Por: Rodolfo Pastor Fasquelle
Casi simultáneamente con el anuncio de que ha finalizado la validez del asilo temporal para casi sesenta mil hondureños y otros muchos miles de salvadoreños que residen en EUA; los que deben salir de inmediato o enfrentar la deportación forzosa, la doctora Adrienne Pine [1] ha recorrido las principales ciudades del país dictando un haz de charlas y participando en foros. En ellos se aborda el problema de una política de seguridad, la de Bukele, cuyo modelo se vende como eficaz y definitivo y cobra gran popularidad; pero que arrastra una causalidad trágica y compleja, y contiene un oscuro peligro y una grave amenaza para todos.
En la introducción teórica de la primera charla recuerda la popularidad mundial, y también en América Latina, del primer fascismo, el de los años 1930. Identifica acertadamente la inspiración de esa política en el odio y la estigmatización social como recurso primario y núcleo del fascismo. Pero, aunque pienso que le hubiera servido recordar el contexto del fascismo europeo, rechaza desde el inicio los límites de la categoría histórica para plantear más bien el problema de un fenómeno estructural que evolucionó hasta su expresión neoliberal.
Esta manifestación más reciente habría institucionalizado mecanismos de exclusión y coerción de tal manera que ya no necesita proclamar su nombre propio ni depende de un partido explícitamente fascista: puede reproducirse dentro de sistemas formalmente democráticos, cobijarse doquier y sobrevivir a la alternancia electoral. Entonces la excepcionalidad deja de ser excepcional.
En la segunda charla, De la industria del asilo a la esclavitud, en vez de abordarlas por separado, Adrienne Pine vincula de manera brillante la migración, las políticas de seguridad, el encarcelamiento y, últimamente, la explotación laboral como partes de una misma economía política transnacional. Hay una racionalidad económica detrás de la necesidad de transformar la población excedente en contingente controlable y, finalmente, mano de obra explotable.
A partir del caso documentado de dos migrantes salvadoreños, perfectamente inocentes salvo del crimen de haber nacido sin privilegio, Pine muestra cómo la criminalización del joven pobre tatuado centroamericano puede acompañarlo desde la “mano dura” en su país de origen, en donde la etiqueta precede al delito, hasta la cruel y arbitraria detención migratoria estadounidense y, después de la deportación, nuevamente, de forma automática, a la cárcel kafkiana del dictador más cool del mundo, como se llama a sí mismo. El sistema inventa su enemigo a la medida del que ocupa.
Su aporte analítico central de la colega consiste en interpretar estas políticas como mecanismos para administrar el “ejército industrial de reserva”, multiplicado por la reestructuración neoliberal: que genera poblaciones primero precarizadas y desplazadas, luego criminalizadas y finalmente, mediante el innovador programa salvadoreño Cero Ocio, reincorporadas coercitivamente como fuerza carcelaria de trabajo, igual que durante la Segunda Guerra se hizo con los perseguidos.
Pine propone así una inquietante continuidad entre ese horizonte, la “Cero Tolerancia” de fines del siglo XX y el actual Estado carcelario: desde controlar y eliminar al excedente social hasta aprovechar económicamente su cautiverio, sin olvidar que, en el tránsito, su persecución también fue siempre útil para ese aprovechamiento material.
Luego observa y explícitamente advierte: muchos centroamericanos, tanto en sus países como en la diáspora, se alinean política e ideológicamente con el mismo proyecto que directamente amenaza con esclavizarlos. Descubre así una paradoja política formidable: el Estado carcelario consigue legitimidad precisamente entre los sectores sociales más vulnerables, más fácilmente sometibles.
La aspiración colectiva a la seguridad termina produciendo consentimiento para mecanismos de criminalización, encierro y explotación que a posteriori pueden volverse, con aplauso general, contra quienes los respaldan inicialmente.
No lo dice de modo explícito Pine; pero, en su exposición, a mí me salta a la vista que esa paradoja se traslada, por medio del mecanismo que ella llama el boomerang imperialista, al corazón del tenebroso mundo en que se baten nuestros conciudadanos exportados a EUA.
En donde, independientemente de que muchos ciudadanos latinos apoyaran a Trump, y más en su última campaña, y ayer a Nasry, a todos se los acomoda en el saco roto de los chivos expiatorios de la crisis económica. Esa crisis de migración y control de población, nos lo hubiera explicado K. M., está en el punto de origen del fascismo entre 1929 y 1933. Y reaparece bajo otras formas desde la crisis de 1974-76 en Europa y desde 1980 en EUA, donde explosiona y cataliza entre 1991 y 1994 una suerte de proto-MAGA.
Así, desde la crisis económica mundial de mediados de los años setenta, las sociedades industriales occidentales comenzaron a transformar al trabajador inmigrante —antes requerido por su expansión, reclutado e incluso invitado a Alemania y Francia— en chivo expiatorio de sus propias crisis económicas y sociales.
Y deberían atender a Pine también en esos centros del Atlántico Norte, y no solo mis paisanos en Centroamérica. Porque ahora, cuando lo que los occidentales llaman la sobreproducción china —en buena medida espejo de su baja productividad e impotencia para competir— vuelve a ofrecer un culpable externo para contradicciones internas, se vislumbra cada vez más nítidamente una nueva edición de esa calamidad. Pues cuando una sociedad no puede o no quiere afrontar las causas estructurales de su crisis, siempre resulta políticamente rentable encontrar a quién culpar.
No es solo que reaparezca el fascismo bajo otro nombre, sino que unas sociedades puedan ir aceptando, una a una y en nombre de la seguridad, las prácticas que lo hacen posible: inventar al enemigo, despojarlo de derechos, encerrarlo, convertirlo en mercancía y finalmente hacer de su exclusión una fuente de legitimidad política.
Y sabemos cómo involuciona ese fascismo por la ancha vía de la propaganda y la popularidad (con que, por ejemplo, Bukele proyecta como si fuera su logro la disminución del homicidio que produjo la política de Sánchez Cerén) para terminar en barbarie, guerra y etnocidio. Pero no sabemos cuál sería el desenlace de esa degradación con las nuevas tecnologías de hoy.
[1] Pine es una antropóloga social con un enfoque y método etnográfico, que ha estudiado el problema de nuestra juventud alienada desde hace unos treinta años. Publicó aquí la traducción de su tesis, impresa por la Universidad de California, Drinking Hard and Working Hard, como Sobrevivir Honduras. Y, por su sentido de compromiso, además ha trabajado largamente en EUA con migrantes, tratando muchas veces inútilmente de ayudarlos a salir de los laberintos de su persecución.