La fuerza legal e histórica de la revolución

Por: Irma Becerra*

La revolución es un proceso inevitable en la historia. Filosóficamente hablando representa una síntesis dialéctica unificadora, en la que se unen las contradicciones antagónicas de un sistema socioeconómico para crear y dar lugar a una etapa superior de la evolución histórica. Pero la revolución no es un proceso aleatorio y casual, sino que se va dando poco a poco, en la medida en que se asumen las leyes del desarrollo social y se unifica la política en un sentido relevante y decisivo de formación de una identidad de tal tipo que aprehenda las diferencias asumiéndolas como propias, y, por tanto, no como algo extraño o ajeno a su mismo fenómeno de diferenciación.

Las revoluciones son como partos que pueden complicarse y estallar de forma violenta, pero la verdadera revolución democrática siempre encuentra una salida pacífica a los conflictos y constituye un encuentro de las fuerzas divergentes que se materializan de forma integradora e incluyente. Así vista, de forma integrativo-reconstructiva, la revolución es un derecho legal de la representación ciudadana del coraje civil por sacudirse y liberarse de las injusticias en la historia y como tal, es una fuerza de acción de personas y sujetos autoconscientes, auto dirigidos, que se auto valoran y se auto convocan para rebelarse justamente a alguna forma de tutelaje y vasallaje.

La revolución es una fuerza histórica que no se puede detener y que resulta de la voluntad popular por sacudirse el yugo de los dictadores y tiranos autócratas y fascistas, porque éstos últimos no constituyen una opinión válida sino una forma criminal de actuar. El sentido de la revolución lo adquiere de la imperiosa necesidad de las personas de liberarse de toda forma de opresión y explotación. La revolución popular democrática no es solo el medio por el cual avanza la historia progresiva de la Humanidad, sino también el fin de totalidad humanizadora que se alcanza cuando se tienen claros los objetivos edificadores que caracterizarán a la nueva sociedad que debe surgir de dicho fin universal.

La revolución representa una dialéctica entre la fuerza legal de su decurso, legitimada en la soberanía popular en su transcurso histórico, y la fuerza histórica de dicho transcurrir hacia la finalidad totalizadora de humanidad en el mundo, nivel y etapa en la que son resueltos los problemas más cruciales de las sociedades y los pueblos. Esa dialéctica interna entre fuerza legal o derecho internacional de los pueblos a una vida verdaderamente mejorada y la fuerza histórica de los mismos para lograrla y construirla eficaz y eficientemente, esa dialéctica, repetimos, es un proceso continuo y discontinuo a la vez. Continuo porque sigue las tradiciones no autoritarias y tiránicas que deban ser protegidas en una sociedad; y discontinuo porque rompe y acaba con las formas autoritarias, dictatoriales y tiránicas que luchan irracionalmente por prevalecer.

La fuerza legal histórica que se va conformando en ese proceso de simultánea continuidad y discontinuidad da lugar al surgimiento del “derecho de los pueblos a tener derechos”, como estableciera acertadamente la filósofa alemana, Hannah Arendt, y en ese sentido, al derecho a que no prescriban las condenas y los castigos a todos los victimarios y corruptores como entes antihumanos que violan la legalidad en la historia, y están por eso, en desacuerdo con la fuerza progresiva de la misma.

La fuerza legal histórica de la revolución nos debe quitar el miedo a la transformación y al desarrollo entendido en derecho. Ello, porque tanto su pacifismo como su problematización del mundo se basa en un fundamento político teórico que no son las ideologías particulares de grupos o individuos, sino la Filosofía como ciencia de la espiritualidad cambiante unificadora y forjadora de la unidad material del mundo.

La revolución es el rescate del aspecto social de la dignidad humana que solo se puede concretizar superando las argollas que encadenan y monopolizan los distintos ámbitos del trabajo y la producción humana. Por eso toda revolución es democratización de las estructuras sociales, económicas y políticas de una comunidad humana.

Legalidad e historicidad forman, pues, el campo revolucionario, por medio del cual la historia se abre paso a la realización de los grandes ideales que implican los desafíos que tenemos que abordar para garantizar nuestra sobrevivencia en el planeta Tierra. Esa legalidad, aunque es histórica porque va cambiando con el tiempo en sus formas concretas de expresión, permanece inherente en los derechos humanos inviolables de las personas a gozar del bienestar que todas y todos nos merecemos. En esa permanencia no hay lugar para la violencia, el sufrimiento, la tortura y la corrupción que opacan el brillo del Iluminismo relevante unificador de los pueblos respetuoso de la Ley.

Fuerza legal o derecho a una mejor convivencia y fuerza histórica o movilización de las personas para lograr concretizar materialmente ese derecho. Por tanto, la fuerza histórico legal de la revolución, resulta también cuando enlazamos los pensamientos para generar teoría orientadora deliberativa en tiempos de crisis que puedan superarlos. De ese modo, como ejemplo, enlazamos aquí dos pensamientos únicos de forma integrativo-reconstructiva:

El primero, del intelectual francés, Víctor Hugo, que reza así: “Cuando la dictadura es un hecho, la revolución se vuelve un derecho”, y que nos señala la legalidad histórica de la revolución.

El segundo, del sindicalista y promotor obrero norteamericano, Eugene V. Debs, que dice: “El lenguaje más heroico mundialmente es la revolución”, y que nos señala la tendencia a transformarse invirtiendo en ello grandes esfuerzos, es decir, la fuerza histórica del movimiento individual y general de las personas por hacer de la revolución un derecho.

Como puede verse, el enlace teórico relacional de estas dos reflexiones nos brinda el derecho a rebelarnos de la dictadura y la tiranía como esfuerzo propio y pensado por sí mismo, esto es, de manera auténticamente revolucionaria. Porque la revolución es un oleaje del mar de la historia que remueve irremediablemente sus más profundas arenas para dejar tranquilidad y paz ganadas libremente.

*Irma Becerra-Doctora en Filosofía

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