El 3 de octubre de 1792, en la Villa de Tegucigalpa —entonces parte del Imperio Español, dentro del Virreinato de Nueva España y la Capitanía General de Guatemala—, nació José Francisco Morazán Quesada. Pocos podían imaginar que aquel niño, hijo de José Eusebio Morazán y Guadalupe Quesada Borjas, se convertiría con el tiempo en la figura más importante de la historia centroamericana, en el líder que intentó unir a cinco naciones bajo un solo sueño republicano y que pagó ese anhelo con su vida.
Su familia no era ajena a la política y a las ideas de su tiempo. Su abuelo, Juan Bautista Morazán, había llegado procedente de la isla de Córcega y se estableció en el mineral de San José, cerca de Yuscarán, en la Alcaldía Mayor de Tegucigalpa. Su tío, Dionisio de Herrera, sería el primer Jefe de Estado de Honduras, y su tío político, José Cecilio del Valle, redactaría el Acta de Independencia de Centroamérica. Desde muy joven, Morazán tuvo acceso a la biblioteca de Herrera, una de las mejor surtidas de la provincia, donde conoció las ideas de Rousseau, Montesquieu, Diderot y D’Alembert. Aquellas lecturas le inculcaron los principios del republicanismo, la igualdad de todos los seres humanos, el libre comercio y la lucha contra la explotación.

Juntos emprendieron la defensa pública de varios acusados y Morazán efectuó actos de escribanía en el gobierno político de la Alcaldía Mayor. Cuando Herrera se convirtió en el primer Jefe de Estado de Honduras en 1824, nombró a Morazán como Secretario del Despacho, un cargo de altísima responsabilidad dentro del Poder Ejecutivo.
En 1825, Morazán tuvo la oportunidad de refrendar leyes importantísimas para la historia de Honduras: la primera división político-territorial, la creación del Ministerio de Hacienda y la formación de un cuerpo de alcaldes auxiliares, que es el antecedente más temprano de una policía en el país. Cuando en diciembre de ese año la Asamblea Constituyente de Honduras transmitió al Poder Ejecutivo el texto de la primera Constitución del Estado, Francisco Morazán tuvo el honor de firmarlo en su capacidad como Secretario General.

Pero su destino no era el de un burócrata. La guerra civil que estalló en 1826 entre las Provincias Unidas y los opositores liberales lo llevó al campo de batalla. A pesar de su juventud e inexperiencia, el lugarteniente Morazán condujo a las asediadas fuerzas liberales a una serie de espectaculares victorias que culminaron con el triunfo final en la ciudad de Guatemala en 1829.
El 11 de noviembre de 1827, con apenas 135 hombres que había conseguido en Nicaragua, Morazán derrotó al ejército de José Justo Milla en la célebre batalla de La Trinidad, liberando a Honduras del control de los conservadores. El 6 de julio de 1828 venció en la hacienda de El Gualcho, rompiendo el control de las rutas que los conservadores tenían sobre San Salvador. El 23 de octubre de ese año ingresó a San Salvador y fue vitoreado como su libertador. Y el 11 de abril de 1829 capturó la Nueva Guatemala, poniendo fin a la guerra civil y restableciendo el gobierno de la ley.
En junio de 1830, el Congreso Federal se reunió para elegir a un nuevo presidente. Los tres candidatos eran reputados liberales: José Cecilio del Valle, José Francisco Barrundia y Francisco Morazán. Resultó electo el héroe de toda Centroamérica, quien se posesionó de su cargo el 14 de septiembre en la Nueva Guatemala. Había empezado una nueva era para la región.

En 1830 mandó a levantar un censo en la República para conocer el número de escuelas de cada poblado, el método de enseñanza utilizado y los fondos invertidos en educación. Ese mismo año se inauguró en Guatemala la primera escuela con el nuevo método lancasteriano, también conocido como enseñanza mutua o sistema monitorial, que consistía en un sistema piramidal donde el profesor era asistido por los mejores estudiantes, quienes transmitían el conocimiento al resto de alumnos.
Para 1835, el presidente informaba al Congreso Federal que en gran parte de los cinco Estados centroamericanos se había adoptado el nuevo método educativo. La obra educativa de Morazán se intensificó en su segundo período de gobierno, cuando se mandó a abrir en Guatemala la primera Escuela Normal Lancasteriana. En 1842, cuando asumió la más alta magistratura de Costa Rica, volvió a ocuparse de la educación: diez días antes de su fusilamiento, creó la Casa de Enseñanza Pública San Luis Gonzaga, una institución que iba más allá de las escuelas elementales porque permitía a sus estudiantes graduarse como bachilleres.
Pero Morazán no solo transformó la educación. En 1837 se promulgaron los códigos legales de Livingston, que establecían los juicios por jurados, una gran innovación para la época. También se secularizó el matrimonio, que antes era un acto exclusivamente religioso y pasó a ser un hecho civil, permitiendo el divorcio. Su gobierno estaba orientado a regresar el poder a la sociedad civil y a quitárselo a las clásicas élites comerciales y clericales centroamericanas.
Sin embargo, los conservadores no descansaron. En 1837, la enfermedad del cólera morbus recorrió Centroamérica y las élites conservadoras aprovecharon la crisis para esparcir rumores en los pueblos rurales, diciendo que los soldados que enviaba Morazán con medicinas envenenaban las aguas. Estas calumnias encontraron terreno fértil en poblados donde la única autoridad efectiva era la Iglesia Católica. En la comunidad guatemalteca de Mita, un grupo se conjuró contra el gobierno federal. El caudillo de aquella comunidad, Rafael Carrera, se convirtió en una herramienta de las élites conservadoras para combatir a Morazán.
El 30 de mayo de 1838, el Congreso Federal, ahora en manos de los conservadores, otorgó la libertad a los Estados centroamericanos de organizarse a su antojo. Honduras y Nicaragua se declararon separadas de la Federación e invadieron El Salvador. Morazán las derrotó en la Batalla del Espíritu Santo el 6 de abril de 1839, pero los conflictos surgían a diario y los recursos eran finitos. El 18 de marzo de ese año, Morazán regresó a la Nueva Guatemala, pero Carrera le tendió una trampa y lo forzó a retirarse al día siguiente, persiguiéndolo hasta que el 5 de abril lo obligó a embarcarse en el puerto de La Libertad con rumbo a Sudamérica.
En el exilio, Morazán no se quedó de brazos cruzados. En la ciudad panameña de David escribió el «Manifiesto de David», una brillante pieza retórica en la que desbarata los argumentos falaces de los conservadores y explora la hipocresía de los líderes centroamericanos que se presentaban como salvadores de la república cuando en realidad habían sido los destructores del sistema federal. De Panamá pasó a Perú, donde por su reluciente trayectoria se le ofreció comandar una fuerza armada, pero se rehusó a involucrarse en asuntos militares ajenos y prefirió invertir sus horas en la discusión de las ideas políticas más avanzadas de la época.

El 8 de abril de 1841, el Jefe de Estado de Costa Rica, Braulio Carrillo, promulgó la Ley de Garantías, que anulaba la aplicación de la Constitución Política y lo convertía en jefe supremo perpetuo. Alarmados, los liberales costarricenses se abocaron a Morazán como su única esperanza. A inicios de abril de 1842, Morazán arribó a Costa Rica. El dictador Carrillo reunió un inmenso ejército, pero en la vanguardia de las fuerzas dictatoriales iba el general Vicente Villaseñor, quien al encontrarse con las fuerzas morazanistas en El Jocote dialogó con sus soldados y ninguno estaba dispuesto a descargar un solo cartucho contra un hombre que consideraban la única esperanza de Centroamérica. El ejército dictatorial depuso sus armas y se firmó el «Pacto del Jocote», acordando convocar una Asamblea Constituyente y deponer a Carrillo. El 13 de abril, Morazán ingresó en San José y poco después fue proclamado Jefe de Estado.
Pero su triunfo sería breve. Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador, controladas por los mismos conservadores que habían hecho guerra a Morazán, se unieron en un pacto ofensivo contra Costa Rica y amenazaron a la población costarricense con que, si Morazán continuaba en el poder, serían invadidos y destruidos. El temor a una incursión armada llevó a que unos soldados costarricenses se sublevaran contra Morazán en septiembre de 1842, en la ciudad de Alajuela. Morazán logró vencer a los insurrectos y retirarse hacia Cartago, donde fue traicionado y entregado a las nuevas autoridades ilegales.
Fue puesto preso y se llevó en su contra una farsa de juicio cuya única intención era condenarle a muerte. Pero el héroe aprovechó la ocasión para brindar un último regalo: su testamento político, dictado a su hijo Francisco. En él dejó a las generaciones futuras esta misión: «Excito a la juventud, que es la llamada a dar vida a este país, que dejo con sentimiento por quedar anarquizado, y deseo que imiten mi ejemplo de morir con firmeza antes de dejarlo abandonado al desorden en que desgraciadamente hoy se encuentra».
Francisco Morazán fue fusilado en Costa Rica el 15 de septiembre de 1842. Un 15 de septiembre simbólico: la misma fecha en que Centroamérica había ganado su independencia de España en 1821 se convirtió en el día en que Centroamérica perdió su libertad en manos de las élites conservadoras.
Su legado, sin embargo, trasciende su muerte.

Hoy, la memoria de Francisco Morazán sigue viva en Honduras y en toda Centroamérica. Su rostro aparece en el billete de 5 lempiras, la moneda de curso legal que millones de hondureños utilizan a diario. La casa donde nació, en el centro histórico de Tegucigalpa, es ahora un museo que conserva su legado y recibe a visitantes de todo el mundo. Existen jurisdicciones políticas que llevan su nombre, como el departamento de Francisco Morazán en Honduras y el departamento de Morazán en El Salvador. Plazas públicas en San Salvador, San José, Ciudad de Guatemala, Tegucigalpa, Matagalpa y hasta en Miami, Florida, honran su memoria. Y para octubre de 2022, la Secretaría de Educación de Honduras reportaba 885 centros educativos activos con el nombre de Francisco Morazán.

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