Tegucigalpa: Heridas de una memoria

Por: Edgar Soriano Ortiz

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Tegucigalpa.-El 14 de abril de 1579 el Capitán General de Guatemala, García Valverde, mandó un informe al monarca español dándole una opinión favorable sobre las minas de plata de la zona. El mineral fue convertido por la monarquía de los Habsburgo en sede de la Alcaldía Mayor de Tegucigalpa y en 1762, bajo pedidos de las élites del poblado, recibió título de Villa.

La importancia estratégica de Tegucigalpa como centro de una importante ruta comercial transoceánica y sede central de la dinámica minera, “ilusión minera” que determinó los imaginarios de búsqueda de riqueza que generó competencias y contradicciones entre comerciantes y autoridades, sumado a un creciente contrabando que siempre fijó interés en la plata en bruto (Tarancena, L.P., 1998).

Las reformas borbónicas y el dinámico comercio en el “reino de Guatemala” en el siglo XVIII luego de la desvinculación comercial con Veracruz, acrecentó las confrontaciones entre la gobernación de Comayagua y las élites mercantiles de Tegucigalpa que mantenía fuertes vínculos de intereses con los poderes económicos de Guatemala. En 1788 la jurisdicción de la alcaldía Mayor de Tegucigalpa fue abolida y la gobernación centralizó funciones administrativas y de control de las relaciones comerciales, acrecentando la confrontación entre la villa de Tegucigalpa y la sede administrativa de Comayagua.

Tegucigalpa
Tegucigalpa, capital de Honduras, arriba este 29 de septiembre a 440 años de fundación, según apuntes históricos que aún no han sido confirmados.

La ciudad letrada y la incómoda marginación

Las élites de Tegucigalpa desde el siglo XVIII mostraban la articulación de fuerzas para impulsar sus intereses y la deseada autonomía jurisdiccional. Durante el siglo XIX adversaron a Comayagua hasta que Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa trasladaron la capital e impusieron la hegemonía política con la propuesta urbanística de una “ciudad liberal” o “ciudad letrada”. El rediseño urbano amparado en el discurso de la nación en el rumbo del “orden y el progreso” delineó nuevos espacios de socialización, revalorización de lugares y la construcción escultórica y arquitectónica de una capital que desde la serranía pretendía, entre añoranzas al ritmo de una locomotora, ser el centro político y cultural de toda la nación.

Pese a ese hegemónico discurso y accionar, las élites tegucigalpenses desde antaño eran cuestionadas de marginar y empobrecer a la sociedad. En 1810 algunos funcionarios de Comayagua consideraban a las élites de Tegucigalpa “débiles”, causantes de la decadencia económica: “ya fallecieron aquellos primitivos hombres que sacaron a Tegucigalpa de la nada” (Barahona, M., 1996).

Una incómoda presencia de pobres en Tegucigalpa siempre fue silenciada en las narrativas. El estadounidense Williams Wells, con cierto desagrado, expresaba en su visita a Tegucigalpa en 1854: “abundan los mendigos. Los extranjeros son los principales objetos de su ataque…” (Wells, W.V., 1957).

La narrativa romántica y liberal ha exaltado a Tegucigalpa como lugar de tranquilidad y belleza arquitectónica, escritores y cronistas de periódicos solo dejaban ver entrelineas la incómoda presencia de “mal entretenidos” y habitantes periféricos que escupían el piso durante las funciones de espectáculos o de cronistas que señalaban conductas inmorales y perversas como los saqueos de 1900 durante la quema de la casa de la familia Díaz, hoy pasaje Fiallos-Soto, en que la guarnición con toletes y fusiles impuso el orden en una fatídica madrugada (Diario de Honduras, abril, 1900).

Tegucigalpa
Así lucen las calles del centro de Tegucigalpa.

De la dictadura a la temerosa convulsión contemporánea

Durante las reformas liberales y el régimen del Partido Nacional (1933-1956) se realizaron visibles cambios arquitectónicos y se planificaron nuevos espacios de lotificación, pero su alcance fue limitado al carecer un trazado a largo plazo y donde no pensaron en que la capital tenía que crecer con inclusión social. En la segunda mitad del siglo XX se experimentó un radical aumento demográfico que sobrepasó las propuestas del Metroplan, planificaciones que tenían fuertes limitaciones sobre la participación ciudadana y la cobertura social. Abrir un “hoyo” por bajo de la plaza Los Dolores nunca fue suficiente, ya que se seguía desconociendo una periferia que vivía entre las carencias de sus propias dinámicas hostiles y evasivas, a un Estado que con ceguera invertía en armas y estrategias contrainsurgentes.

Heridas, estigmas, moralidad colonial, temores, ordenanzas de garrotes y encierro, son las respuestas de una élite sedienta de hacer negocios con la institucionalidad. La actitud ideológica de las élites siempre ha estado marcada en reproducir románticos retazos de la historia mientras buscan condenar al olvido esa sociedad marginada y estigmatizada, como aquellos indígenas de Comayagüela, cuyas tierras fueron arrebatadas luego de siglos de luchar para sobrevivir al racismo del aparato administrativo colonial (Cardona, J.C., 2015). Así como, de una dogmática visión que estigmatizaba a las periferias y a Comayagüela, donde lanzaban lo “moralmente incorrecto” como los centros nocturnos y la prostitución (Amaya, J., 2013).

El cemento, el hacha filosa cortadora de árboles, el autoritarismo y la propaganda de la “seguridad” son el rostro de una élite cuasi-colonial que limita a la ciudadanía a tomarse el espacio público y que los atemoriza enviándolos segregadamente a disimiles espacios. Mientras las decadentes clases medias se enrejan en los “barrios seguros”, a las mayorías poblacionales se les empuja a que se violenten en las fauces de su destino marginal.

“Volver al centro” es un hipócrita llamado de parte de una élite distante y clasista que mantiene controlada la institucionalidad y que no es capaz de idear un plan integral para proteger los bienes públicos. El mal manejo de la basura, la mendicidad, el desempleo y una serie de carencias que ya no se pueden esconder; visibilizan la cara de pequeños grupos de poder que primero piensan en cómo hacer dinero sin importar el presente y futuro de una ciudad marcada por memorias de heridas sin sanar…

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