San Pedro Sula y El Merendón, un último llamado

Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Me ha tocado decir que me da pena ver que los aldeanos y los indios en el interior de Honduras defienden con sus vidas sus recursos, sus ríos y sus cerros, sus bosques y su tierra contra depredadores, pero los ciudadanos de San Pedro ni se enteran, siendo la población con más mundo, poder y más escolaridad.

Y es que teníamos una relación distinta con El Merendón, quizás muy difícil hoy, cuando éramos niños. Mis compañeros de aula y yo íbamos de excursión a la montaña que era de todos y de nadie en particular. Nos organizaba el Profe Lagos y nos quedábamos a menudo la noche en la punta, lejos del calor. Nos bañábamos como si fuera El Paraíso en sus quebradas y pozas. Regresábamos el domingo por la tarde, bien cansados. A veces moreteados por un resbalón en un tetunte. Recuerdo una vez que regresé con solo un zapato, por picardía de algún guillen.

San Pedro se fundó aquí porque estaba en el camino (a una jornada del puerto) a salvo de inundaciones, aunque de la Montaña nacían cuatro ríos de agua buena (Chotepe y Río Piedras, Bermejo y Río Blanco) y porque su elevación podía servir fines de defensa. Y es una relación simbiótica. O lo protegemos al Merendón con sus aguas, o deja de protegernos. Sirve –verde- para que los vientos alisios estrellen ahí las nubes que se precipitan, insuflan musgos y la esponjosa raíz de la selva, alimentan ríos y acuíferos y refrescan las temperaturas que pudieran ser peores. O –deforestado- expone esos frágiles suelos a merced de esos mismos vientos y, con la avenida del agua y la piedra rodada sobre el baldío, derrumba las casas y torres al llegar el huracán. Es lo que le pasó a Choloma aquí cerquita. Apocalíptico. Y casi sucede aquí, cuando andaba un maquilador de brazalete, haciendo bordos de emergencia con sacos de arena ante el Mitch. Pero no queremos entender. Y nos santiguamos.

Una antigua tradición alega que el Padre Subirana disgustado por la forma mundana en que vivían los sampedranos de entonces como hoy (circa 1860), despreocupados de piedades y beaterías ¡maldijo a San Pedro Sula! No es muy original tradición porque o es un disco rayado o habrá sido cierto que Subirana era un predicador loco que viajaba alrededor del país maldiciendo lugares a diestra y siniestra, donde no le hacían caso.

Y esa locura se conecta con el Merendón porque la misma leyenda recuerda que el santo o loco, según quieras, enterró un crucifijo en la falda de la montaña y le ordenó girar, claro muy lentamente, como se comprenderá, porque el milagro también atiende a la razón, hasta completar tres vueltas, con lo cual la montaña caería sobre la ciudad, como los muros de Jericó, se arrepintieran o no los sucesores de los impíos originarios con los que frecuentamos, cinco generaciones después. ¡Enterrándonos vivos a todos, beatos y ateos! ¡Habrase visto y le dicen santo! (Debería haber un procedimiento Garachana, para sacar locos del santoral popular, avise si le hace falta abogado del diablo. Talvez así se cuidan más los fantoches). ¡Contra la oscuridad, la ciencia!

Pero bueno es un hecho que, si hubiera continuado la deforestación de la primera mitad del siglo XX, el Merendón se hubiera desplomado sobre nosotros ya. Que desde los sesentas comenzó una reacción y se ha intentado enfrentar él problema desde la llamada sociedad civil, con fundaciones ya fracasadas. Pero que fracasaron ¡porque el problema es político, igual que la solución! Porque es toda la comunidad la responsable y no unos cuantos. ¿Ignorancia o corrupción? ¿Quién la privatizó?

Hubo un alcalde visionario que compró el Merendón para protegerlo y es un héroe, junto a varios que después lo ampararon con ordenanzas, de distintos partidos. Y la destrucción le ha llegado al Merendón por alcaldías faltas de visión, que -por la razón que sea- permiten destruir su cresta y la zona de infiltración. Con desarrollos millonarios al pie del cerro y invasiones en el área reservada del Acuífero. No tiene escapatoria quien, siendo el gran contratista, se presente como defensor del ambiente, aunque saluda la deforestación atrás y arriba, permite la pavimentación de Piedemonte donde se nutren los acuíferos del escurrimiento y se hace el desentendido con la destrucción de los cauces. ¡Es político el problema! ¡La contribución!

Y estos quieren ir a la calle vestidos de verde inocente, como si fueran al quirófano, sin que haya un Partido Verde, en vez de exigirle respuesta y responsabilidad a todos los colores complicitos en la toma de las decisiones destructivas, o las negligencias que nadie ha cuestionado. Necesitamos un proyecto político para salvar a la ciudad. Solo la política nos puede salvar.

Y no solo al Merendón. Aunque no lo divulgan los medios mercantiles, he escuchado a un par de diputados hablando con lucidez al respecto y a otro par de miembros activistas, con claridad. Los regidores más bien se han alineado con los poderes. Invito a mis correligionarios a izar un proyecto de ordenamiento científico en El Merendón. Arriba de la cota 200, la montaña debe ser intocable. Y abajo, en el pie del monte, debería estar prohibido encementar el suelo. ¡Que construyan palafitos si quieren sobre llanos ajardinados! ¡Cero invasiones! Ahí debería haber parques también que se conectaran con la montaña, igual que con el núcleo del Acuífero, con guías entrenados para enseñar la biología y la hidrología a los estudiantes e interesados.

Solo un proyecto político puede hacerlo efectivo. Y solamente un Partido sin compromisos mercantiles puede abanderar ese proyecto. Siempre y cuando descartemos el lastre de los vendidos. Y, si no se puede con otro, busquemos al candidato independiente que enfrente en elecciones generales a las maquinarias partidistas, apoyémoslo en las mesas, recuperemos el patrimonio natural, que nos confiaron las generaciones anteriores y que debemos entregar a la posteridad. Y si no lo hacemos, que se nos reclame.

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