La miseria del ritual político ha comenzado ya

Por: Óscar Marroquín

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Óscar Marroquín

Tegucigalpa.-Ese profundo deseo por acariciar de cerca el poder, entorpece aquí, y ahora toda razón propia o extraña; cuando el ritual se abre las pasiones se encienden, enemigos son todos los que no son el “yo”, es decir, el “yo” que salva a los demás de la pobreza, el “yo” que puede con su manto sagrado cubrir a los desempleados, el “yo” que pronto terminará  con la violencia social, el “yo” que de un golpe político terminará con el neoliberalismo, el “yo” que no huye precisamente de la modernización, sino que la busca afanosamente aunque ésta nos coloque frente al desgarrador panorama del medio ambiente.

Aunque, a decir verdad, este “yo” se piense para sí mismo: primero “yo”, después “yo” y por último “yo”, en otras palabras el tal pueblo no figura en el “yo” de los políticos, es nada más una invención sin cuerpo, pero necesaria de ser mencionada en los asquerosos discursos de cada cuatro años.

Todos creen tener esa magia espontánea para resolver y disolver los problemas que ya hunden a la sociedad en el hartazgo de la pobreza con firme paso hacia la miseria. Y es que ese ritual de lo político sigue en su afán de olvidar a la sociedad, de ignorarla, de apretujarla de consignas vacías, de llevar hasta el último rincón el mismo discurso de siempre, que miseria la de los políticos, que extraña forma de no comprender que en América Latina y otras latitudes del mundo hay crisis de los sistemas políticos, en palabras más sabias, hay un distanciamiento entre la sociedad y sus representantes, sin embargo, estos los mal llamados políticos, siguen empecinados en creer que la sociedad los espera con los brazos abiertos cada cuatro años.

De este ritual nadie se salva, es como una especie de maldición que se enciende y se apaga cada cierto tiempo; buenos son los que no están en el poder, malos los que están en él, y así infinitamente, los buenos y los malos, los malos y los buenos, todo depende de quién en ese momento gobierne a la hora de abrir el telón. Los partidos políticos pues son malos y al mismo tiempo buenos, los partidos políticos se necesitan mutuamente, se rasguñan pero no se matan, son entre si una necesidad necesaria, se odian en público y se abrazan en privado, son una especie de matrimonio sin expectativas de divorcio.

Unos dicen ser abiertamente neoliberales, otros lo contrario, pero ambos buscan afanosamente llevarnos por el sendero de la modernidad, de la modernización, por el camino de la economía racional, por los vericuetos de la apasionada filosofía del consumismo desenfrenado y desafiante a las leyes de la naturaleza, y en ese vaivén van quedando millones de excluidos, de marginados, de inservibles seres humanos que no producen ni consumen.

Las desafiantes caravanas de los marginados, huyen de todo y de todos los políticos, buscando un cobijo económico, un sueño no encontrado en su propio suelo; dejan tras de sí lo poco que quedaba de cultura, de raíces sociales, de costumbres propias de la tierra que los vio nacer, en fin, lo dejan todo atrás en búsqueda de su propia solución, y atrás también dejan la verborrea de los políticos, la simbología, las consignas. Todo aquello que apeste a farsa, venida desde la política, ya no forma parte del que hacer de los marginados.

De este miserable ritual político, los especialistas llamados PASTORES EVANGÉLICOS obtienen también una tajada del pastel, nadie pues se queda por fuera.

Los poderes fácticos también hacen sus cálculos, sobre todo porque hay asesinatos por esconder, tal es el caso de Berta Cáceres, y otros hombres y mujeres que han sido asesinados por orden del eternamente poderoso capitalismo.

De este miserable ritual llevamos ya un poco más de un siglo.

Ahora esos “buenos y malos” políticos han comenzado de nuevo con el ritual: Partido Nacional, Liberal y Libertad y Refundación, ya han comenzado a mostrar sus dotes de cómo hacer realidad lo irreal, bendecidos por Dios y el Diablo al mismo tiempo, tienen en sus manos la magia de transformarlo todo, aunque ese todo al final termine por quedar igual o peor; entre tanto, la sociedad opta por el fundamentalismo religioso,  por el futbol algunos, por la sexualidad otros, por la violencia callejera y el placer de asesinar a sangre fría, por la prostitución de la interminable noche, en fin por cualquier otra con el ánimo de escapar del ritual de la farsa de lo político y de los políticos.     

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