Reforma educativa para el siglo XXI

 

Por: Rafael del Cid

El conocido físico y catedrático universitario, doctor Armando Euceda, repite con frecuencia que nuestro sistema educativo, en el siglo XXI, forma niños y jóvenes para vivir como en el siglo XX. En palabras menos sutiles, es un sistema desfasado, ineficaz. Este llamado de atención debía quitar el sueño a todo buen ciudadano.

 Conviene que los procesos de reforma educativa se inicien diferenciando lo sustantivo de lo administrativo. ¿Perogrullada? Probablemente. Sin embargo, no está de más el aconsejarlo ante el hecho de que en las comisiones de reforma dicha confusión suele ser frecuente, y a veces, con el agregado erróneo de hacer prevalecer lo administrativo por sobre lo sustantivo. Poner en primer lugar asuntos meramente laborales resulta comprensible en el caso de las dirigencias magisteriales, pero a lo largo deviene beneficioso poner esfuerzo para darle a cada tipo de demanda su debido momento. Cuando las organizaciones magisteriales incluyen a sus expertos en asuntos sustantivos las prioridades de la agenda suelen cambiar.

En educación, son asuntos sustantivos los contenidos programáticos y los métodos de enseñanza que, a su vez, están orientados por objetivos de aprendizaje escolar y por los sociales de la educación. Los objetivos definen el perfil de salida de los estudiantes en cada uno de sus niveles; de otro modo, identifican y priorizan los conocimientos, habilidades (destrezas) y valores (aptitudes, ética), en una palabra, las competencias de los egresados del proceso. Dentro de la didáctica (disciplina que estudia contenidos programáticos y métodos) existen distintos enfoques o modelos como los tradicionales, basados en verbalización y memoria, y los activos, que ponen en práctica comprensión y creatividad vía descubrimiento y experimentación.

Lo administrativo tiene que ver con los insumos o recursos (humanos y materiales), con la logística necesaria, para lograr el objetivo de que niñez y juventud adquieran las competencias deseadas. Presupuestos, salarios, instalaciones, equipos, material didáctico, formación y actualización de docentes, la estructura misma del sistema educativo y el papel de sus distintos actores y organizaciones, etc. son parte de los asuntos a discutir en términos de la gestión educativa. Lo deseable es que lo administrativo esté en función de lo sustantivo. Por ello los expertos en cada área deben entrar en las discusiones de reforma de manera secuencial. Lo administrativo debe facilitar y coadyuvar a que el proceso educativo ocurra bajo las condiciones más adecuadas posibles. Pero lo primero es lo primero.

Los expertos (en cuestiones de sustancia) actuarán como facilitadores del proceso porque el contenido de la reforma educativa debe ser el producto de un acuerdo nacional. Los ciudadanos deben responder a las grandes preguntas relacionadas al papel social de la educación – incluyendo su relación con el mundo del trabajo y con otras dimensiones del quehacer humano. La consulta misma y la respuesta a las preguntas de partida motivarán a los actores sociales a comprometerse con el proceso de cambio. Son preguntas como las siguientes: ¿Para qué queremos que nuestros niños y jóvenes se sometan durante años a un proceso formativo? ¿Qué se pretende con eso? ¿Qué se va a enseñar o aprender? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? Responder a estas preguntas entraña dificultades porque antes se necesitan lecturas adecuadas de contexto y revisión a fondo de nuestra escala de valores, particularmente los valores ciudadanos, o sea, los relacionados a la convivencia y el respeto a los derechos humanos fundamentales. A su vez, las lecturas de contexto responden a cuestiones cómo ¿En qué tipo de sociedad, economía o sistema político nos desenvolvemos en lo que concierne a la nación y al mundo? ¿Qué lugar ocupa la nación en el ámbito planetario? ¿A qué desafíos nos enfrentamos para llenar la brecha que separa al país del nivel de vida de las naciones líderes en materia de desarrollo humano sostenible? ¿Cómo la educación del hondureño, especialmente de las nuevas generaciones, deberá contribuir para elevar nuestro nivel de vida?

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Niños y jóvenes heredan la cultura, es decir, todo lo que han creado las generaciones pasadas y con las que actualmente conviven. La cultura es la huella de los sapiens sobre la tierra, visible en objetos materiales (viviendas, locales de trabajo y de recreación, herramientas, máquinas, tecnología, obras de arte, y un largo etcétera) y no materiales (conocimiento científico, mítico-religioso, artístico, cosmovisiones, etc.). Las nuevas generaciones emulan, se apropian (hacen suya) esa cultura, esa inmensa herencia, por medio principalmente de la educación. Cuanta más la calidad educativa, mayor la apropiación. Miremos un mapamundi e identifiquemos los países con mayores valores en sus indicadores educativos: Constataremos que estos son también los de mayor bienestar económico y social. Los ciudadanos de esos países han alcanzado niveles de escolaridad mayores, eso quiere decir que se han apoderado de una tajada mayor de la cultura o riqueza mundial.

El contexto del siglo XXI es, definitivamente, uno radicalmente diferente al del siglo precedente. La humanidad ha dado saltos impresionantes en su acervo de cultura. La ciencia ha ganado inmensos conocimientos y dominio del espacio sideral y de la vida en nuestro propio planeta y sus microcosmos; el mundo laboral marcha aceleradamente hacia la automatización y las naciones de mayor desarrollo transitan en veloz carrera hacia la sociedad del conocimiento. Claro, es muchísimo más la inmensidad de lo que resta por conocer y enfrentar. Desde cómo lograr la sustentabilidad de la vida en la Tierra y acabar con las condiciones de empobrecimiento de la mayoría de la humanidad hasta evitar también el holocausto nuclear. Niños y jóvenes están llamados a apropiarse de tal herencia cultural, mientras se preparan simultáneamente para los enfrentar los desafíos presentes y los del futuro. Sin duda, para ello necesitan una educación de calidad.

Calidad educativa es un término complejo. Cada sociedad lo ha entendido diferente, pero la globalización está conduciendo a la búsqueda de definición y medidas comunes. Un ejemplo en esta tendencia es la Prueba Estandarizada Pisa, propuesta por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Pisa es un examen, a lápiz y papel, pasado a muestras representativas de estudiantes por país. Pisa evalúa competencias, o sea, conocimientos, habilidades (pericias, destrezas) y aptitudes (valores, ética) de los estudiantes para analizar y resolver problemas, para manejar información y para enfrentar situaciones propias de la vida adulta. Resolver tales situaciones requerirá contar con y saber aplicar las competencias pertinentes. Pisa trata con tres áreas: competencia lectora, competencia matemática y competencia científica. Y algo importante, del lado de las competencias científicas importa menos lo específico (p.ej. nombres de plantas y animales, los ríos y montañas de cada país) y más lo general, amplio, interdisciplinar y aplicado (el consumo de energía, la biodiversidad, la salud humana, la convivencia política).

Es cierto que la prueba Pisa es criticable. Empezando porque es un examen y porque algunos de sus contenidos (o la falta de otros) son discutibles. Pero lo importante, por ahora, es destacar que tras la prueba Pisa está una lectura del contexto mundial y es, adicionalmente, una propuesta de qué y cómo las futuras generaciones deberán aprender para apropiarse de la cultura heredada. Recuérdese que el concepto de competencia incluye conocimientos, destrezas y valores. Conocimiento de los principios básicos de las disciplinas fundamentales; destrezas para la aplicación práctica de los conocimientos; y una aptitud, ética o valoración, para utilizar conocimiento y habilidades en la solución adecuada de problemas concretos.

 Detengámonos en las áreas seleccionadas: poder leer, poder calcular y poder investigar. Poder leer es una forma de apropiarnos de la experiencia de otros en la formación de nuestras propias competencias, como acto activo, dialógico y crítico. Poder calcular tiene también su propio arte, más allá de memorizar fórmulas o trabajar procedimientos o demostraciones, es comprender el porqué del cálculo y su utilidad concreta. Y poder investigar, o sea, aplicar las competencias científicas es el momento cumbre del proceso porque junta las capacidades anteriores para sistematizar y criticar lo ya conocido y para explorar, experimentar y proponer ideas y rutas nuevas, en suma, para innovar. Así que la pericia científica también implica poder escribir, como competencia básica en la comunicación de hallazgos. He aquí, entonces, todo un mensaje para la didáctica del siglo XXI.

Los métodos tradicionales de enseñanza no dan el ancho para formar las competencias que ahora demanda la sociedad del conocimiento, la sociedad del siglo XXI. Más que nunca urgen los métodos activos. Este es uno de los primeros desafíos que la formación de docentes ya debe estar enfrentando. En su mayoría, el docente actual se formó con la metodología tradicional y, además, las condiciones precarias de su oficio lo tientan u obligan a darle continuidad a los viejos métodos. Muchos docentes, atosigados con el volumen de estudiantes y asignaturas, encuentran más fácil acudir a la exposición verbal, el dictado, el uso del texto básico y la memorización antes que fomentar la exploración (p.ej. de diferentes puntos de vista de un tema, más allá del texto), la experimentación, la crítica y la aplicación. Este es un tema de sustancia y de gestión porque al dominio del método activo se le ha de agregar la infraestructura apropiada, como los talleres, laboratorios, aulas acondicionadas para el diálogo, conexión a la internet, etc.

En resumen, la reforma educativa debe distinguir lo sustantivo de lo administrativo. Primero es lo sustantivo, y este, debe apuntar a formar ciudadanos con competencias (conocimientos, destrezas y valores) que le posibiliten el desenvolvimiento exitoso en cualquier rincón del planeta. Los conocimientos deberán apuntar al dominio de un cuerpo de disciplinas básicas (técnicas, humanísticas y artísticas) y de sus respectivos principios fundamentales, junto a una didáctica no bancaria, memorística, acrítica, sino activa, centrada en el dominio de la capacidad abstractiva que vincula la teoría a la práctica, vía el experimento y la innovación. Los docentes actuales, en buena medida, enseñan cómo les enseñaron; con esto renuevan un círculo vicioso, que solo se romperá con su formación profesional y continua en el dominio de la didáctica apropiada.

Toca al Estado asumir el papel de vigilante y facilitador del proceso de reforma y de su adecuada implementación. Esto implica coincidencia con la convicción de que la educación debe contribuir al desarrollo nacional con el máximo de igualdad e inclusión social posible. Los funcionarios deben de creer, de verdad, en tal potencial de la educación para transformar el país, y encarnar la responsabilidad del Estado en tal empeño. Por ello preocupa, asusta, observar la reducción porcentual del presupuesto destinado al sector educativo y la persistencia de las ineficiencias de su uso. También que los contactos políticos (el carné y la recomendación del partido) pesen más que un buen currículo. Esto, junto a un ambiente cargado de corrupción e impunidad, entrega a las nuevas generaciones el nefasto mensaje de que, al final de cuentas, la educación sirve para poco. Un estadista genuino jamás se prestaría, en palabras y hechos, para transmitir tal mensaje a la niñez y juventud de su nación.

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