La política como sátira de la vida

Ceteris Páribus

Por: Julio Raudales

A propósito del sainete que nuestros diputados han protagonizado en las últimas semanas, vale la pena hacer alguna reflexión sobre la política como expresión de la tragedia o la comedia que día a día vivimos los hondureños.

La sátira, bien lo sabemos, no inventa nada, solo acentúa los rasgos más notorios de una persona o grupo. Dicho esto, es fácil entender el título de estas líneas: muchos de nuestros políticos reúnen en sí, de modo condensado, diversas características propias de personajes de Moliere o tantos genios de la literatura. Al llegar a este punto recuerdo una anécdota personal que hace sonreír a mis amigos cuando la cuento, no sé si por escrito será igual. No importa. Me arriesgo:

Hace muchos años, cuando era un colegial, mientras caminaba por un centro comercial de Tegucigalpa, reconocí a un político a quien miraba frecuentemente en la tele. Al pasar por su lado me extendió la mano y me saludó afectuosamente. De regreso pasé de nuevo por su lado y nuevamente me extendió la mano y me saludó sonriente. Al poco rato, cuando salí de un banco, el hombre estaba parado cerca de la puerta y sin mirarme me extendió la mano y me saludó de nuevo. Ahí yo no sabía qué pensar: en diez minutos, uno de los políticos más conocidos de la nación me había dado tres veces la mano y saludado.

Era evidente: el político daba la mano y saludaba al primero que pasara por su lado y yo, sin ningún propósito, lo hice tres veces seguidas. Lo insólito es que yo no solo no tenía edad para votar, además, no estábamos en periodo electoral. Quien me aclaró el hecho -mucho después – fue un compañero de trabajo en la Secretaría de Finanzas: “Un político está siempre en campaña”.

Quiere decir que un político en su lucha por el poder no solo no conoce pausas sino, además, no hace diferencias entre el mundo privado y el público.

¿Será cierto que un político puede llegar a perder todas sus facultades emocionales en aras de la conquista del poder? Si nos atenemos al exacto sentido de la profesión política, podría ser cierto. Buscando el poder por todos los medios el político puede incluso llegar a invertir la relación entre ética y poder hasta el punto en que el poder no se deduzca de una ética sino al contrario: que sea la ética la que emane de la búsqueda del poder.

Es inevitable hablar de ética y poder sin recordar al Max Weber y su extraordinario trabajo: “La Política como Profesión”. En ese texto clásico, el sociólogo y economista alemán nos habla de dos éticas en la política: una, la ideológica y otra, la de la responsabilidad. En ese tiempo, los electores buscaban sustitutos de líderes religiosos en líderes ideológicos y los políticos no pensaban tanto, pues eran pensados por la ideología que los poseía. También los líderes ajustaban sus procedimientos a criterios deducidos del derecho público, la mayoría de ellos socialistas, liberales o conservadores; es decir, eran seres responsables frente a las demandas de sus electores.

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Después de Weber, los líderes ideológicos, en consonancia con las ideologías totalitarias que invadieron a casi todo el siglo XX, impusieron su hegemonía. Así fue hasta la caída del Muro de Berlín cuyas pesadas piedras parecieron sepultar para siempre dichos tiempos.

Hoy vivimos en un ínterin post-ideológico. Nadie sabe lo que sigue después. Lo que en ese intertanto parece ser decisivo es el aparecimiento de una tercera ética situada entre la ideológica y la de la responsabilidad: es la ética del poder puro o si se prefiere, la ética del puro poder.

Ya no se trata, según esa neo-ética, de dibujar escenarios mesiánicos. Tampoco de tomar decisiones de acuerdo a la ley. Lo más importante, es la conquista de la mayoría a cualquier precio. Por lo mismo hay que prometer grandes cosas. La política que entra a dominar, bajo esas condiciones, es la política del “hacer” y por eso cada candidato ha de presentarse como “un gran hacedor”. En esa dirección los partidos terminan transformándose en empresas cazavotos financiadas por otras empresas cuyos intereses no tienen nada que ver con la política.

“Hay que decir al votante lo que quiere oír” es un mandamiento de los estrategas políticos de hoy. Y con ello nos están diciendo que la única verdad que importa es la del poder. Nos dicen también que la política es una moneda de dos caras: la del que promete y la del que necesita creer en la promesa, incluso en el político mismo como un ser sobrenatural.

De este modo llega el momento en el cual se produce una doble des-personalización: La del votante quien deja de ser un ente soberano para convertirse en seguidor de un “hombre superior” y la del político quien llega a ser un enajenado cuya voluntad moral e identidad depende de los vaivenes del poder.

Víctima y victimario a la vez, este político no hace vida política; su vida es la política. Por lo mismo, ha de mostrar entusiasmo, alegría, pero, sobre todo, ninguna debilidad. Jamás confesar una culpa, nunca hacerse responsable de nada, y si es preciso, cuando ha cometido errores, buscar chivos expiatorios, ojalá fuera de los límites nacionales, en fin, alguien o algo que cargue consigo el peso de la culpabilidad, sea este algo “el imperio” como era el caso de la izquierda o, como la derecha, esconderse de sí mismos culpando fantasmas desestabilizadores emergidos de gente envidiosa y resentida social.

Extraña profesión la del político. Debe ser la única cuyo ejercicio no requiere de un estudio pre-profesional. La mayoría de los políticos ejercen su oficio de modo post-profesional. Los hay abogados, economistas, médicos, obreros, en algunos casos campesinos. Quienes cursan en la universidad la disciplina de politología o “ciencias políticas” son los menos. Ellos solo estudian a la política y conocen sus condiciones. Tal vez por eso mismo no quieren ser políticos.

Sin embargo, pese a todos sus defectos personales o adquiridos, necesitamos a los políticos. Vivimos en un mundo político, lo que equivale a decir, en un mundo de representaciones. Si no fuera por esos profesionales de la política tendríamos que representarnos nosotros mismos. Solo nos quedan entonces dos alternativas: intentar elegir de modo soberano a quien mejor representa durante un determinado momento nuestros intereses e ideales o esperar tiempos mejores.

Alguna vez será necesario un nuevo comienzo. En esa posibilidad parecen creer la Dra. Figueroa, su Plataforma y un puñado de hondureñas y hondureños que, a tenor del llamado de la Conferencia Episcopal nos dicen una y otra Vez: ¡Basta Ya!

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