Por Giovani Funa
Donde probablemente los no elegidos enfrentan un sistema de creencias excluyente, el materialismo histórico y filosófico abordaría el fanatismo no como una «locura espiritual», sino como un producto de condiciones materiales concretas, con efectos medibles en la psique, la estructura social y el poder político.
La fábrica de dioses y el dolor de los descartados, desde una lectura materialista del fanatismo religioso, es un universo narrativo donde la línea entre los salvados y los condenados no la traza una deidad caprichosa, sino las estructuras de poder que administran el miedo. Para el materialismo, el fanatismo religioso no es una aberración del espíritu ni un fallo de la razón individual, sino una superestructura ideológica que emerge de condiciones materiales específicas: la escasez, la desigualdad y la necesidad de control social.
Desde esta óptica, se nos ofrece un laboratorio perfecto para analizar cómo el dogma extremo no solo consuela, sino que destruye, dejando secuelas profundas en tres niveles: el cuerpo-mente del individuo, el tejido comunitario y el aparato estatal.
Secuelas psicológicas: la neurosis como producto de la alienación
La psicología materialista —de raíz freudomarxista o conductista— sostiene que la mente no enferma en el vacío. Los personajes «no elegidos» probablemente exhiben un trauma complejo derivado de la alienación religiosa. El individuo crece bajo la premisa de que su existencia es un error cósmico; su psique no sufre por metafísica, sino por una violencia simbólica real y sostenida.
El fanatismo, al dividir el mundo entre elegidos y réprobos, impone un superyó cruel que devora la autoestima. La secuela psicológica materialista es observable en la química cerebral: ansiedad crónica, depresión y disociación. Cuando un sistema religioso prohíbe el placer terrenal —la sexualidad, la comida, el descanso—, prometiendo una recompensa futura, está gestionando recursos físicos, no solo almas.
El cuerpo del creyente se convierte en el primer campo de batalla. El ascetismo extremo o la culpa patológica no son signos de santidad, sino síntomas de una represión material de los instintos, una herramienta para hacer dócil a la población.
Secuelas sociales: la comunidad rota como estrategia de dominación
El materialismo histórico nos recuerda que los seres humanos son el conjunto de sus relaciones sociales. Si la religión fanática se vuelve hegemónica, como en un mundo distópico, su función primordial es la fragmentación de la solidaridad de clase.
La categoría de los «no elegidos» es una construcción ideológica brillante desde el punto de vista del poder: divide a los oprimidos entre sí. ¿Cómo van a unirse los pobres contra sus explotadores si creen que su miseria es un castigo divino o una falla ontológica? ¿Cómo van a amar al prójimo si el prójimo es visto como un contaminado espiritual?
La secuela social es la desintegración del tejido de cuidados. Las familias se rompen, los lazos afectivos se mercantilizan a través de rituales y diezmos. El fanatismo, visto materialmente, destruye las redes de apoyo mutuo que históricamente han permitido a la humanidad sobrevivir a las crisis. Sustituye la ética del cuidado recíproco por la ética de la pureza jerárquica.
En la serie, la desconfianza entre vecinos, la delación y el ostracismo social no son efectos secundarios, sino el objetivo: una comunidad aislada y temerosa es más fácil de gobernar.
Secuelas políticas: la teocracia como capitalismo de socios
Finalmente, en la política, el materialismo desenmascara la teología política. En el fanatismo religioso existe una casta pastoral y profética con poder real; debemos preguntarnos: ¿quién controla la tierra, el agua y el trabajo bajo el pretexto de la fe?
El fanatismo religioso es, a nivel macro, un dispositivo biopolítico. Las secuelas políticas son la concentración de la riqueza en manos de la «iglesia oficial» y la criminalización de la disidencia bajo el rótulo de herejía.
Al declarar a los no elegidos o no creyentes como ciudadanos de segunda, el Estado teocrático crea un ejército de reserva de mano de obra barata. Los parias, despojados de derechos, aceptan los trabajos más precarios con la esperanza de redimirse o, simplemente, de sobrevivir.
El análisis del fanatismo religioso muestra cómo la doctrina apocalíptica justifica el gasto en templos suntuosos mientras los fieles mueren de hambre. Para el materialista, esto no es hipocresía: es la función estructural del sistema. La religión fanática es la fachada ideológica que legitima la acumulación de capital y el autoritarismo.
Desmantelar el cielo para salvar la tierra
Desmantelar el cielo para salvar la tierra sería la mirada sin el velo del misticismo. No trata sobre dioses, sino sobre personas. Trata sobre cómo las ideas, cuando se materializan en instituciones, pueden aplastar la materia viva: el cuerpo, el pan, la vivienda.
La cura para las secuelas del fanatismo no es, desde esta perspectiva, una «reforma espiritual», sino un cambio radical en las condiciones materiales. Mientras exista la miseria, el miedo al abandono y la necesidad de pertenencia, el fanatismo encontrará combustible. La liberación de los elegidos, que también son prisioneros de su papel, pasa por la reconstrucción de la solidaridad terrenal, la redistribución de los recursos y la comprensión de que el único paraíso posible es el que construimos con nuestras manos, sin pedir permiso al cielo.