A 10 años del golpe de Estado. Parte I «La conspiración»

Por: Erick Tejada Carbajal

Manuel Zelaya inició su gobierno en enero del 2006 como otro más de ese pacto bipartidista renovado y tutelado por Washington en los 8O´s y que, se prolongó por casi 30 años. Dicho pacto montaba toda una pantomima de los dos Partidos políticos tradicionales dominantes -al estilo republicano y demócrata en EEUU- que ejercían el poder de forma alterna sin perjudicar los intereses del hegemón en el país y que en los 80s eran superlativos debido a los conflictos bélicos que se suscitaban en los Estados vecinos de Honduras. Nos dijeron que éramos virtuosos, un pueblo de vocación pacífica y democrática mientras en suelo catracho se entrenaba y abastecía a la contra nicaragüense y Honduras servía como cuartel general en Centroamérica de las operaciones contrainsurgentes del comando sur en el marco de la doctrina de seguridad nacional auspiciada por Reagan y su gobierno en la región.  Salvo algunos exabruptos, como la crisis de 1985 ante intentos tibios de Suazo Córdoba de reelegirse, ese entendimiento de cúpulas funcionó relativamente bien. Otra pequeña crisis fue la inhabilitación a ser candidato a presidente de Ricardo Maduro Joest, que al final, mediante acuerdo bipartidista, logró su inscripción y posteriormente sería elegido por voto masivo como mandatario de la república.

Para noviembre del 2005 el bipartidismo acude a elecciones – en términos Gramscianos- en medio de una fuerte crisis de hegemonía. Cuando Zelaya es elegido sólo el 43% de la población sale a votar; 23% menos que cuatro años atrás [1].  El gobierno del poder ciudadano empieza introduciendo al Congreso dos leyes que fueron fundacionales de su filosofía política: La ley del poder ciudadano y la ley de transparencia (que tardó su tiempo en ser aprobada).  Una promesa de campaña central de Zelaya y su equipo fue también la famosa licitación de los combustibles, la cual anunció su puesta en marcha en febrero del 2006. Esta licitación fue uno de los conflictos centrales con la élite local que monopolizaba la importación y comercialización de los carburantes en territorio hondureño.

El acercamiento al bloque progresista de américa del sur, el impulso de iniciativas como Petrocaribe y el ALBA, el trastocar intereses por lustros inmaculados para la casta hondureña y el desacato a las directrices del hegemón, propiciaron que el sector más rancio de los halcones del comando sur y otros actores conspicuos de la derecha internacional y nacional, gestaran toda una conspiración cuyo objetivo central fue generar las condiciones para llevar a cabo el golpe de Estado. Dicha conspiración tuvo enrevesadas y complejas aristas que incluyeron a Oenegés internacionales como la Fundación Arcadia, la organización patrocinada por Ronald Reagan Citizens for America(ya extinta), la NED ( National Endowment for democracy), el Instituto Republicano Internacional(IRI por sus siglas en inglés), el Instituto Nacional Demócrata(NDI por sus siglas en inglés). También hubo una peculiar beligerancia de algunas organizaciones de derechos humanos como Human Rights Foundation y algunos defensores de derechos humanos a nivel interno. Ante el acercamiento del gobierno del poder ciudadano al bloque del ALBA y PETROCARIBE, una reacción orgánica y virulenta se desató en todo el entramado supranacional mediático de los sectores más oscuros de la ultraderecha Latinoamericana.

Periódicos como el Universal de México o el Miami Herald, fueron punta de lanza de toda una ofensiva propagandística destinada a generar una atmósfera a nivel regional propensa para el derrocamiento de Zelaya. El supuesto caso de corrupción de Hondutel, fue un elemento clave dentro de la conspiración, que -cabe señalar- tuvo un modus operandi con similitudes asombrosas con guerras de baja intensidad y desestabilizaciones sistemáticas a también gobiernos progresistas electos democráticamente, como en la Chile de Salvador Allende (1970-1973), en la Venezuela de Hugo Chávez Frías (intentona de golpe de Estado en el 2002) y el golpe de Estado a Jean Baptiste Aristide en Haití el 2004. Nombres como Robert Carmona, Otto Reich, John Dimitri Negroponte, Álvaro Uribe Vélez y otros agentes de las élites regionales- que se mueven con recursos ingentes a través del continente-, emergieron durante la agudización de la crisis catracha como voceros de la necesidad de un cambio forzado de gobierno en Honduras. [2]

Ríos de tinta han corrido para tratar de evocar los intensos días del segundo semestre del 2009. Huelga decir que, en esos tumultuosos días, la fuerza de Zelaya era esencialmente en el plano simbólico y, en el plano diplomático internacional; sin embargo, el régimen golpista, a pesar de todas las embestidas de la diplomacia internacional, logró cumplir su objetivo de convocar a elecciones y dejar a un gobierno sucedáneo, sobre todo, por el apoyo tras bambalinas del Departamento de Estado.

El proyecto del poder ciudadano-sin ser radicalmente transgresor- sacó a relucir lo retrógrada, salvaje y ridículamente conservadora que es la élite hondureña. Si bien sus intereses y los de compañías transnacionales se vieron trastocados, se negaron rotundamente a brindar avenidas de participación ciudadana que permitieran la inclusión en las tomas de decisiones del país de las grandes mayorías históricamente excluidas. Ni siquiera plantearon una recomposición funcional del Estado dentro de la democracia liberal burguesa.

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No plantearon un proyecto económico concreto que permitiera mejorar el desempeño económico del país o desarrollar industrias novedosas. La derecha oligárquica catracha es mediocre, carente de imaginación, poco ilustrada, gansteril y vendepatria, su proyecto de reacción conservadora consistió esencialmente en exfoliar los recursos del país hasta su máximo límite mediante el clásico y corrupto clientelismo político apelando a la represión castrense y la expulsión sistemática de compatriotas como válvula de escape demográfica. El golpe demostró también, que, inclusive con una administración demócrata, el hegemón no estaba dispuesto a ceder a Honduras-dada su condición de punto geopolítico crucial en la zona- al proyecto de integración que venía impulsándose desde el sur del continente. Honduras sirvió de laboratorio y, otras estrategias -como el lawfare- fueron y son implementadas ahora por el comando sur y las castas locales para frenar proyectos progresistas en el resto del hemisferio.

En el gobierno sucedáneo, desde el Congreso Nacional, Juan Orlando Hernández, una élite económica emergente, sectores de las FFAA y los halcones en EEUU, fueron diseñando poco a poco la reconfiguración del Estado hondureño con el objetivo de mantener los intereses transnacionales intactos y de, incubar una profunda militarización de la sociedad acorde a los designios hegemónicos del gigante del norte. La idea fue terminar de delinear una especie de pequeña Colombia en Centroamérica. La segunda parte de este artículo profundizará en ese sentido.

 

Zacatenco, Ciudad de México

28 de junio del 2019.

Referencias

[1] = Georgetown. (1 de junio de 2006). Political database of americas. Obtenido de http://pdba.georgetown.edu/Elecdata/Hon/pres2005.html

[2] = Rebelión. (10 de Julio de 2009). Obtenido de http://rebelion.org/noticia.php?id=89853

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3 comentarios sobre “A 10 años del golpe de Estado. Parte I «La conspiración»

  • Juan Mejia
    el julio 1, 2019 a las 8:11 am
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    Destruir la imagen de Salvador no dará un triunfo a libre al contrario lo debilita más y Mauri quiere pan con mostaza al igual que su tío ahora comandando la nueva puta (ruta)

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