Por Giovani Funa
El Fenómeno de El Niño no se ve como un simple evento climático, sino como un potenciador de las desigualdades estructurales de la región. Su impacto, que exacerba la vulnerabilidad de las mayorías populares, exige una respuesta gubernamental que trascienda la mera gestión de emergencias y se convierta en una política de fondo contra la inequidad.
¿Qué es el Fenómeno de El Niño?
Es un ciclo climático natural (El Niño-Oscilación del Sur – ENOS) caracterizado por el calentamiento de las aguas del Pacífico. En América Latina, esto no se traduce en un clima uniforme, sino en un «efecto tijera» de extrema sequía en unas zonas e inundaciones torrenciales en otras.
Impacto Económico: Un Golpe Desigual
El impacto económico nunca es parejo. Para la izquierda, la clave está en quién sufre las consecuencias y por qué:
· Presión inflacionaria y carestía: Al afectar la agricultura y la logística, El Niño dispara los precios de los alimentos. Esto golpea con más fuerza a los bolsillos de las familias trabajadoras, reduciendo su poder adquisitivo.
· Pérdidas en sectores populares: La agricultura familiar y la pesca artesanal son devastadas por las sequías o inundaciones. A esto se suman los estragos en infraestructura vial y el riesgo para empleos informales y rurales.
· Crisis energética y de servicios: La dependencia de la hidroeléctrica en países como Colombia, Perú o Venezuela genera racionamientos y apagones que afectan la producción y la vida cotidiana.
· Multiplicador de la desigualdad: El Niño impacta con mayor crudeza a quienes no tienen ahorros, seguros o redes de apoyo, convirtiendo un fenómeno natural en una tragedia social de proporciones evitables.
¿Qué deben hacer los gobiernos
Frente a esto?, las medidas deben ser ambiciosas y con un fuerte componente de justicia social:
· Prevención con planificación central: La respuesta no puede ser reactiva. Se requiere inversión pública masiva en sistemas de alerta temprana, obras de infraestructura resiliente (canales, diques) y planes de contingencia actualizados. Estos planes deben priorizar la protección de los más vulnerables.
· Protección social universal: Se necesitan sistemas de protección social adaptativos y robustos (transferencias monetarias, empleo de emergencia, seguro de cosechas) para que las familias no queden desamparadas ante la pérdida de ingresos.
· Control de precios y soberanía alimentaria: Para frenar la especulación, el Estado debe regular los precios de la canasta básica y usar reservas estratégicas de alimentos. A largo plazo, se debe reducir la dependencia de monocultivos de exportación y fomentar la producción local para el mercado interno.
· Cooperación regional y justicia climática: Este es un desafío continental. Es vital fortalecer mecanismos como CIIFEN para el intercambio de información. Además, los países desarrollados, principales responsables del cambio climático que exacerba El Niño, tienen la obligación moral y política de financiar la adaptación en la región. La gestión de El Niño como un campo de batalla político. No se trata solo de reparar daños, sino de construir un modelo de desarrollo que ponga la vida y el bienestar de las mayorías en el centro, fortaleciendo al Estado como garante del bien común frente a las fuerzas del mercado y la especulación.




