Razones funcionales de la Humanidad: misión universal de todas las profesiones

Por: Irma Becerra

La función social de las profesiones es universal porque hace referencia a la posición de integrante fortalecedor de los vínculos comunitarios de cada individuo de una asociación humana en igualdad para forjar la sociedad y de los cuales no puede vivir aislado o separado. El individuo humano necesita de los demás, de sus congéneres en tanto auxiliares para poder vivir, desarrollarse y progresar. Por eso el individuo humano se encuentra inmerso en una relación dialéctica entre dependencia y emancipación de los demás, que muchas veces trae conflictos y problemas, sobre todo si en la relación mutua pesan más las dependencias que las libertades para madurar socialmente porque en ella intervienen poderes fácticos que instrumentalizan a través de la coacción el establecimiento de la coerción abusiva de un poder que por ello no es legítimo, porque se basa en la fuerza y no en la concientización de las personas.

Eso significa que aquellos individuos corruptos desvirtúan la función emancipadora de esas relaciones en tanto utilizan el poder individual de cada persona para fines puramente de dependencia egoísta que, al final, no son sociales porque se convierten solo en relaciones en el que los demás son simples subordinados de un falso líder que promete lo que no puede cumplir: hacer de la función social una fuerza legal para la transformación verdadera del poder individual en un estímulo de concientización de los demás hacia su verdadera independencia moral, política y sicológica.

Lo anterior significa, además, que cuando el individuo y especialmente el individuo dirigente es corrupto, se desvirtúa y deforma la función social inherente a las relaciones humanas, (relaciones de colaboración y ayuda mutua sin sumisión), transformándose en una relación disfuncional que pervierte el espíritu y limita la mente y la voluntad de la otra persona, sometiéndola a la voluntad indiscutible o que no se puede cuestionar y poner en duda del corruptor que niega con ello la condición de persona a los que están sujetos a su subordinación indiscutible.

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Los intereses disfuncionales egoístas son tales porque, tal como señala, Nuria Torres Marcos, “no funcionan de forma adecuada, yendo en contra de la satisfacción y el equilibrio de sus partes”, es decir, van en contra del avance hacia adelante y el proseguir hacia mejor de la Humanidad, retrasando el progreso y el desarrollo. Son, entonces, relaciones históricas tóxicas en la que hay, según la autora que estamos citando: “una falta de comunicación que provoca un déficit en la resolución de conflictos que originan, problemas comunes y problemas individuales, lo que conduce a discusiones y peleas frecuentes…por lo que no hay reforzamiento ni disfrute. En esas relaciones tóxicas no se escucha al otro, no se llega a acuerdos, no se agradece ni hay motivación y no se comparte ni piensa en el otro sin olvidarse de uno mismo”. Por lo tanto, en esas relaciones disfuncionales tóxicas se niega la historia; no hay verdadera evolución de la función social en tanto momento y mecanismo cohesionador de los intereses diversos para que el diálogo tenga éxito al reconocer a todos los participantes del mismo en igualdad de condiciones, ya que ello condicionaría su reconocimiento como entes sociales que poseen relevancia para los demás y son por ello importantes en su accionar y su existencia misma.

La función social de reconocimiento y recuperación de los intereses funcionales de la Humanidad que son el respeto, la responsabilidad por los demás y por uno mismo y la integridad o el coraje de permanecer auténtico a uno mismo pese a las circunstancias cambiantes de la vida, esa función social, repetimos, es común a todas las profesiones y constituye la dialéctica interna de su universalidad científica porque cada profesión se crea para satisfacer con eficiencia y con éxito necesidades sociales que la comunidad está exigiendo.

Desde esta perspectiva, la función social es universal a todas las profesiones humanas ya que les da a éstas sentido a su existencia como formas y mecanismos de humanización de la vida misma. Por eso todas las profesiones poseen en común una Ética Ciudadana que establece la formación auténtica de los profesionales en un sentido de poner la profesión al servicio público o al servicio de los intereses de los ciudadanos, es decir, para que éstos se beneficien de los conocimientos del profesional en todos los ámbitos de la forja de su propia vida, sirviendo todos al Bien Común. O sea que ese beneficio no debe ir en contra de las leyes o los propósitos de la verdadera democracia y el Estado de Derecho para ser legítimo, y su criterio de verdad es el ejemplo práctico que da cada individuo al momento de aplicar su conocimiento a la construcción tanto simple y compleja de la sociedad más justa y humanitaria en el transcurrir del tiempo: la profesión, entonces, vista al servicio de la construcción de justicia y humanización en la historia.

Esto quiere decir, por lo tanto, que nos encontramos en una época que le otorga poder significativo de vigilancia al individuo para que la ley llegue a todos los ámbitos de la vida cotidiana, donde normalmente no llega y donde se deforma la función social reduciéndose en una destrucción tóxica pasiva que mina la iniciativa y la energía mutuas. En el mundo de hoy, ahora le toca el turno al individuo: el poder lo tiene cada persona honrada y honesta con su integridad y su fuerza de carácter para defender las razones funcionales de la Humanidad contra los intereses y vicios disfuncionales tóxicos que retrasan la evolución humana. Las relaciones disfuncionales llevan a la apatía y a que las personas se vuelvan mustias y estén agobiadas por la oscuridad a la que conducen, porque su modelo es la sumisión y el autoritarismo sin la posibilidad alguna de cuestionamiento. Cuando las personas son obligadas a mantenerse en la ignorancia, la ceguera y la opresión se corrompe su espíritu de independencia y emancipación que no es más que la oportunidad de comportarse sin tutelaje alguno, como entes maduros, sean jóvenes o adultos. Por eso la verdadera misión de las profesiones y los profesionales es generar autonomía de la conciencia en una sociedad, para que las personas no se encuentren en situación de culpable inmadurez y desarrollen iniciativas en la protección de su propia personalidad.

Por lo anterior, debemos permitirles a las profesiones progresar porque debemos permitirle al progreso a su vez progresar y avanzar históricamente, sobre todo si queremos salvar nuestras sociedades y nuestras naciones del descalabro y el hundimiento total del “síndrome del Titanic”, que ya no permitiría a las generaciones futuras recuperarse. Es este nuestro deber como ciudadanos responsables que estamos en capacidad de retomar el control que nos han quitado los corruptos si nos unimos todos en la protesta social de restablecimiento de la Ética Espontánea Ciudadana y la fuerza vital y existencial de la Resistencia civil por descubrir y fortalecer las razones funcionales de la Humanidad. Por eso estamos obligados a no perder la fe y la esperanza en nuestra propia población, e insistir y persistir con fuerza y firmeza indomables en la misión de defender la fortaleza universal de la función social de los individuos humanos conscientes de su pertenencia a la especie Humana que no olvidan que ésta es una especie sublime y única. Y por eso, estamos obligados a crear y generar respaldo ciudadano a las iniciativas y propuestas de nuestros representantes y diputados más honestos, como profesionales que reestablecen la función social para realmente hacer un esfuerzo por no dejar solo al pueblo.

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