Por: Edgardo Molina
La música es un arte que organiza los silencios y los sonidos; contiene en distintas proporciones el ritmo, la armonía y la melodía. Es una de las manifestaciones culturales más potentes en el desarrollo de nuestra identidad, estado de ánimo y conexiones sociales. En este sentido, dedicaré este artículo al vínculo que existe entre la sociedad y lo que la música produce en nuestra amada patria.
Aunque es difícil clasificar todos los géneros y estilos musicales que particularmente escuchamos como hondureños, he indagado en las principales plataformas de música «streaming« que consumimos y he identificado los siguientes géneros como los más escuchados: música urbana y reguetón, música mexicana regional, corridos, trap latino y rap/hip-hop, pop latino y baladas, y ritmos caribeños (punta, reggae, dancehall y raspe).
Naturalmente, con una población joven como la de Honduras que busca —como es propio de la juventud— desafiar las reglas, experimentar con lo prohibido y romper los estigmas sociales, el consumo musical masivo está dominado por letras y ritmos que giran en torno a los siguientes temas: las drogas y el mundo del narcotráfico, el sexo violento, el ambiente de discoteca, el baile, la seducción directa, el amor, los estatus sociales, el consumismo, el lujo, la melancolía, la atracción física y, en menor porcentaje, la alegría y la celebración de la cultura y el movimiento. Asimismo, las tendencias que se implantan en el país no surgen de la nada, sino que son potenciadas por los algoritmos de las plataformas digitales y la maquinaria de una industria cultural transnacional que mercantiliza la evasión, imponiendo modas y narrativas ajenas a nuestra propia realidad.
Por otro lado, curiosamente, a pesar de que en el dial de la radio FM y AM dominan las emisoras de música cristiana, en las plataformas de música que los jóvenes escuchan en sus auriculares ni siquiera figura la música cristiana en los tops de las canciones más escuchadas. Lo cual indica que nuestra población joven ha construido un imaginario colectivo musical alejado de las creencias religiosas, las cuales son vistas más como algo propio de personas adultas o adultas mayores.
En este sentido, planteo la siguiente disyuntiva: ¿la música refleja lo que somos como sociedad o la música es una de las influencias para que nuestra sociedad se configure tal cual la vivimos?
A decir verdad, existe correspondencia entre nuestra propia realidad y cómo la producimos a través del arte y la cultura. Por lo que los géneros musicales en la actualidad reflejan las tensiones del contexto social; por ejemplo, la búsqueda del dinero rápido y fácil —tan recurrente en la música urbana— no es más que el reflejo de la precariedad laboral. Es decir, los gustos musicales actuales responden a los deseos de una sociedad empobrecida y precarizada, de modo que se pone una banda sonora a las más profundas frustraciones de nuestros compatriotas para olvidar la carga del subdesarrollo. En este sentido, se adormece a la juventud, que debería ser el motor de los grandes cambios sociales que requiere nuestra nación.
Sin darnos cuenta, las canciones que nuestra juventud consume moldean sus aspiraciones, normalizan conductas, imponen modas, definen códigos de lenguaje y establecen lo que es «deseable» o «exitoso». Cuando los jóvenes hondureños consumen diariamente relatos sobre consumo, poder, relaciones efímeras o violencia, esos temas dejan de ser solo descripciones del entorno para convertirse en modelos a imitar que perpetúan factores destructivos de nuestra idiosincrasia, tales como el machismo, la hipersexualización, la doble moral y la estetización del crimen.
Conclusión
La música pasó de construir identidad y cultura a promover la desconexión de la realidad. Hoy plantea que la única solución a los problemas del país —o a los personales— es «olvidarse de todo» a través del alcohol, la fiesta excesiva, el escape digital o el consumo de sustancias, lo cual desincentiva la organización comunitaria y el descontento político transformador. El reto no radica en prohibir o censurar expresiones, sino en desarrollar una ciudadanía crítica, capaz de decodificar los mensajes que consume y, sobre todo, de crear nuevas narrativas para encender la chispa de la dignidad, la memoria y la transformación social que tanto anhelamos; una transformación que puede latir en cualquier ritmo creado con el afán de construir patria.
Finalmente, lanzo el reto a los jóvenes: apaguen el piloto automático de los algoritmos y descubran al menos tres propuestas musicales nacionales independientes, o exploren otros géneros actuales y estimulantes como la escena del jazz contemporáneo, el afrobeats, la música neoclásica, el rock de vanguardia o las expresiones experimentales de la música latinoamericana.
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