El nacimiento de una Patria

PANDEMONIO

Por:  Moisés Ulloa

Muchos consideran que el nacimiento de nuestra patria arranca desde ese 15 de septiembre de 1821, cuando nos independizamos supuestamente de la Madre España; a partir de ese momento creemos que, así como sucede con un recién nacido, nos dieron un par de nalgadas y con el llanto saltamos a la vida. Tristemente desde ese entonces, lo que más hemos recibido han sido nalgadas, al punto de tener un país que en forma sistemática ha sido abusado y hecho sufrir por propios y extraños. Pero Honduras sigue de pie, quizás raspada, moreteada, dolida, pero existe.

Analizando las noticias principales de los eventos sucedidos durante la celebración de nuestra supuesta independencia, nos encontramos ante un escenario sombrío y triste, lleno de complejidad y conflicto. Y si bien es cierto, lo que resta de este año aparenta un horizonte lleno de nubes grises consecuencia de la lucha política que hemos heredado por el abuso del poder y la reelección ilegal del 2017, debemos tener fe que vienen cambios verdaderos y positivos para Honduras.

El momento ha llegado en que cada día nos vayamos alejando de un sentido partidario que lo único que hace es dividir. Los hondureños debemos encontrar ese bien común y ese debe ser la brújula que determine nuestro norte. Debemos de ser, opinar, disentir y valorar basados en la conducta moral del individuo y en la virtud que este representa. Debemos alejarnos del discurso barato, del espejismo político producto de encantadores de serpientes y por sobretodo, alejarnos de aquellos que ya nos gobernaron y cuyos resultados nos tienen precisamente en el lugar oscuro en donde hoy nos encontramos.

No podemos cegarnos a la verdad que nuestro pueblo sigue hambriento, el atender y corregir esta triste realidad debe ser nuestra prioridad. Y digo nuestra ya que mi incluyo, porque las soluciones a los problemas que enfrentamos requiere del concurso de todos los buenos hondureños. El hambre de Honduras es de equidad en la oportunidad y sed de justicia; por lo tanto, a partir de este momento debemos luchar incansablemente por alcanzar esa igualdad. Esta lucha será el único sendero capaz de reivindicar a nuestra devaluada clase política, esta lucha será la única que nos permitirá alcanzar la paz y sanar nuestras heridas; esto último, no por lo que algunos pretenden continuar haciendo, sino por lo que muchos estamos permitiendo que aún se haga.

Debemos de reconocer que hemos llegado hasta este punto por la culpa de todos. Nos hemos acomodado cada uno de nosotros a nuestra inmediata realidad y hemos ignorado los principios más sagrados que se enmarcan en la solidaridad. Nuestros políticos, los gremios y la clase empresarial, se han enfrascado en continuar prevaleciendo sus mezquinos intereses. El pueblo es únicamente un medio para utilizarlo de justificación para alcanzar un beneficio personal; en ese sentido, han jugado con nuestro pueblo, mintiéndole a lo más sufridos, desamparados y necesitados de nuestra sociedad con promesas que desde un inicio saben que jamás cumplirán.

Si algo nos ha revelado nuestra llamada democracia, es la soberbia política que existe en nuestro país. Las ideologías de izquierda y derecha han dado paso al compañerismo delincuencial de arroparse todos con la misma cobija que tiene dos nombres: impunidad en la corrupción y reelección. Ninguna de las partes es capaz de ceder tan solo un poco. Nuestra clase política padece de una amnesia selectiva, ocasionada por la carrera para alcanzar el poder total. La promesa de cambio para algunos, es verdaderamente nada más que un simple reemplazo, son pocos los que proponen la sacudida impostergable al sistema corrupto y corroído que nos ha gobernado.

El nacimiento de una patria ocurre cuando nuestra bandera va más allá de ese color de beneficio individual.  Las verdaderas transformaciones no se compran con dinero sucio, no se logran con llenar estadios repartiendo pan y plata, ni se entretienen con saltos en paracaídas, bandas de guerra y bellas palillonas; mucho menos se logra manchando paredes, imperando la mentira como norma o alzando el caos como el camino correcto. Las grandes transformaciones, las que perduran, se basan en principios y el principio mayor debe ser defender la libertad y establecer el imperio de la justicia como norma. Tenemos que actuar por establecer que dicho anhelo sea sustancial; no puede haber libertad ni justicia, sin la verdad, sin la equidad.

El nacimiento de una patria ocurre, cuando el tiempo llega y nos quitamos la venda. No debemos confundir la nobleza de nuestra gente con indiferencia o estupidez, eso sería un craso error. Todos merecemos atención, pero mucho más aquellos que tienen menos, a los que por tanto tiempo han sido sencillamente apartados, relegados al rincón del olvido, pretendiendo que quizás así, desaparecerán.

Los eventos que estamos presenciando deben ser un campanazo que las cosas cambiarán en nuestro país, ya sea por las buenas o por el rumbo violento obligado del hartazgo. Debemos entender que el recién nacido ahora ha crecido en un ambiente desatendido y que este se ha cansado de las peticiones justas sin respuesta. Debemos comprender que de continuar con la forma tradicional en el actuar político y en el mezquino egocentrismo de la clase dominante del poder, lo único que estamos alcanzando en llevar a números bajos, la cuenta regresiva hacia una revolución que será por hambre y cuando eso ocurra no habrá nadie que la pueda detener. De esto todo lo contrario, una revolución que surja por la necesidad imperativa de un pueblo por alcanzar la equidad, por defender lo que es correcto, por volver al sendero de no aceptar más corrupción, más abuso; no es únicamente justa, sino que digna de acompañar.

Las opciones y las alternativas de paz se están quedando peligrosamente limitadas, el reloj de arena de la paciencia colectiva ya está en sus últimos segundos. Si no somos capaces de entenderlo, de reaccionar, de modificar el actuar tradicional y brindar lo justo a los demás, por lo menos hagámoslo por el mezquino interés de preservar lo poco o mucho que cada quien aún posea.

El hecho que la mal llamada independencia de 1821 haya sucedido en un ambiente de tranquilidad absoluta, no debe ser el referente para creer equivocadamente que este pueblo noble no sea capaz de levantarse. No podemos continuar jugando con el fuego de la tensa calma que vivimos, no podemos continuar con el abuso bajo la excusa de ver hasta cuanto se aguanta. De seguir en este camino de la terquedad, la sangre que no se ha derramado en estos últimos casi dos siglos, será el color con que teñiremos el presente inmediato del país. Aún estamos a tiempo para evitar que esa sea la ruta.

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