Indignación y Liderazgo

 

Por: Edmundo Orellana

Se reactivó la movilización de la indignación popular. La gota que derramó el vaso fue la irresponsable aprobación del decreto por el que se pretendía atribuir potestades a las Secretarías de Salud y Educación para despedir masivamente el personal y manipular discrecionalmente las partidas presupuestarias aprobadas.

La actitud de la junta directiva del Congreso Nacional, socarrona y vulgar, no pudo ser más pedestre. Sorpresivamente, con desprecio de los demás diputados, resonando en la asamblea las burlonas carcajadas de su secretario y en actitud de emperador romano, el presidente cerró la votación, sin que el secretario verificara la mayoría en cada votación, practicada levantando la mano, pese a que había declarado que se comprometía a no aprobarlo.

Se burlaron de los trabajadores de la salud y de la educación, quienes, en el fondo, confiaban en que no se aprobaría. La junta directiva los trató como si fuesen diputados de la oposición, a quienes no respetan porque, al mismo tiempo que simulan oponerse rabiosamente, suplican, al diputado- presidente, subsidios, viajes, gastos médicos y otras prebendas.

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Los ofendió más allá del límite tolerable. No solo les mintió, sino que, además, los amenazó con el despido masivo y la cancelación de sus conquistas laborales. Fue demasiado. ¿Qué los hizo actuar tan irracionalmente? ¿Por qué atropellaron impúdicamente las reglas parlamentarias? Mantenerse en el poder es la respuesta que se viene a la mente. Pero, ¿cómo mantenerse en el poder ofendiendo a la clase trabajadora? Los señores que gobiernan han demostrado que no necesitan de los votos del pueblo para ganar elecciones; para eso tienen el TSE y las manipulables reglas del proceso electoral.

Conviene más, por consiguiente, contar con empleados fieles en los sectores que más personal contratan, para disponer de ellos durante el proceso electoral. No les inspira confianza que acrediten ser nacionalistas, porque muchos de éstos rechazan este gobierno, al extremo que ya no se ocultan para repudiarlo, participando, incluso, en las movilizaciones convocadas por la indignación popular.

Se equivocaron de cabo a rabo. La reacción provocada en los trabajadores de la salud y de educación, movilizó los colegios profesionales y los empleados públicos, que, amodorrados, digerían pesadamente las arbitrariedades que en su contra se perpetraban sin interrupción desde el golpe de Estado. Resucitó, de entre los muertos, el pueblo hondureño indignado y se tomó las calles, las carreteras, los hospitales, los centros de salud y los centros escolares.

Estas organizaciones llamaron a parar la actividad laboral. Curiosamente, el llamado no fue de los sindicatos ni de las federaciones ni confederaciones de trabajadores-cuyos directivos demostraron no estar a la altura de sus representados-, sino de los gremios; el colegio médico y los colegios magisteriales. De su seno surgieron los nuevos líderes de la indignación popular, cuyo llamado es a la movilización popular permanente, con el compromiso de mantenerse indefinidamente en las calles, sin darle cuartel al régimen.

No confían más en el Congreso ni en el Ejecutivo. Porque saben que aún persiste la amenaza, ya que siguen vigentes los decretos ejecutivos que declaran ilegalmente el Estado de Emergencia en los sectores de salud y educación, para discrecionalmente reorganizar la administración y despedir masivamente a los trabajadores. En otras palabras, el retiro del proyecto en el congreso no ofrece garantía alguna, porque todavía persiste la amenaza real sobre los trabajadores y sus conquistas.

Si se desmovilizan los movilizan para sus casas despedidos. El dilema es que si regresan al trabajo se quedan sin trabajo y si no regresan también. La diferencia consiste en lo siguiente: en el primer caso, reducido a su nivel de tolerancia el ambiente político, los despidos pasarían desapercibidos; en cambio, en el segundo caso, los despidos contribuirían a intensificar la indignación popular y al crecimiento de las movilizaciones populares, poniendo en riesgo la estabilidad del mismo gobierno.

La torpeza de los políticos y de los legisladores que promovieron, aprobaron y luego defendieron ese decreto infernal, es infinita. Lo hicieron en la víspera del Día del Trabajador. Un simple error de cálculo lo convirtieron en insumo eficaz para la cohesión de los movimientos sociales que, hasta ahora dispersos y fragmentados, sufrían resignados las consecuencias de sus errores y de las arbitrariedades del gobierno.

El éxito del movimiento social que anima la indignación popular que logró poner de rodillas la prepotencia de las elites políticas y económicas, depende no de los liderazgos rosas, sino de los surgidos del seno de esa indignación organizada, siempre que se eleven por sobre sus reclamos meramente gremiales y orienten al pueblo hacia la redención de todas sus desgracias, que son muchas.

¡Feliz Día del Trabajador! ¡Feliz aniversario Criterio!

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