Quinto ensayo sobre educacion universitaria

De la historia a la tremenda condición de la Universidad

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                                      A Raúl y Julio que no quisieron ayudar

Partí antes de la necesidad del control nacional de la educación básica, lo entendían ya los espartanos. Asegurada la cohesión social ahí, sin embargo, la educación superior debe ser libre. El Estado puede (debe, por conveniencia) apoyar a la universidad, pero abdicando a cualquier control. Debe permitir que se organicen universidades siempre y cuando respeten la libertad de cátedra y el gobierno colegiado de los catedráticos. Porque el control externo es antitético a la esencia de la universidad.

En la primera experiencia educativa, la paideia, aprendes respetando la autoridad no cuestionada del Jefe, padre y maestro en el hogar del que dependes. Posteriormente, en los colegios aprendes a cuestionar la autoridad al mismo tiempo que a ganarte un pan con tu trabajo, pero más aún en la Universidad, aprendes cuestionando y disputando los argumentos de autoridad. Lo cual exige alguna independencia, aunque sea teórica, lejos del hogar. Puesto que exige recursos escasos (acervo de conocimiento especial, grado superior de formación) históricamente la educación universitaria se impartió lejos del hogar

El método pedagógico colegiado desde el Alto Medievo es la lectura (entendida como investigación) y la disputa. Y cabe advertir que tiene sus deformaciones porque, a veces, se disputa por disputar, y a los paradigmas generados por el consenso de los sabios se les suplanta con novelerías post. La vertiginosa Reforma asustó a los poderes religiosos y civiles, los cuales cooptaron a la Universidad colegiada para garantizar ortodoxias en los siglos XVII y XVIII. Surgió así la universidad pontificia e imperial que al final, se rebeló casi inevitablemente, contra el papa y la corona.

Con la Independencia, la universidad recuperó su autonomía y evolucionó en el siglo XIX en la universidad liberal en la que todavía muchos nos educamos, igual, alejados del hogar. En Honduras hasta hace poco, para asistir a la universidad, la mayoría de los estudiantes tenían que viajar del interior del país al menos a Tegucigalpa, cuyos residentes también se enriquecían con el arribo de los provincianos, y con quienes hacían ambientes colegiales. Y se acostumbró salir –después- a hacer estudios de posgrado, a Guatemala desde la Colonia, a México DF y Monterrey, y luego a EUA, con Educrédito, más tarde a Brasil, Chile, Argentina y luego a Costa Rica y Cuba. Todo para bien.

También hubo retrocesos. No profundizaré en la historia reciente de la complicada evolución de la universidad tercermundista. Desde hace un medio siglo, la explosión demográfica también puso en crisis la débil institucionalidad. La universidad no contaba con los recursos para atender una población que crecía exponencialmente, lo que la convirtió en filtro. Como muchos otros males, otra degradación cualitativa vino del contagio de partidos y gobiernos que fueron ahí a reclutar y desviar la academia en el peor momento de la crisis nacional y la guerra fría.

En este siglo, la ciencia se concentró como la riqueza. Mientras hace dos siglos los sabios y científicos latinoamericanos correspondían fácilmente con los europeos, hoy se han quedado rezagados, en parte por falta de recursos, pero también por cierta renuncia a la excelencia. Una vulgarización de la academia al servicio de intereses mezquinos, políticos o mercantiles, religiosos o ideológicos, que la aisló y la instrumentalizó.

Asustados los militares intervinieron. Los religiosos abdicaron de un ambiente más bien laico y secular y se fueron a poner su propia tienda con capilla y amuletos, pequeñas islas parroquiales de sus respectivas dogmáticas. Y los empresarios fundaron tecnológicos con ínfulas universitarias que no satisfacen.

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Con el arribo de las tecnologías de acceso digital y universidades de garaje (análogas a los partidos de maletín y las iglesias del barrio o aldea) también en Honduras la experiencia universitaria ha perdido aquella catolicidad y su carácter cosmopolita. Sin fondo ni disputatio, las universidades de garaje te engañan diciéndote que te están dando una licenciatura cuando te empaquetan una información analógica y hasta proliferan las maestrías, las togas, los birretes y los títulos vacíos. Pero en vez de laboratorio que genere saberes o imprenta autorizada que los divulgue, muchas son talleres y líneas de producción comercial.

En el mundo hay famosas instituciones (institutos y colegios mayores) muy respetadas, que tienen una particular fortaleza en un campo vis a vis otros. Escuelas de Negocios que privilegian carreras de administración. Y también institutos superiores que se concentran en un tema, por ejemplo, el tecnológico, las ciencias sociales o el pensamiento abstracto. Pero por definición solo es universidad la institución de estudios superiores que abarca a la universalidad o casi de los campos de conocimientos. Si no hay clases de filosofía o de arte es como si no hubiera clases de ciencia o de ingeniería, no es una universidad. Y entonces,

Las deformaciones de la educación universitaria en nuestro tiempo y país son tan palpables para cualquiera que conozca la universidad verdadera, que varios hemos coincidido en concluir tristemente que aquí no hay universidad. (No lo termina de ser la mayor o universidad nacional, porque carece otra vez de libertad y gobierno colegiado y no se acercan a ser universidades la pléyade de pretendientes particulares, privadas, que no reúnen mínimos requisitos y sirven mayormente para satisfacer cierta necesidad simbólica y la producción de personal disciplinado para la limitadísima industria local.) Ostentan los signos externos, tienen bandera, escudo en el podio, lemas en latín, se las exalta con solemnidad, pero sometidas a intereses ajenos y gobernadas por el lucro, no pueden ser autónomas universidades genuinas.

No es –obviamente- que no haya plantel, o universitarios. Los hay, hombres y mujeres que se consagran a la investigación. (Se hace investigación en Medicina (Medina) y en Biología (Cruz) en Letras (Umaña). Conocí a grandes maestros investigadores en mi campo desde tiempos de Ramón Oquelí, Mario F Martínez, Marcos Carias pasando por mi generación de colegas. Pero estos son o fueron más bien marginales en la institución, controlada por figuras autoritarias y burócratas, nombrados desde afuera. Solamente los académicos pueden remediarlo y bien pueden.

En casi mil trescientos años que tienen de existir las universidades, varias veces han pasado por ciclos de esplendor y decadencia, en que atraen y reclutan o alternativamente evaden y repelen a las mejores mentes, las más creativas, que empujan, retan, en cualquier circunstancia el avance del saber, se atreven, se comprometen y a veces incluso se contaminan, pero siempre flotan libres sobre la sujeción. Pero la libertad no se otorga.

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