Unión por Honduras

Por: Moisés Ulloa

Honduras es un país decadente. El cambio profundo es impostergable, pues estamos ante el momento histórico en que se socavan, ante la vista y paciencia de todos nosotros, los pilares en que se sustenta la República. Esto no es un criterio alarmista, es la triste y nefasta realidad en la que todos los hondureños despertamos diariamente. Acumulados a este criterio, la sociedad como tal ha perdido la brújula moral capaz de dictar la guía de los valores como un principio de rescate a la situación apremiante que hoy requiere de una acción impostergable.

Sin embargo, estoy con la seguridad de pensar que la moral y los valores no han caducado; simplemente se han adormecido, restan en un espacio que ha sido aprovechado por el mal. En este ambiente de acomodamiento general, hemos sido cómplices y las burbujas de la impunidad que alimenta la corrupción, los abusos y el sentimiento de superioridad que desprecia el sentido natural de defender y ayudar a los que más lo necesitan, ha ido en un crecimiento exponencial que se auto alimenta en un círculo vicioso. Para algunos el árbol del mal ha crecido tanto que no podemos cortarlo de raíz y si bien es cierto, no existen soluciones mágicas, si podemos hacer que los correctivos se ejecuten en el sentido apremiante que este momento histórico lo exige.

Ante esta realidad Honduras requiere de una unión de voluntades que sobrepasen el sentido político partidario. Este modelo de partidos políticos y de ideas que se encasillan bajo un color determinado, es el modelo que nos ha llevado precisamente a la encrucijada en que hoy nos encontramos. Sí, la política seguirá en existencia y por ende los partidos que la mueven, pero debemos volver la política al justo espacio que le corresponde. Opuesto a este criterio, esta carrera o lucha partidaria y divisoria por dominar plenamente los asuntos que determinan nuestra nación, nos ha invadido en cada faceta de la sociedad misma. Los gremios han sido politizados, el empresariado también y con esto, las propias soluciones a los problemas importantes del país han sido gravemente dañados con la politización. Nuestra educación, nuestra seguridad, nuestra salud, nuestra capacidad productiva, todos y cada uno de estos aspectos, tienen el control extremo del afán político.

Incluso la intelectualidad ha sido politizada y en ese ambiente, cada idea, cada intento, cada iniciativa que se enmarca como punto de partida para determinar el rumbo del país, es inmediatamente cortada, desacreditada, desprestigiada y desechada, simplemente porque no proviene del grupo del color político del momento. Esto impide que se establezcan políticas de gobierno firmes que sean sostenibles con el tiempo y le brinde continuidad a las áreas fundamentales de desarrollo social, de movilidad ascendente y por ende de crecimiento. Nuestra idiosincrasia Maya la hemos llevado a un extremo y destruimos por sobre los avances positivos que otros han construido. Muchos debaten que para que un país se una en prosperidad, primero este debe de sufrir; pero creo que Honduras ya alcanzó ese punto, ya hemos sufrido suficiente.

Debemos  unir la voluntad patriótica con la finalidad principal de realizar una reforma a la estructura básica de la sociedad y del estado. No un plan, pues de planes y estudios estamos hasta el cuello, sino verdaderamente de una ruta de desarrollo de los próximos 40 años, basados en cuatro campos y sustentado por un modelo económico con rostro humano: Educación, Salud, Seguridad y Productividad. Mediante esa reforma se debe pretender un objetivo, establecer la ruta a seguir que propicie el crecimiento y protección de la clase media del país, pues un país grande y próspero, es un país con una robusta clase media.

Pero para llegar a este objetivo, tenemos que dar un firme primer paso, debemos retornar a nuestro país a la senda democrática. Esto implica la separación del poder de quien hoy lo ostenta de manera ilegítima y la implementación de una especie de junta de transición que coordine las reformas electorales necesarias y encauce la administración pública en un ordenamiento y control de los recursos del estado, actualmente despilfarrados en campos ajenos del bienestar social. Este acto no puede ocurrir sin la unión abnegada de las fuerzas en oposición. Por eso hacemos eco, aplaudimos y acompañamos las iniciativas y esfuerzos enmarcados precisamente en lograr una unión por Honduras en donde los actuales líderes políticos no sean, en este momento, los protagonistas en ocupar el poder público que hoy se encuentra secuestrado.

El compás moral debe despertar, las voluntades honestas del país se deben de unificar no de una manera utópica, sino que real. Honduras no puede continuar en el camino de la dependencia mesiánica, en espera que un líder vendrá a solucionarlos los problemas. El país requiere hoy del conjunto de varios líderes que reconozcan y motiven la colectividad nacional a enrumbar sus destinos. Nuestra generación es la llamada a dar ese paso, aunque los beneficios principales de esta propuesta no necesariamente los veamos nosotros, pero que sea la herencia para nuestros hijos y nuestros nietos. Ya no debemos conformarnos ni pretender soluciones cosméticas, cortoplacistas, debemos apuntar a la excelencia y eso únicamente se logra con disciplina, con el compromiso, con constancia, con tiempo y con la unión de todos los sectores.

Caso contrario no tiene sentido gritar “Fuera JOH”, si el que lo reemplace será quizás igual o peor que el actual dictador y aunque no lo sea así, no gozará del sentir de las mayorías, pues nuestra sociedad está polarizada. Se debe en este sentido buscar solución enmarcada en la buena voluntad de una colectividad capaz de entender que la respuesta a los problemas que actualmente afrontamos y las carencias que como sociedad hoy existen, es producto de una política egocentrista. Cuando los buenos y honestos (mujeres y hombres) hondureños nos unamos en el afán correcto de la solidaridad y el bien común, lograremos sobrepasar las barreras ideológicas y partidarias que hoy nos separan.

La inseguridad, el hambre, la ignorancia afecta a todos y todas, sin importar color. En ese 67% de pobreza existen de todos los partidos, nos debería de dar vergüenza recibir un voto de estos humildes compatriotas al que los gobiernos de forma sistemática han sido incapaces de darle el mínimo de solución a sus necesidades básicas. Esta es la peor hipocresía política, llenar las barrigas al hartazgo producto del sacrificio de los más necesitados.

De no comenzar un movimiento sincero en unión con la gente buena del país (que existen, pero que están solapados), entregaremos para siempre nuestra patria a las garras de los malévolos, estos que hoy se la han adueñado por nuestra permisividad y así también de otros iguales o peores, que se encuentran haciendo fila esperando su turno. Únicamente en unión franca y valiente, lograremos hacer la reforma que el país requiere y que se lo adeudamos a las generaciones siguientes. Caso contrario, la caravana se convertirá en avalancha y todas las mujeres y hombres de esta patria tendremos (unos antes, otros después) que abandonarla y dejar que el mal sea quien reine para siempre. De proseguir por esta senda, el nombre Honduras no será la definición que determine la intensidad de una idea, sino la distancia aquella de los anhelos inalcanzables.

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