Si no comiste donde “Don Tito” no te graduaste en la “U”

 

 

Don Tito
Abigail Tito Valle Mejía, es el nombre del famoso don Tito, quien desde hace más de tres décadas y media atiende a los universitarios en su caseta de comidas y golosinas.

Por: Redacción CRITERIO

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Tegucigalpa.- ¡Deme una arquitecta! ¡Quiero una pasantía!, es parte de las demandas que a diario se escuchan en una pequeña caseta ubicada en los predios de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) donde es casi imposible que ningún egresado de la Alma Mater no haya pasado en algún momento de su vida estudiantil. Ahí está don Tito listo para atender a cualquier comensal.

Don Tito
Don Tito y su fiel compañera de vida y de lucha diaria, doña Orfilia, atienden a su clientela desde hace más de 34 años.

Don Tito ofrece una amplia gama de platillos con nombres que le dan—-según él—una especial preponderancia a las diferentes carreras universitarias, “el eco y el yo”. Oriundo de Ocotepeque, pero radicado desde niño en el departamento de Olancho, don Tito nos cuenta cómo fue que se enroló en la venta de golosinas en la “U.

Abigail Tito Valle Mejía es su nombre, tiene 80 años, está casado con doña Orfilia Moncada, su fiel compañera de trabajo y de vida, con quien procreó tres hijos, dos mujeres y un varón, todos ellos profesionales universitarios.

Se define como un hombre simpático y platicador. Autodefinición comprobable porque es cierto que es dicharachero y buen conversador. Tan bueno para las pláticas que en apenas 25 minutos nos resumió su larga y polifacética vida. Su simpatía y la ausencia del pánico escénico lo hicieron ser locutor en la Radio Juticalpa, en la ciudad de Juticalpa, Olancho, cuando apenas era un joven de entre 22 y 23 años. Ahí fundó tres programas: Una marimba al atardecer, Llamando a su corazón y otro de música popular. De manera esporádica sacaba al aire un programa de música clásica, con el que le hurgaba el ego a sus radioescuchas olanchanos a quienes les decía: “Por favor no me escuche que esto es para personas cultas”. Mientras hacia un gesto singular en su cara, nos relató que esa frase hizo que su programa fuera bastante escuchado, porque todo mundo quería ser o por lo menos aparentar que era culto.

Don Tito
Don Tito, dice sentirse cansado pero todavía con ánimo y fuerza para seguir atendiendo a los universitarios con sus peculiares platillos.

Mientras se desenvolvía en la cabina de la radio, donde además leí poemas de su puño y letra, se convirtió por ocho años en el tesorero municipal de la alcaldía de Juticalpa, donde puso a disposición sus conocimientos contables adquiridos en el Instituto San Francisco de Tegucigalpa, de donde egresó con el título de perito mercantil y  contador público.

Además del amor a la música y la cultura, que heredó de su padre, se unió a un cuerpo armado para defender  la Constitución, no era un revolucionario—según lo que él mismo nos dijo—-si no un simple defensor de la democracia porque defendió la institucionalidad allá por los comienzos de los años 60 cuando los militares y los sectores conservadores afines al Partido Nacional y del mismo Partido Liberal, asestaron el 3 de octubre de 1963 el golpe de Estado al entonces presidente constitucional, Ramón Villeda Morales.

Por su rebeldía y defender el Estado de Derecho, don Tito fue recluido durante 25 días en el presidio de Juticalpa. A raíz de su episodio su madre le dijo que prefería tenerlo mejor lejos pero vivo que cerca y muerto. Fue así como aplicó a un reclutamiento que estaban haciendo en el Banco Atlántida, el cual aprobó y luego se trasladó a Tegucigalpa tras ser contratado como contador con un salario de 200 lempiras. “Pero como siempre fui ambicioso solo estuve año y medio y me fui a Rivera y Compañía, donde su propietario don Roque Rivera me daba 500 lempiras”.

Estando en Rivera y Compañía, cuenta que para mejorar sus habilidades para los negocios, se matriculó en una escuela especializada en ventas, donde perfeccionó sus dones y de la misma manera mejoró su eficiencia en el trabajo logrando posesionar en Honduras una marca de cosméticos para niños. A los seis meses de haber sido contratado ya ganaba dos mil dólares de comisiones por las ventas, más los 500 del salario base. “Al ver tanto dinero me hice “bolo” (borracho), no hallaba en qué gastar el pisto”, dijo. En esa época de bonanza y que le duró al menos doce años, don Tito recorrió toda Honduras como agente vendedor.

Luego, su jefe lo mandó a estudiar ventas en México y fotografía en Panamá, para luego nombrarlo gerente de algunas líneas de ventas. Sin embargo, ya estaba cerca la muerte de su protector y con ello su salida de Rivera y Compañía, porque los herederos de dicho emporio e hijos adoptivos de don Roque Rivera, lo dejaron solo y de hecho al poco tiempo la empresa decayó por el mal manejo.

Don Tito
La cafetería “Don Tito” está abierta al público desde principios de los años 80.

COMIENZA DON TITO

Al terminar su ciclo en Rivera y Compañía, allá por los inicios de los años 80, decide instalar una caseta de venta de golosinas en la UNAH y se ubicó precisamente junto a una fotocopiadora que funcionaba al frente del edificio de Odontología, hoy conocido como edificio B2. Con el paso de los años la caseta fue trasladada a pocos metros de donde se instaló inicialmente, donde funciona en la actualidad.

Recuerda que en sus inicios sus negocio no tenía nombre, pero a raíz de que los estudiantes, docentes y personal administrativo, decían: “vamos donde don Tito”, fue que decidió ponerle al negocio “Don Tito”. Comenzó vendiendo churros y tacos, pero fueron estos últimos que lo hicieron famoso.

Don Tito
Antonio, Maziel, Isaac y los dos Alberto, se preparan para degustar los ricos hot dog que vende don Tito.

Antonio, Isaac, Alberto, Maziel y Alberto, cinco estudiantes de la cerrera de ingeniería eléctrica son parte de la clientela de don Tito. Ellos dicen que lo visitan de vez en cuando. No lo hacen a diario porque sus padres no les dan suficiente dinero para gastarlo en comida en la calle. Mientras se comían unos hot dog, uno de los Alberto decía que antes llegaban al lugar con mayor frecuencia porque don Tito vendía unas bandejas por 100 lempiras y que contenían la comida suficiente para saciar el hambre de hasta ocho personas. En efecto la venta de las bandejas fue prohibida por una comisión de la Universidad que, en su momento, alegó evitar una epidemia sanitaria por la manipulación de la comida de varias personas en un solo plato.

Mientras los chichos comentaban lo “quebrador” que había estado el examen de la clase de sistemas de distribución de potencias, en otra mesa se encontraba Alexander Argeñal, estudiante de ingeniería industrial. Alexander nos comentó que desde el primer día de clases ya sabía de la existencia de la caseta de Don Tito, porque su padre, que es egresado de la Autónoma siempre le platicaba de los ricos tacos y de los nombres peculiares de los platillos.

“Mi papá a veces cuando viene a Tegucigalpa, viene a la Universidad a comer donde Don Tito, creo que lo hace por nostalgia. Yo creo que no hay nadie que se haya graduado en la Universidad y que no haya venido a comer donde Don Tito”, nos comentó el estudiante procedente de la zona occidental de Honduras.

Don Tito
Los universitarios llegan desde tempranas horas a la caseta “Don Tito” en busca de comida. Pero es al mediodía cuando se registra la mayor demanda.

DON TITO TAMBIÉN ES ABOGADO

El negocio abrió inicialmente con el apoyo de familiares doña de Orfilia, porque al poco tiempo de haberlo abierto, don Tito decidió matricularse en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de donde egresó como abogado, profesión que ejerció durante un breve tiempo debido a que fue objeto de amenazas, ya que se orientó por la rama penal.

Después de esa corta época se reincorporó de llenó al negocio, ya con la ayuda de cuatro cocineras, que junto a su esposa hacían el gran equipo de “Don Tito”, para despachar sus peculiares platillos: Las y los universitarios, las abogadas, las arquitectas, las pasantías, las periodistas, las polideportivas, las maestrías, los abogados, los chorititos y otros platillos, que agradan el paladar de los universitarios.

Pese a todos los mal sabores que le dejó la lucha en los años 60, don Tito asumió un nuevo rol y desde su caseta se integró nuevamente a la política a través del Frente Amplio Transformador (MAT), un movimiento estudiantil de avanzada, que dejó luego de ser amenazado y víctima de chantajes.

Actualmente en la caseta de Don Tito trabajan tres mujeres originarias de la mosquitia hondureña, quienes ayudan en la cocina bajo la supervisión permanente de sus propietarios, que se dividen en turnos. A doña Orfilia le toca de 7:00 de la mañana a 1:30 de la tarde y a don Tito de 1:30 de la tarde hasta su cierre, a las 9:00 de la noche.

La crisis económica y los efectos de los altos costos de la energía eléctrica, también han tocado las puertas de la caseta Don Tito. Actualmente la factura por consumo eléctrico es de casi 7,000 lempiras y el costo por el alquiler de más de 27.000 lempiras.

“El negocio se ha ido a pique, no es gran cosa lo que se vende, nosotros luchamos y a veces les hago promociones, descuentos para atraer”, dice don Tito mientras recuerda con nostalgia los tiempos de bonanza cuando los chavos y las chavas llegaban a comprar las famosas bandejas, que hoy por orden de las autoridades universitarias ya no puede vender.

Siguen pasando los años y don Tito sigue siendo el hombre simpático de siempre.

Por su carisma y simpatía, don Tito es muy querido en la Universidad, tanto por los estudiantes, como por los egresados, personal administrativo y docentes.

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