Esperanza en medio de decepción

 

[Cada momento de la vida en que sufras un retroceso o desilusión, piensa por qué estás luchando y sigue adelante.- Les Brown]

Por: Rafael del Cid

Un amigo me envió una publicación de la Cámara de Comercio e Industria de Cortés “Las claves para el desarrollo económico y social de Honduras”. En casi todos los indicadores del diagnóstico de dicho documento, el país aparece en el o los últimos lugares de América Latina. Estamos para los chuchos. Así que le respondo al amigo: “Este gobierno, por decencia, debía renunciar. El problema es que desconocen qué es decencia”.

Me parece apropiado confesar que escribo estas notas bajo un estado de inmensa decepción causada por la miopía, egolatría, ¿cobardía? y quién sabe cuántas “ias” más o sonidos de otra naturaleza (amenazas, tintineos, etc.) mostrados por el así llamado liderazgo de oposición. Por honestidad parto de reconocer que no es lo mismo “verla venir que bailar con ella”. Soy un político porque ningún ciudadano, un miembro de la polis, puede eludir ese hecho, por acción (compromiso) u omisión (desentendimiento). Eso sí, no soy un político profesional o activista. Tuve militancia partidista en mi temprana juventud, pero fue una experiencia que al final me condujo a preferir la libertad de conciencia sin tales ataduras. Descubrí que era un insumiso, incapaz de rendir obediencia a superiores de quienes guardaba dudas de honestidad o de genuino compromiso con los ideales profesados. Opté por la academia como un espacio, no el mejor, pero tal vez más apropiado para ejercer la crítica social. Eso sí, un académico sin ostentación de engañosa neutralidad; sin partido, pero con causa, la de contribuir a construir una sociedad nacional y global democrática, inclusiva y solidaria.

Trato de encontrar explicación razonable al por qué está siendo tan difícil lograr la unidad de la oposición. Cierto que Salvador Nasralla se adelanta a que la caída de la dictadura sea el paso a su reconocimiento como verdadero ganador de un proceso electoral fraudulento. Esa actitud es un freno para algunos opositores, ciertamente, pero lo observo superable mediante el diálogo sincero. Salvador es inteligente y lo suficientemente sensible para entender la diferencia entre el bien común y su interés personal. También es verdad que Luis Zelaya se balancea sobre la cuerda floja de su partido, un partido históricamente cómplice en el bochorno, igualmente responsable del atraso del país. ¿Pero qué impide creer en la sinceridad de Luis cuando expresa su deseo de revolucionar su partido y, además, de deponer toda ambición para asumir el liderazgo supremo de una oposición unificada? En cuanto a Manuel Zelaya se le achacan dos posibles pecados políticos. El peor, que algo debe (o teme) y que lo ha inducido a pactar con el demonio mismo de la dictadura. Menos peor, es que le gustó la guayaba, y anhela volver a saborearla; siendo así a Mel le convendría que el usurpador complete su segundo período para, con ello, abrir paso a su propia reelección. Pueden existir otros motivos, a no dudarlo, pero igualmente lo bueno, lo malo y lo feo son asuntos a conversar. Si al final priva el compromiso con las necesidades fundamentales del pueblo ¿Por qué no esperar el éxito?

Aunque las testas de todos los demonios se adornan de cachos, el Pacto con uno terrestre puede mandarse a la basura en tanto exista valor para asumir consecuencias; otra cosa sería si el entendimiento fuera con el mero dueño del averno bíblico. Tratándose de ambiciones reeleccionistas, es de advertir que constitucionalmente la reelección presidencial es y continúa siendo pecado mortal. Un inescrupuloso pudo haber violado la Ley Suprema, pero su atrevimiento no la invalida. Sí los hondureños sacan a relucir su entereza ciudadana, ese pecado constitucional podrá ser castigado, hechores y consentidores, de acuerdo a la magnitud de su falta. El único camino a una reelección legítima para cualquier ex-presidente es que el pueblo, el soberano, pueda expresarse y decida permitirlo. El referéndum y el plebiscito son mecanismos constitucionales de consulta, pero no pueden utilizarse para aquellas relacionadas a los temas pétreos (Artículo 5). La única vía expedita -al entender de algunos juristas- sería el de una Constituyente, siempre y cuando autorizada por el Soberano, el pueblo. Pero atención, no se entusiasme demasiado, antes de entrar en cualquier tipo de solución democrática, la dictadura deberá haber sido derrotada. Es absolutamente necesario recuperar la legitimidad del sistema democrático. Solo el poder de una oposición unida hará esto posible. Y cuanto más amplia sea tal unidad, mayor el grado de legitimidad recuperada.

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La unidad opositora deberá acordar estrategia y tácticas para obligar al cese del régimen dictatorial. Simultáneamente deberá consensuar acuerdos para la reconstrucción democrática, entre estos, el gobierno provisional (cómo, quién o quiénes, plazos), reformas constitucionales (de necesitarse, cómo y cuándo), reformas electorales, elecciones generales, etc. La especificidad de estos acuerdos no puede adelantarse, pues deberán ser el resultado del diálogo dentro del bloque opositor.

Me acompañan la decepción y la esperanza. Si pedir unidad de las fuerzas anti-dictatoriales es exigir demasiado, no es de olvidar que la ciudadanía puede ejercer su derecho a la desobediencia civil, algo para lo que no necesita ni de liderazgos políticos cobardes o miopes ni del permiso de nadie. La Constitución lo autoriza, lo demanda, lo exige; nosotros decidimos entre el compromiso o la indiferencia. En última instancia queda el miedo, la resignación, la aceptación mediocre de continuar figurando en la cola de la región más desigual y violenta del planeta.

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