nuestro consumo excesivo de tecnología.
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