La revolución socialista norteamericana precede a todas las demás

Por: Irma Becerra

Se escribe por allí que Estados Unidos de Norteamérica “es el sueño y la pesadilla del mundo”. Hay razón en ello, porque ese país ha sido hasta hace poco tiempo tanto tierra aventurada de inmigrantes, como “guardián internacional” de la democracia representativa y la república capitalista burguesa, a la que incluso sus ideólogos más recalcitrantes, en la persona de Francis Fukuyama, proclamaron como “el fin de la historia”. Este culto al republicanismo es contradictorio, porque en la práctica histórica, los Estados Unidos se comportan como un imperio que se ve obligado a atenerse a las limitantes de una república democrática, mientras expande su poderío militar y económico a nivel mundial, contradiciendo de ese modo los propios principios del republicanismo político y filosófico. Ello constituye su mayor contradicción interna: la necesidad de expansión imperialista y privatización y apropiación neocolonial territorial, por un lado; y, la condición de tener que obedecer las determinaciones democráticas que prohíben el uso de la fuerza bruta para tales fines imperiales agresivos y militaristas, de otra parte.

Pero no siendo suficiente lo anterior, Estados Unidos de Norteamérica, arrastra otras graves contradicciones en su historia originaria. De hecho, proclamaron en 1776 su derecho a liberarse por medio de las armas y a través de la guerra de independencia del dominio impuesto por el imperio británico, sin reconocer ese mismo derecho al resto de los pueblos y naciones del mundo, y sin abolir la esclavitud en Norteamérica. Fue necesaria otra cruenta Guerra Civil desde 1861 a 1865 para mantener unido al país, bajo la presidencia de Abraham Lincoln, que se atrevió, pese a sus dudas internas, a abolir el esclavismo con su Proclama de Emancipación de 1863. Esas son graves contradicciones de la historia estadounidense que vuelven en la actualidad aún más necesaria la revolución mundial democrática por la vía de la evolución pacífica histórica, que con su fuerza legal salda la enorme deuda contraída con tantos caídos y muertos en aras de la libertad, la igualdad y la fraternidad humanas.

Lo anterior significa que cuando hablamos de la historia de Estados Unidos hablamos de la existencia de graves consecuencias para el proceso de legalidad de la historia y los pueblos del mundo, ya que se trata de una historia política incompleta en un país de inmigrantes con vidas personales rotas por la adaptación cultural bárbara a la que se han visto sometidos, y, que, por tanto, es un país en el que la diferenciación de la identidad nacional es sumamente compleja e incompleta en la que están en pugna graves conflictos culturales que se presentan como conflictos de civilizaciones enfrentadas y que determinan el racismo, la xenofobia y el fascismo de sus tendencias más propagadas como es la minoría blanca de origen inglés e irlandés que es la que ha votado al presidente fascista Donald Trump para un ejercicio del poder omnímodo actual de esa minoría.

La militarización imperial al interior del país por dicha minoría, con su fanatismo religioso puritano, sus sectas racistas y sus medios de comunicación masiva determinan una gran desigualdad y discriminación que convierten a su población en una de las más desinformadas del mundo. Con ello se violenta el derecho a la legalidad histórica entendida en dos direcciones: como derecho a tener derechos de la población y como proceso sujeto a leyes en los que juegan un papel preponderante la personalidad de las personas más conscientes de que los grupos elitistas y los políticos deben superar las contradicciones de su propia historia, si quieren que los países transformen la democracia liberal representativa en democracia revolucionaria iluminista participativa, como un nivel superior de hacer política para el pueblo y volver así concreto el legado de Abraham Lincoln cuando dijo: “la democracia es el gobierno de la gente, por la gente, para la gente”.

La creencia de que en política se tiene que reaccionar como la gente espera o no espera, sin que el político crea en ello verdaderamente, y sin ser por ello auténtico y sincero, esa falta de carácter puede costar la vida como ocurriera al propio Abraham Lincoln a quien, pese a todo su progresismo, su formación de abogado le impidió creer de forma absoluta en la igualdad de todos los seres humanos y cuyas dudas al respecto, al final le llevaron a decir que “todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son”. No obstante, lo anterior, es necesario rescatar de la concepción filosófica de Lincoln su ética del éxito como confianza en uno mismo, así como la determinación de vivir una vida digna lo que le hiciera formular que “al final lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”. Igualmente, importante y decisivo, sobre todo para una visión actualizada del socialismo norteamericano para nuestro tiempo es su consideración del derecho en historia formulado en los siguientes dos pensamientos: “Tiene derecho a criticar quien tiene un corazón dispuesto a ayudar”, y, “Ningún hombre es demasiado bueno para gobernar a otro sin su consentimiento”. Como vemos, pensamientos éstos que vuelven determinante tanto el esfuerzo propio individual como la necesidad histórica de formarse para gobernar y de crear esfuerzos propositivos y no solo crítica destructiva de los hechos y las situaciones reales en política.

Sin embargo, y pese a éstos aportes, como líderes mundiales los políticos norteamericanos no han logrado superar la contradicción republicana de su imperio y que constituye otra grave limitante de la forma de gobernar de los próceres y presidentes norteamericanos: caracterizarse hasta ahora por su falta de contundencia cuando se trata de proclamar la igualdad en dignidad de todos los seres humanos y la necesidad de la paz perpetua entre los pueblos que se deriva de ella.

Esto ha significado que, a su vez, los dictadores latinoamericanos que se pliegan a la política injerencista de los gringos, vean en esa falta de contundencia de éstos últimos una oportunidad para solicitar su apoyo a las políticas antisociales y restrictivas que ellos mismos aplican, y que convierten al Estado latinoamericano y hondureño en un poder absoluto, fascista y totalitario. Un ejemplo, de ello, es la actual solicitud de apoyo del “presidente” Juan Orlando Hernández al presidente Donald Trump para que decrete como violadores de los derechos humanos a las maras y pandillas, siendo que dicho flagelo es un efecto de la violencia antisocial contra los jóvenes y su carencia económica y de fuente de empleo, cultura y educación, en países donde solamente se construyen cárceles y se gasta en compra de armamento así como la compra masiva de bombas lacrimógenas para reprimir a la población civil. Lo mismo ocurre con la criminalización de los emigrantes, los cuales, en su mayoría, son desplazados por la violencia que genera la ausencia de políticas de seguridad social y jurídica, y el abuso de poder de los corruptos y los victimarios, especialmente los de cuello blanco, que son los que deben ser juzgados y enviados a la cárcel.

Ahora bien, después de todo lo expuesto, cabe preguntarse ¿por qué la revolución socialista norteamericana precede a toda las demás? Pues, porque Estados Unidos de Norteamérica, es el país donde existe mayor interculturización histórica y convivencia de culturas diferentes, por lo que se convierte en el país líder del derecho del mestizaje lo que les tendría que obligar a liberar a los pueblos originarios indígenas norteamericanos de las reservas o campos de concentración en que viven. Estados Unidos de Norteamérica debe convertirse en república socialista democrática verdaderamente pluricultural y multicultural y dejar de agredir e invadir militarmente al resto de los países, para respetar así la autodeterminación de los pueblos: volver a todas las naciones una democracia participativa global del Iluminismo Filosófico.

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