Cuando la máscara caiga

Cuando la vida es un martirio

Por: Oscar Miguel Marroquín

Imposible es suponer la permanencia en tiempo y espacio de todas esas máscaras.

Las resistencias que ahora mismo hacen un esfuerzo gigantesco por convertirse desde la sociedad en poder y fuerza son seguramente una amenaza real, para quienes creyeron en días pasados que las máscaras perdurarían hasta alcanzar impunidad definitiva. En palabras más asequibles, la línea trazada entre la máscara y la judicialización tarde o temprano habrá de desdibujarse, todo dependerá del hartazgo social, esa fuerza empujada por el poder será incontenible, las puertas de la justicia se abrirán irremediablemente.

Los nombres de generales y coroneles que dieron la orden de disparar, torturar, golpear, herir y matar, no quedaran escondidos tras esas máscaras; el empuje social ha cobrado vida, los días del “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar) parecen haber quedado atrás, este repunte social tiene un fuerte reclamo producto de un acumulado histórico, acumulado que, a ratos parecía no tener fin, era algo así como haber aceptado para siempre, el juego de unas relaciones de poder, por demás decirlo: INVARIABLES E INCUESTIONABLES.

Vaya si Heráclito tenía razón cuando dijo: “LO UNICO QUE NO CAMBIA ES EL CAMBIO”.

Apegado a la verdad indubitable de Heráclito, se puede con mucha certeza asegurar que fuertes ráfagas de viento soplan a las puertas de Honduras, como tenor de cambios; hace un par de años los corruptos perdieron sus máscaras, ahora los conocen por nombre y apellido, pero aún falta que esas ráfagas de viento social los empuje a los corruptos hasta el banquillo de los acusados, banquillo desde el cual puedan escuchar la sentencia en firme por todos los delitos cometidos.

De igual forma, me atrevo a aseverar que, generales y coroneles del ejército hondureño, también perderán más temprano que tarde esa mascara, creo enfáticamente que, ese día está más cercano de lo posiblemente imaginado. El juicio contra Tony Hernández por introducir droga a gran escala a Estados Unidos, marca inaplazablemente la fecha en que habrá de conocerse los rostros de muchos cómplices, cómplices que a la fecha no han parado de presentarse como honorables y orgullosos de pertenecer a un ejército que, en mi opinión, ni con agua bendita podría salvarse de tantos señalamientos de complicidad en algunos casos con el narcotráfico y, en otros casos, de estar involucrados en acciones como por ejemplo asesinato, tortura y desaparecimiento.

La máscara que ahora llevan sobre sus rostros, es un intento fracasado por evadir la justicia, casos de asesinatos, por ejemplo, los hay por montones; dentro y fuera del país hay exigencia permanente por esclarecer en su totalidad, los motivos que llevaron a asesinar a Berta Cáceres y, con ello conocer a todos los autores materiales e intelectuales, no como una forma hipócrita de reparar el daño, sino como forma de hacer justicia y sentar las bases para expulsar la impunidad.

Con magistral habilidad la oligarquía ha hecho un ingente esfuerzo por lavar las manchas de sangre que llevan los militares sobre sus uniformes, y presentarlos ante la sociedad como buenos y necesarios samaritanos, es decir, con hipocresía sin límite, intentan hacer creer que existe un ejército renovado en sus principios con relación al respeto de los derechos humanos, pero apenas surge una crisis político-social como la que se vive en la actualidad y, entonces toda esa falsa conversión de los militares cae por su propio peso, el asesinato del joven Eblin Noel Corea Maradiaga, es el más poderoso sustento, para afirmar que antes, durante y después, no ha existido conversión alguna, por el contrario, el ejército agranda cada más, el listado de todos sus asesinatos.

La caída de la máscara es ineludible, como ineludible es, pensar que un país con tantos pobres juntos, no necesita cuarteles, pero si escuelas, universidades y hospitales. La caída de la máscara debe tener un significado mucho más profundo, que vaya mucho más allá de la judicialización. La caída de la máscara debe también significar la desaparición del ejército como un imperativo ético y moral, pero también como un imperativo histórico.

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