Identidad nacional y persistencia del tribalismo

 

Por: Rafael del Cid

Nuestras lecturas escolares estuvieron saturadas de mensajes que, bajo variados formatos literarios, exaltaban el amor a la patria, a sus símbolos, a su geografía y a sus gentes: “Por la patria, morir es gozar” recitábamos de José Martí, y con el himno cantábamos “Por guardar ese emblema divino/ marcharemos ¡oh patria! a la muerte…”

Esos sentimientos inyectaron en nuestra mente infantil una idea de pertenencia a un imaginario común y un cariño por los que llamábamos compatriotas. Hoy las escuelas pretenden inculcar la misma idea, pero la convicción languidece. Es que mientras crecimos con el siglo XX, el nacionalismo perdió adeptos en el mundo a consecuencia de sangrientos conflictos bélicos, la percepción ciudadana del abismo entre mensajes y hechos, el aceleramiento de la globalización y, de paso más recientemente, la contaminación con las recetas neo-liberales y su desorbitado individualismo. Sin embargo, a partir de 2008, al desatarse la más reciente crisis del capitalismo, el nacionalismo, cual ave fénix, resurge en muchos países del planeta.

Este artículo se basa (en un 80%) en una conferencia del doctor Yubal N. Harari, profesor de la Universidad de Jerusalén y uno de los académicos más respetados en el mundo. La conferencia completa se encuentra en Youtube (The bright side of nacionalism). Universidad Central Europea, Budapest, mayo 8, 2019, www.youtube.com/watch?v=2jz7hsqsObU). En 21 Lecciones para el Siglo XXI, y otros escritos, Harari se ocupa de criticar los excesos del nacionalismo, tales como, el ultranacionalismo patriotero y el fascismo. En su reciente conferencia, Harari argumenta que el nacionalismo tiene igualmente un lado positivo. Espero que mi resumen haga honor a lo toral del mensaje de este respetado autor.

¿Qué es el nacionalismo? Para Harari, nacionalismo es un sentimiento de identidad con una nación, a la que se considera única y con la que se tienen obligaciones especiales. La idea de nación constituye uno de los logros más grandiosos de la humanidad. Durante millones de años, nuestros antepasados vivieron en pequeñas bandas y clanes, compuestos de no más que docenas de integrantes. Luego por alrededor de 10 mil años, se formaron las primeras tribus sumando algunos millares de miembros. Tan solo unos cinco mil años atrás surgieron los primeros reinos, imperios y naciones, integrados hoy día por millones y millones de ciudadanos. Los EE. UU surgió como nación hace unos 243 años, seguidos luego por las numerosas excolonias de América Latina y, en pleno siglo XX, muchas en África. La nación es una figura reciente en el trayecto de la prolongada evolución humana.

La nación difiere cualitativamente del clan o tribu. Los miembros del clan estaban unidos por lazos de parentesco, se consideraban descendientes de un ancestro común y cooperaban para sobrevivir frente a una naturaleza agreste y otras hordas enemigas. Al mejorar herramientas y armas y aumentar su control del medio, los clanes expandieron sus territorios y entraron en contactos más frecuentes con otros clanes vecinos mediante trueques pacíficos y enfrentamientos violentos. Así se formaron las tribus, en las que los lazos de familiaridad y cercanía continuaron siendo elementos cohesionadores de la agrupación. Hubo que esperar elsurgimiento de la agricultura, la invención de la escritura y del dinero para que los ancestros avanzaran hacia formas de organización más complejas. El elemento diferenciador de las naciones es que se llegó a un nivel de organización social que no solo dio cabida a familias y conocidos sino también a extraños, allegados por decisión voluntaria o por medios coercitivos. Con el extraño, el desconocido, se formaría un lazo de unión resultante de compartir un mismo o similar lenguaje, fisonomía o cultura. Esto es distinto al extranjero, con quien generalmente no existe comunidad de lenguaje ni rasgos físicos o culturales.

En el clan y la tribu el cuidado mutuo se basó en los vínculos consanguíneos y en creencias y valores compartidos, existía vecindad, trato íntimo, cercano, y poca diferenciación social (la variedad de ocupaciones era limitada). Esto contrasta con la nación que extendió la convivencia a extraños, a desconocidos. Sentir compromiso de cuidar al desconocido, requirió una revolución mental, un cambio del viejo “chip”, programado a través de millonadas de años, por otro nuevo en el que el extraño pasa a ser aceptado, apreciado, preferido incluso por encima de familia y amigos (de consanguíneos pasamos a compatriotas), legitimado vía nóveles creencias, valores y conceptos más abstractos como el interés nacional o el amor a la patria. En cierto modo fue “fácil” adherirse a organizaciones sociales complejas, dado que la sociabilidad forma parte del ADN humano (sin olvidar -doctor Harari- que el avance tecnológico aumentó la división social del trabajo y, con ello, acrecentó la interdependencia entre humanos). La tarea realmente difícil para el nacionalismo fue formar las ideas de la identidad con desconocidos y la existencia de un interés nacional, o sea, un sentido de deber para con el bienestar de personas fuera de nuestro círculo familiar, de amigos o de vecinos. O sea, la nación forjó una nueva manera de entender la solidaridad. El nacionalismo debió emplear a la escuela, la religión, símbolos (himnos, banderas, escudos, próceres, historias) y rituales, así como, teorías políticas y económicas (p.ej. el liberalismo) y nuevas formas de coerción para insertar en el cerebro ciudadano el chip de identidad nacional e interés colectivo.

Harari brinda ejemplos de lo que significa para un humano pensarse como ciudadano de una nación.

Ejemplo 1. Un padre de familia con un capital de 100 mil lempiras en la bolsa que enfrenta la disyuntiva de atender la enfermedad de una hija y, a la vez, cumplir el deber de pagar impuestos. El chip del tribalismo, millones de años de tradición de por medio, actuará para que esta persona invierta todo su dinero en el mejor cuidado posible de su hija. Sin embargo, el chip de la nación, de más reciente factura, recordará a este padre que debe cumplir con deberes ciudadanos; les conminará a tomar en cuenta el interés de la nación, el bien común, la grandeza de la patria. Si la identidad con la nación es profunda este padre dividirá su dinero entre un tratamiento de menor calidad para su hija y el pago de sus impuestos. A cambio esperará que el gobierno use los recursos para financiar los sistemas de educación, salud y seguridad social, que habrán de beneficiar a un gran número de hijos de extraños, no conocidos, pero que son compatriotas. Esta forma de solidaridad es difícil de digerir para quien se ha formado en sociedades poco diversificadas en las que la solidaridad es concreta y directa (mi parentela, mis conocidos).

Ejemplo 2. Un funcionario público, a cargo de decidir a quién contratar para un empleo, recibe hojas de vida de desconocidos y de recomendados de familiares y correligionarios. El CV de un desconocido destaca por encima de todos. Si el funcionario está realmente empapado del sentimiento nacionalista, no vacilará en otorgar el empleo al aspirante con el mejor currículo. Su expectativa es que el más preparado servirá mejor a su país, y el interés de la nación está, sin lugar a dudas, por encima de sus afectos personales, familiares o de correligionarios. En una nación el interés particular se subordina al interés colectivo (de conocidos y desconocidos, de compatriotas).

En el transcurso de unos cinco mil años los conceptos de “nación” e “identidad nacional” debilitaron la tendencia al nepotismo, a las lealtades de familia, clan o tribu, para transformarla en aceptación a desconocidos y a cumplimiento de deberes para fines de solidaridad abstracta, laica (p.ej. los impuestos). Sin esta idea nacional, argumenta Harari, viviríamos en una especie de paraíso animal, más precisamente, en una jaula tribal donde nadie cuidaría de nadie, excepto de los conocidos inmediatos. Esto habría imposibilitado magnas obras colectivas, entre tales, los sistemas públicos de salud, de educación o de seguridad social.

Nación e identidad nacional son conceptos vinculados también al de democracia. Al mencionar la democracia evocamos a Atenas y Roma, pero sus experiencias fueron tan solo chispazos breves en la historia. En realidad, argumenta Harari, la democracia necesitó de la nación para extenderse planetariamente. Fueron sociedades con fuerte identidad nacional (británicos, nórdicos) las que hicieron surgir las bases de la democracia moderna. Por ello, donde la identidad nacional es débil la democracia es una ficción. Los procesos electorales, característicos de las democracias, pasaron a ser una forma para resolver conflictos internos y facilitar la participación ciudadana. Pero aun con desacuerdos, el supuesto es que la gente cuida de los otros con base a un núcleo de valores compartidos.

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Las elecciones podrán hacer fluir rivalidades, incluso por equivocación o por estupidez de algunos, pero el ambiente será de tolerancia, de respeto y amor sinceros por el compatriota (aunque sea adversario y desconocido). O sea, nación y democracia se complementan. No obstante, valores nacionales y democráticos son frágiles porque en la mente humana martilla el contraste entre millones de años de comportamiento en bandas o tribus versus un corto, cortísimo, período bajo la idea de nación. Los instintos primitivos acechan, atisban la oportunidad de reencarnarse en nepotismo, corrupción y políticas rastrillo, esas políticas, también nepotistas porque entregan la tajada de león a la tribu de familiares, amigos y correligionarios. Tales extremos hieren el sentido de justicia y engendran resentimientos que llegan a revolver también los instintos tribales de los agraviados; miedo y desconfianza crecerán hacia quienes ostentan el poder. El uso de medios ilegítimos para hacer el bien (o el mal) tentarán permanente a toda la sociedad. Alcanzado ese límite, la democracia se resquebraja, la nación se hunde.

El tribalismo también se disfraza de ultranacionalismo cuando responde a fundamentos de raza, religión, clase social o cultura, utilizados para justificar privilegios de segmentos de la nación. El fascismo es una de esas expresiones extremistas en el que la idea de “mi nación es única” se reconvierte a “mi nación es suprema”, y a cuyo interés se somete todo, incluso la verdad y los derechos de los excluidos. El problema es quién determina cuál es ese interés. Fueron estos excesos (materializados en guerras, dictaduras y genocidios) los que desprestigiaron las ideas nacionalistas. De 1945 en adelante, el mundo apostó por lo global, particularmente con el desarrollo de legislación y políticas preventivas de una nueva conflagración mundial de exterminio total. Pero el tribalismo muta. La globalización se contagió de capitalismo salvaje (¡sálvese quien pueda!) y en el proceso emergieron élites locales comprometidas con corporaciones transnacionales, y por lo mismo, vacilantes en su lealtad a la nación. De este marasmo, resurge por doquier la añoranza por la nación; desgraciadamente, plagada de matices ultranacionalistas.

Dejemos a Harari para ocuparnos por lo que aquí pasa. Los centroamericanos fallamos en consolidar una nación y en lograr la integración económica del istmo. Incluso la construcción de la nación hondureña todavía continúa siendo un desafío. Estamos sitiados por dos grandes ejércitos tribales: (1) el del nepotismo encarnado en quienes ven al gobierno como botín de partido y/o aplican políticas de favoritismo a grupos élite (sociales y mercantiles); y (2) el del neo-nepotismo del segmento empresarial vinculado al capital corporativo transnacional, que pugna por evadir responsabilidades para con Honduras (p.ej. impuestos y compensaciones por el daño que sus operaciones causan a la salud y el ambiente), aunque no así con las que impone el Tío Sam. Si fortaleciendo la identidad nacional se vitamina la democracia, yo me las juego por mi Honduras (sin perder mi sentido de hermandad con el resto de la especie) ¿Y usted?

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