Lo que el tiempo nos enseña

PANDEMONIO

Por: Moisés Ulloa Mejía

El día sábado recién pasado cumplí 54 años de vida. Fue una celebración atípica, pues hemos estado ante la hospitalización de un miembro de nuestra familia en estado crítico. Por lo tanto, tenemos ya varios días de “acampar” en salas de hospital y el día de mi cumpleaños no fue la excepción.

Con la acumulación de los días, hemos ido conociendo a las enfermeras y otras personas que laboran en el hospital, así como a los familiares de otros pacientes. Es así como al arribo de mis 54 agostos, mientras algunos me felicitaban discretamente, otras personas a nuestro alrededor, lloraban la agonía de su ser querido. Esto me ha hecho meditar y desempolvar un escrito que hoy les comparto:

El concepto del tiempo es algo que ha sido debatido y analizado por grandes pensadores; desde el preciso instante en que el hombre se percató de su existencia, supo del tiempo.

Nuestros antepasados Los Mayas eran estudiosos del tiempo, llegando al punto de crear un calendario sumamente preciso, que utilizaban no sólo para medirlo, sino también para predecir los eventos importantes de su civilización.  Al igual que Los Mayas, el hombre sigue hoy contemplando el tiempo, soñando con poderlo dominar.

¿Cuántos de nosotros hemos deseado poder regresar las agujas del reloj para enmendar un error cometido? o poder retornar al pasado para compartir con los seres queridos que hoy no están. – Un buen amigo al comentarle sobre este escrito me indicó, “si yo pudiera retornar el tiempo, me gustaría cometer los mismos errores, pero más temprano”. Esa es el arma mortal del tiempo, su perenne irreversibilidad.

Así como es el pasado, igual de inquietante es el futuro. Para algunos es un castigo no saber lo que podría suceder mañana, pues si algo trae el tiempo es la incertidumbre. En el momento que el hombre supo de su existencia, supo de su mortalidad y con la mortalidad vino la impotencia que produjo la realidad de reconocer que no poseemos el control sobre el futuro; el tiempo es infinito, pero no lo es para los hombres pues nadie nos promete el día de mañana.

Esta realidad es la que hace al hombre buscar la “inmortalidad”. Una forma de lograrlo es alcanzando la “inmortalidad histórica”; sin embargo, la historia inmortaliza tanto lo mejor como lo peor de la humanidad. Encontramos “vivos” en los libros de historia tanto a Saúl de Tarso como a Nerón, a Gandhi como a Hitler, a Juan Pablo II como a Alejandro VI. Otra forma de lograr la “inmortalidad” es posiblemente a través de nuestros descendientes, esperando que perduren para siempre nuestros nombres y apellidos, esperando que alguien nos mantenga “vigente” en sus mentes y en sus corazones.

Podemos olvidarnos del pasado y podemos intentar no pensar en el futuro, pero nunca podemos ignorar nuestro presente. Congelar el tiempo para que este momento feliz nunca se acabe, para no envejecer, para no morir o simplemente, para poder terminar lo que hoy tenemos que efectuar.

Nuestra conciencia sobre el tiempo y el espacio, nos obliga a vivir en una interminable carrera en contra del propio tiempo. Esta carrera es una lucha por obtener y lograr más en el menor tiempo posible. Ilusos seres que somos, pues aún aquel que llegue a vivir los cien años dirá al momento de su muerte que no tuvo “el tiempo suficiente”.

Lo que me fascina del tiempo es su relatividad. Una misma hora se convierte para unos en la mejor hora de sus vidas y para otros en la peor, el tiempo de felicidad se va tan rápido, pero el tiempo de hacer lo desagradable se va tan lento; para algunos un año es una eternidad, para otros es un simple suspiro.

El tiempo nos brinda esperanza, la oportunidad de pensar que todo puede mejorar: “El próximo año iremos al mundial”, “El gobierno sólo dura cuatro años” (o al menos eso pensábamos), “mañana encuentro el amor de mi vida”, “mañana te pago” y la cúspide de todo, “mañana será mejor.” Y así el hombre honra el tiempo, estableciendo como fechas importantes los eventos tanto individuales como de la colectividad humana. Así establecemos los ciclos de la producción, nuestros cumpleaños, los aniversarios.

El tiempo es también un excelente profesor. El tiempo nos enseña a perdonar, nos enseña a olvidar, “el tiempo cura todas las heridas”, el tiempo nos enseña a amar.  Con el tiempo viene la paciencia, la sabiduría. Con el tiempo viene la humildad. Recuerdo una canción que inicia diciendo “Sabe a virtud de conocer el tiempo”, eso es una verdad, pues al final podemos resumir la vida simplemente como la suma de todos nuestros momentos.

Nos indican los filósofos que el tiempo es movimiento, existencia, orden y relatividad. Otros dicen “el tiempo es oro” y La Palabra nos indica: “Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa…” (Eclesiastés 3:1-9).

Y es así entonces que valoro el tiempo que usted, amigo lector, ha utilizado en este artículo y en su pensamiento; valoro también, los cientos de felicitaciones que me hicieron llegar en las diferentes plataformas de redes y otras en mi cumpleaños. De manera especial, valoro aquellas felicitaciones de las personas que no compartimos criterios políticos similares, esto me ha dado la esperanza que efectivamente en Honduras, podemos encontrar las avenidas del entendimiento que nos permita lograr la paz.

Mi cumpleaños 54 no lo olvidaré jamás, pues me hizo reflexionar rodeado del dolor de muchas personas que perdían la existencia de un ser querido. Me hizo recapacitar el valor de estar con vida y tener a nuestros familiares y amigos cerca; de todos los tiempos, el peor es aquel tiempo perdido. Lo perdemos en cosas no importantes, en vanidades absurdas, en enojos y rivalidades. Perdemos la valiosa oportunidad de decir un “te quiero”, de sonreír más, de ayudar a otros, de hacer el bien y lo correcto. El tiempo corre y pasa, se no va como agua entre las manos y con este, se nos va la vida. No lo perdamos destruyéndonos y descalificándonos, este es el tiempo de ser mejores y hacer una Honduras digna, manos a la obra.

*Foto portada: Revistac2

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