El Socialismo Hondureño morazánico, vallista, rosista y de Lempira. Reflexiones a debate.

Por: Irma Becerra

Honduras arrastra hondas y profundas heridas históricas desde la lucha de la resistencia indígena contra la conquista española en 1502; pasando por la lucha independentista y unionista de 1821; y posteriormente, la lucha antiimperialista contra el dominio hegemónico de los Estados Unidos a partir de 1876. Esas heridas han escindido nuestra historia en el dilema de avanzar por la vía de la simple evolución o por la vía de la revolución, con todas sus consecuencias, determinando así el que unos se decidan por un bando y otros por otro, es decir, por el liberalismo conservador o por el iluminismo, en un inicio, o por liberalismo conservador ó el socialismo democrático, de otra parte.

Esas heridas histórico políticas de escición y polarización tanto de la historia como de la sociedad hondureña en el dilema entre evolución y revolución se ha visto más profundizada para la época de lucha antiimperialista dentro del capitalismo dependiente en los siguientes eventos de la historia contemporánea de Honduras:

La dictadura del General Tiburcio Carías Andino del Partido Nacional desde 1932 hasta 1949.

La Doctrina de Seguridad Nacional en los años ochenta con su política paramilitar de desapariciones forzadas.

El golpe de Estado anticívico-político-militar al presidente Manuel Zelaya Rosales del 28 de junio de 2009.

La reelección anticonstitucional de Juan Orlando Hernández del 28 de noviembre de 2017.

En Honduras ha habido sobre todo una forma de evolución negativa, violenta, corrupta, asesina y represora del pueblo y no hemos tenido transformación revolucionaria del sistema estructural del capitalismo dependiente que ponga el Estado y el gobierno al servicio de toda la población. Eso significa, que la historia de Honduras está incompleta porque tanto la evolución positiva no violenta, ética y respetuosa del pueblo como la revolución soberana e independiente son formas propias en que avanza la historia. Es imprescindible la necesidad de superar esa escición entre el camino evolucionista y el camino revolucionario de la historia porque ambos forman parte de la construcción histórica como formas positivas de construcción, en la que la vía de la transformación revolucionaria va más allá del camino meramente represivo del pueblo, al determinar que la historia avance siempre hacia sistemas socioeconómicos alternativos si los que han prevalecido hasta ahora no han traído justicia social e igualdad verdadera y no simplemente formal ante la ley.

La historia avanza como una amalgama de preguntas, propuestas y respuestas. Como una construcción entre esfuerzos individuales relativamente limitados y esfuerzos colectivos que trascienden a los primeros, es decir, la historia avanza como una dialéctica entre existencia y trascendencia de todos sus elementos, entre necesidad y conformación de la libertad. Es una dialéctica entre los que desean conservar ciertos ideales egoístas y aquellos que desean ideales más universales para la sociedad. En el transcurso histórico siempre los ideales más universales han terminado por prevalecer porque su universalización abarca a toda la Humanidad en su conjunto. Es así, que nuestra historia y nuestra concepción de la historia están esperando ser completadas no solo en su denominación de nuestro socialismo integrativo-reconstructivo incluyente, sino en su identidad pluralista y simultáneamente homogénea que incorpore a todos los ciudadanos conscientes participantes en una gran utopía relacional de la mutua comprensión humana que deje atrás los totalitarismos autócratas fascistas. En este sentido, los políticos actuales tienen la obligación de trascender el presente y garantizar la justicia histórica, trascender la escición y la polarización que arrastramos desde que el General Francisco Morazán Quesada y el intelectual criollo José Cecilio del Valle, no pudieran unirse en vida para realizar esfuerzos conjuntos que fortaleciesen la institucionalidad y el unionismo independentista centroamericano. Lo que esos hombres no lograron, tenemos que lograrlo nosotros, y eso exige, descubrir nuestras raíces históricas más relevantes para redescubrir el presente y legar al futuro un mensaje pedagógico de trascendencia existencial y política. Permitámosle a la historia de Honduras, ahora escindida, ser un legado de enseñanza de aprendizajes humanistas y democráticos a las generaciones que deben tomar el relevo de nuestro esfuerzo conjunto para que sean verdaderos protagonistas de su presente; entes activos, críticos y conscientes y no simplemente seguidores. Esto significa y tal como decía el pensador e historiador hondureño, Longino Vidal Becerra Alvarado, “concebir el pasado como algo vivo que desemboca en el presente y no como algo muerto, acabado, acontecido y agotado”.

En otras palabras, si entendemos que la Filosofía es la ciencia que une y no que divide a las personas, esto es, la ciencia que unifica los criterios porque los vuelve más universales y por eso más válidos, la ciencia de la trascendencia, entonces, comprenderemos que es preciso unir la historia de Honduras no entendiéndola simplemente como una descripción negativa que comprende a los individuos que han gobernado, para el caso, como simples entes corruptos, destructores y retrógradas, sino yendo más allá, y comprendiéndola también cómo la sucesión de esfuerzos individuales limitados por el sistema socioeconómico del que éstos individuos formaron parte y completando la interpretación descriptiva negativa con el esfuerzo que hizo el pueblo por lograr que avanzasen los que los dirigieron en cada época histórica. Solo la comprensión crítica de la historia como una dialéctica entre esfuerzos individuales relativos y los esfuerzos colectivos trascendentales pueden ayudarnos a extraer de la historia no únicamente lo negativo sino lo que ha sido lo mejor y que puede ayudarnos en el presente. Por eso difiero de la descripción negativa de Gustavo Zelaya, en su ensayo “Septiembre o la patria de los presidentes”, publicado por criterio.hn del 3 de septiembre de 2018, en el que presenta, incluso, al pensador positivista Ramón Rosa simplemente como un fracasado más y alcohólico, sin tomar en cuenta su legado filosófico que tiene aún mucha relevancia y contenido constructivo para nuestro presente, y que nos puede ayudar a superar la escisión histórica a la que hemos hecho referencia antes.

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La lectura simplemente negativa de la historia nos llevará solamente a la evolución y dejará de lado la respuesta positiva constante de los pueblos por presionar a las élites para que avancen más allá de lo que realizan en su visión unilaterial y aristócrata del mundo. Por eso una visión democrática de la historia no solo describe negativamente a sus protagonistas observándolos como corruptos irremediables o que “ya nacieron así por lo que siempre será así”, sino que verá a los individuos en sus carencias de formación educativa y global, es decir, los observará en movimiento y desarrollo históricos y no sólo estáticamente, para comprender así por qué los gobiernos hondureños han sido tan serviles y tan poco sociales con su propio pueblo. Luego, la evolución histórica no está completa si no va acompañada de la revolución histórica como una dialéctica comprensiva de la historia en la que van quedando no simplemente negatividad, destrucción y corrupción sino en la que van surgiendo alternativas prácticas y de pensamiento ante la misma crisis. Nos quieren hacer creer que toda la historia dependiente de nuestros pueblos avasallados solo ha sido la historia de hombres corruptos, como si la historia solo la hicieran ellos, e independientemente del sistema socioeconómico que ha presionado para la servilidad, la explotación, el vasallaje y la depredación nacionales posicionando, a su vez, a los colonizadores y a los imperialistas como incorruptos y moralmente superiores. Esto constituye una manipulación cultural y política por parte de aquellos que nos dominan, no caigamos en su trampa. Enarbolemos la bandera de la Ética Espontánea del Pueblo que se alza siempre ante toda circunstancia y redefinamos nuestra concepción de la historia como una pedagogía comprensiva de la misma para desarrollar el pensamiento y la acción crítico alternativos del presente porque la corrupción tiene corruptores y causas muy determinadas.

En este sentido, el dilema actual histórico y ¿cómo salir de él? para definir y fundamentar la conceptualización histórica de nuestro socialismo hondureño que represente una unión dialéctica y no simplemente formal, entre evolución y revolución, es posible si rescatamos de nuestra propia historia las siguientes condicionantes enlazándolas en una nueva concepción político-filosófica universal de fundamentación de intereses que puedan representar a todos los hondureños por igual sin que se elimine de forma absoluta su diferencia cultural y política. Esas condicionantes para la definición del socialismo hondureño pueden ser las siguientes:

En primer lugar, el rescate de la lucha de resistencia de Lempira contra toda forma de colonialismo extranjero.

En segundo lugar, el rescate de la lucha de Francisco Morazán Quesada por la Ética Social y la política unionista de desarrollo de la condición social de las naciones centroamericanas y del mundo, así como la lucha inclaudicable contra toda forma de neocolonialismo extranjero y local.

En tercer lugar, el rescate de la lucha americanista de José Cecilio del Valle por evitar el derramamiento de sangre en la historia de Honduras.

En cuarto lugar, el rescate del pensamiento positivista más desarrollado del intelectual Ramón Rosa.

De lo anterior, y gracias a la lectura positiva que hemos hecho del ensayo de Gustavo Zelaya a quien igualmente agradecemos, nuestro socialismo hondureño podría definirse en su conceptualización histórica como “socialismo morazánico, vallista, rosista y de Lempira”. No tiremos por la borda estos logros y esfuerzos precedentes en nuestra historia por construir la verdad en política y en la ciencia de la sociedad. Rescatemos estos esfuerzos para relativizar los extremismos de izquierda y de derecha pasados y actuales y poder luchar así en nuestro presente con argumentos por la legalidad de un sistema socioeconómico que respete y reconstruya el Estado de Derecho. Unamos a la sociedad hondureña en una concepción socialista verdaderamente democrática que no necesite reprimir al pueblo para legitimarse políticamente y que sea expresión verdadera de la capacidad creativa propia de los hondureños y las hondureñas.

En el Partido Libertad y Refundación LIBRE, por primera vez, en la historia de Honduras, se unificaron las fuerzas escindidas y polarizadas; se unificó el liberalismo más progresista con el socialismo democrático, y esto constituye, sin duda, un avance muy importante en nuestra vida política. Pero no basta este esfuerzo, se precisa definir el objetivo estratégico a largo plazo definiendo nuestro propio socialismo hondureño. Trascender la escisión y la polarización histórica precedentes significa buscar una identidad nacional no servil a los intereses foráneos de ningún tipo, y luchar por una nueva forma de mediación patriótica, y eso es integrar a la historia en una concepción socioeconómica alternativa al capitalismo actual que sea verdaderamente democrática y constituyente para unir a la sociedad hondureña a través de un socialismo democrático creado por el pueblo mismo desde sus más puros ideales. Honduras y su historia, solo pueden unirse si se forja una concepción comprensiva universal de respeto a los derechos humanos y a las formas racionales de hacer política, así como el respeto a la dignidad humana en todas sus manifestaciones para hacer de la historia un aprendizaje dialéctico de la verdad que sea un mensaje pedagógico para todas sus generaciones. Dejemos que las siguientes generaciones puedan seguir completando la historia allí donde hay espacios ilegítimos de injusticia que no deben prevalecer. Cortemos así el círculo vicioso de la violencia y la impunidad con su terrorismo de Estado.

Amigos lectores, el debate está abierto.

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