Por: Glenn Flores
Hoy se cumplen diez años de la muerte de Guillermo Anderson. La garganta que cantó «En mi país» se apagó en un hospital de La Ceiba, a pocas cuadras del mar que le dio el ritmo. El cáncer le quitó la voz de a poco, primero la tiroides, después el cuerpo entero, y aun así siguió subiendo a los escenarios hasta que las piernas no dieron más.
Anderson componía con las manos tanto como con la boca. Tocaba la guitarra con los dedos gruesos de alguien que también cargaba tambores, que también bailaba punta con el sudor corriéndole por la espalda en cada feria de agosto.
No cantaba a la Moskitia desde un escritorio. Caminó esa tierra, grabó a los viejos garífunas antes de que sus cantos se perdieran con ellos, y volvió con esas canciones metidas en el cuerpo antes de metérselas en el disco.
Diez años después, la piel de Honduras sigue reconociendo esa voz apenas suena una guitarra y entra «El encarguito». Los niños todavía cantan sus temas en las escuelas, con la boca abierta y sin saber quién los escribió, y ahí está el verdadero cuerpo del legado, no en la estatua ni en el aniversario sino en las cuerdas vocales de una generación que nació después que él muriera.
Su funeral lo cargaron los estudiantes formando una valla desde la catedral hasta el cementerio. Hombro con hombro, cuerpo contra cuerpo, empujando el ataúd con la misma cercanía física que él exigía en sus conciertos, donde nunca hubo distancia entre el escenario y la gente. La Ceiba enterró a un hombre, pero no logró enterrarle la voz.
Lo que Guillermo dejó pendiente es un cuerpo sin heredero directo. Alguien que toque tierra hondureña con las manos antes de cantarla, que sude las canciones antes de grabarlas, que entienda que el patrimonio cultural no vive en el archivo sino en la garganta de quien todavía puede cantarlo en vivo. Diez años después, esa garganta sigue vacante.





