El odio xenófobo, ¿amenaza global inadvertida?

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

            A las víctimas, con las victimas siempre, en todas partes

Particularmente en Occidente en términos relativos y con las excepciones del caso, nuestra generación fue afortunada. No vivimos una guerra mundial, la última terminó hace más años que el promedio de vida. Hace tiempo solo hay grandes hambrunas en estados fallidos de latitudes remotas, casi invisibles. Hemos visto contenidas las epidemias que surgieron, gracias a la buena ciencia y mejorada la calidad y prolongada la esperanza de vida. Hace tiempo, la ciencia descubrió la verdad simple que se esconde atrás del mito de la raza y enseñó a valorar la diversidad cultural frente a sus amenazas. Y desmontamos el racismo. Pero ¿entregaremos a los hijos un mundo en peores condiciones de aquellas en que lo recibimos, devastado por la Segunda Guerra? Al mismo tiempo la democracia, paradigma del progreso parece retroceder y resurge el colectivismo nacionalista, retroceden la integración económica en que estaba predicado un crecimiento dinámico y la integración social, en que se sustentaban la estabilidad y la coexistencia. Quienes nada tienen, tampoco sufrirán nostalgia ni reclamo. Han resurgido y de manera poco velada, como consecuencias de la desigualdad, nuevas formas de esclavitud en que la gente trabaja solo por sobrevivir, mientras otros ni con las ideas más estrambóticas alcanzan a gastar las fortunas que han acumulado por efecto simple del crimen o del mercado accionario.

Noam Chomsky ha explicado bien que sobre el futuro de la humanidad penden dos grandes amenazas trascendentes. El actual deterioro ambiental y la guerra nuclear potencial son las amenazas mayores. Porque no hay nada que la ciencia, pueda hacer para detenerlas. Hasta que no surja una conciencia universal que obligue al poder público.  Y porque su consecuencia ineludible supone la destrucción de las condiciones de existencia de nuestra civilización y condenan al sobreviviente a una involución en condiciones mucho peores que las actuales. Esa síntesis es irrefutable, solo quiero advertir un tercer peligro total. Cultural, fundamentalmente. La amenaza del resurgimiento en todas las latitudes de la xenofobia –de odios racistas, pero sobretodo fundamentados en diferencias culturales- que ponen de manifiesto la misma inseguridad fundamental generalizada y corroen la fibra de la convivencia pacífica y la amistad entre pueblos. Odios que devienen en mutuos, apelan a raíces milenarias, aunque más bien surgen intermitentemente y que son prácticamente ubicuos. Justificados, desde hace unos años por los nuevos populismos nacionalistas con que se quieren justificar los sistemas políticos fracasados. Conecto lo que aíslan las ideologías y los medios, que también alborotan y excitan esas pulsiones. Una paradoja en tiempos de la globalización. (¿No debería de ocurrir lo contrario?)

Ayer, aunque sin mayoría de los votos posibles ha sido electo Presidente de Brasil J. Bolsonaro, quien se ha expresado con épico desprecio acerca de los africanos y los indios de su país. Aquí mismo en Tocoa ayer y en Agua Blanca puede verse el odio que justifica la violencia contra los nativos defensores del agua. Un poco más lejos, allende del Suchiate ha quedado a la vista la reacción -no menos estremecedora por entupida- del nuevo fascismo del mexicano contra los centroamericanos que caminan por su país. Abruman las manifestaciones discriminatorias tóxicas, catalizadas por la propaganda del muro de D. Trump contra los latinoamericanos, a quienes califica de violadores y criminales, y prohíbe el ingreso a árabes musulmanes por extensión terroristas. En los EUA ha florecido un novel terrorismo contra los contrarios políticos y ayer contra los refugiados judíos, masacrados en la Sinagoga del Árbol de la Vida, en Pittsburg. Acaso solamente por conveniencia electoral inmediata. D. Trump, defensor del Klu Klux Klan antisemita pretende escandalizarse de la monstruosidad que él mismo ha desatado en el subconsciente colectivo americano y ha buscado legitimar con sus políticas, invitando al linchamiento. Haz patria, rezaba un graffiti ya a fines de los ochentas, ¡mata a un gringo!

¿Un turco? ¿Un sudaca? No se trata de problemas entre estados. El Estado mexicano incluso conserva -a último momento- una rancia tradición de sacrosanto asilo, que obliga a rectificar. Solo que el Sr. Peña N quería complacer al otro bucle llamando a los paisanos criminales violentos y una amenaza y afrenta a su soberanía, cuando quitaron unos portones que estorbaban su paso e ignoraron las metrallas que aprendieron a despreciar aquí. Antes que Bolsonaro, Trump ha sido el primero en justificar el sionismo con que Israel se apropia en exclusiva, de una ciudad emblemática de diversas religiones y culturas. Ostenta una amigable relación con Corea del Norte y con Arabia Saudita y es el soporte casi único del estado títere de Honduras que ha generado aquí la calamidad de la que huyen los compatriotas. Es a los perdedores como dicen allá, a los loosers a quienes desprecian, a los pobres musucos, a los cholos, no a La Argentina, Brasil, Perú, sus socios.

Vemos con más claridad estos odios xenófobos en la vecindad, pero florece ese mal alrededor del globo. Sabemos que hay xenofobia exacerbada en el Medio y también en el Extremo Oriente en donde se excluye y maltrata a nacionalidades y grupos religiosos. Y que, en mismo corazón de la Europa más civilizada, desde Suecia hasta Italia, avanzan los partidos neos nazis, desde Austria hasta La Francia, desde el Mar del Norte hasta el Mediterráneo, en donde la política antiinmigrante hace naufragar barcos de pobres diablos que huyen desesperados de la miseria y la violencia. Por supuesto que los odios de unos despiertan los de los otros, correspondientes y todos los odios deshumanizan para mejor victimar. En esa dinámica, y no en una cualidad intrínseca de nadie, radica su efecto disociador y disolvente profundo. Y ese efecto, a su vez, es el que provoca, lo sabemos hace tiempo, la turbulencia oscura y la inestabilidad que detona el caos.

Antes de llegar al primer quinto del s XXI, el mundo es un campo minado por el odio xenofobo. Dios lo estorbe. Pero lo que se puede entrever es que está amenazada en todos lados por este antiguo mal oculto y letal subyacente la paz precaria, lo que un amigo ha llamado la delgada corteza de la civilización. Quizás no habrá una explosión como dice T.S. Eliot o pocas estruendosas sino, antes que nos falten el agua y el aire o nos inunde el Mar Océano, sucumbamos entre fuegos de mil ráfagas dispersas, como las de Pittsburg ayer o entre gemidos taciturnos cuando nos terminen a cuchillo. Y esta condición también es un fracaso de los estudiosos de las culturas que NO alcanzamos a enseñar lo más elemental de lo aprendido hace tiempo. Que en rigor ninguna nacionalidad, religión ni cultura es mejor o vale más, ni tiene derecho a despreciar, subordinar o discriminar a ninguna otra.

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