Más allá del ¡fuera JOH!

Por: Eugenio Sosa

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Fuera JOH
Eugenio Sosa, sociólogo hondureño.

Tegucigalpa.-Tenemos cuatro años con la consigna de “fuera JOH”.  Se ha convertido ya en un significante vacío. Es decir, en el imaginario de que hay que deshacerse de algo o alguien que hace mucho daño, pero que no se sabe que lo va sustituir. Se supone que con lo que venga estaremos mejor. Los significantes vacíos son clave para la movilización política, pero no constituyen proyectos políticos en sí mismos. 

Lo anterior no niega que Juan Orlando Hernández (JOH) debe abandonar la Presidencia de la República, porque le ha hecho mucho daño al pueblo hondureño. Se impuso en la Presidencia de la República por un segundo periodo de manera ilegal e ilegítima. Ha profundizado la “captura” de la institucionalidad estatal y la concentración de poder, ha profundizado la concesiones neoliberales del territorio nacional y de los bienes comunes, y lidera una élite política con fuertes implicaciones en las redes de la corrupción y del crimen organizado. Pero la salida de JOH no basta, no es suficiente, hay que ir más allá, hay que pensar y actuar más allá. Los ejemplos están “a la vuelta de la esquina”, en Guatemala las movilizaciones ciudadanas lograron derrocar al presidente Otto Pérez Molina en el 2015, pero eligieron a Jimmy Morales, presidente actual de Guatemala, que no ha significado ningún cambio para el pueblo guatemalteco. La lucha fue importante, no se trata de despreciarla, fue relevante, pero hay que reiterar que no es suficiente.

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Los significantes vacíos contribuyen a la movilización ciudadana, tanto en las calles como en las urnas. Los significantes vacíos como “fuera JOH”, son muy útiles para ganar elecciones, pero no para gobernar o impulsar un largo proceso de transformación de la sociedad. Para ello, se requiere mucho más que un significante vacío, se requiere un proyecto político, un programa de transformación democrática.

Enfatizo el carácter democrático de la transformación, porque la disyuntiva en la coyuntura política de largo aliento que se abrió en la sociedad hondureña con el golpe de Estado del 2009 no es entre dictadura o revolución, ni entre insurrección o elecciones, u otra disyuntiva política similar. En términos políticos la disyuntiva fundamental es entre autoritarismo y democracia. La tarea política principal de las fuerzas sociales y políticas progresistas es la construcción de la democracia, porque es desde una política democrática que se podrá enfrentar los viejos y más recientes problemas estructurales como la pobreza, el desempleo, la desigualdad, la violencia y criminalidad, la corrupción y el colapso de la institucionalidad estatal.

A finales de los años ochenta, en el contexto internacional del derrumbe del socialismo real y de los Acuerdos de Paz en la región, se cerró la época de la revolución social en Centroamérica, no se ha abierto una nueva época revolucionaria y tampoco se visualiza en el horizonte inmediato. Como lo dijo el maestro Edelberto Torres Rivas, quien acaba de partir el 31 de diciembre de 2018, “hoy la revolución es más necesaria que nunca, pero menos posible”. Sin embargo, en la sociedad hondureña los pequeños cambios reformistas tendrían un significado revolucionario. Tan sólo plantear políticas pos-neoliberales, es ya revolucionario, en algún sentido.

 Las transformaciones que requiere la sociedad hondureña son todavía de inspiración liberal, como elecciones limpias y transparentes, garantizar el respeto al pluralismo político, la construcción del Estado de Derecho, inclusión social y política de la juventud, políticas públicas para enfrentar la exclusión y la desigualdad social, respeto y garantías de cumplimiento de los derechos civiles, políticos y sociales e inclusión real de las mujeres y de los pueblos originarios, entre otros. Para esto no hay modelos a seguir. Podemos recuperar los legados de diferentes experiencias revolucionarias, pero no son modelos a calcar para la sociedad hondureña. Así que toca asumir el desafío que hace décadas planteó José Carlos Mariátegui, “ni calco ni copia, sino construcción creativa”.

Un proyecto político transformador debe retomar los mejores legados del pensamiento crítico emancipador, como el marxismo. Hay que recuperar desde América Latina los aportes de la teoría de la dependencia, de la pedagogía del oprimido y de la teología de la liberación. Así como incorporar los aportes de las teorías feministas y de las teorías decoloniales. Pensar la política desde la pluralidad del pensamiento crítico emancipador es lo que posibilita escapar a los dogmatismos y sectarismos que tanto daño han hecho a los proyectos de cambio en América Latina. La historia registra luchas internas sectarias en las izquierdas tan cruentas como si fueran enfrentamientos entre enemigos.  Sin teoría, sin pensamiento, sin reflexión, no puede haber acción transformadora. Hoy en día no se puede desconocer que la política se juega desde los Twitter y los mensajes de Facebook (en las redes sociales), que son claves para movilizar, pero no bastan, no sustituyen la teoría y el pensamiento para construir un proyecto transformador sostenible. 

Un proyecto político de transformación democrática no puede desconocer, que el fenómeno de la corrupción se ha vuelto central en la política en América Latina. Por la corrupción caen gobiernos, se ganan elecciones, y también se pierden elecciones. Un proyecto político de trasformación democrática de Honduras debe incorporar la dimensión ética en serio.  Como lo ha dicho Andrés Manuel López Obrador (AMLO), “no se vale la corrupción de los de afuera, pero tampoco se vale la corrupción de los de casa”.

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