Yo no sé mañana

PANDEMONIO

Por:  Moisés Ulloa

Podemos darle mucho calificativos al actual grupo de personas que administran de forma ilegítima nuestro país; sin embargo considero que pocas palabras lo describen a la perfección como “sinverguenzonería” y es que el nivel de cara dura de los allegados y del propio “indómito”, ha llegado al punto de la perfección. En ese juego por mantenerse bajo cualquier costo aferrados al poder, han llevado al país al borde  de una crisis que puede superar la de los meses después del golpe de estado.

Un gobierno cuyas estructuras están ancladas en una tierra arenosa, queda a las expensas de cualquier fuerza, sean estos un viento leve o un débil sismo para sucumbir. Lo único que soporta esta charada son las FFAA y el poderío del imperio; sin embargo esto que lo sustenta, que le da vida, también son los hilos que mueven sus acciones y hoy, don Juan Orlando Hernández carece de voluntad propia, mucho menos de capacidad de decisión.

Esto pone a nuestro país ante una verdadera incertidumbre. Nadie sabe lo que pasará en Honduras en el próximo minuto, pues no existe un orden de las ideas, una estrategia de desarrollo y más aún, no existe una capacidad fuerte de gobernar.

Los gremios huelen sangre y la fila se ha comenzado a formar con la intención de comprar un ticket para exigir se les mejore sus beneficios actuales, esto aumenta la pólvora  de la convulsión social. El paro de los transportistas es el ejemplo claro, un gremio que ha partido de una estrategia inteligente en donde lograron encasillar su lucha y transferirla en un beneficio para todos y así, lograr el acompañamiento de la mayoría ciudadana. Este movimiento que se ha desatado por los transportistas ha puesto en evidencia la administración del estado y la hipocresía política en que esta se desarrolla. Un gobierno que ha abusado del presupuesto público en beneficios personales, en campañas políticas, en institucionalizar la corrupción, no tienen el asidero moral para negar la justa petición del pueblo, de reducir los impuestos que nos tiene a todos asfixiados.

Así mismo, el conflicto actual con los transportistas ha dejado en firme la falta de voluntad del ejecutivo de facto por dialogar, por encontrar consensos que eviten que los eventos se magnifiquen al punto de la revuelta social. Detrás de estos viene el magisterio, vienen los médicos y viene el pueblo, cansados todos que el dinero ya no rinde, que tenemos el costo de la canasta básica inalcanzable, que los impuestos pagados no se traduzcan en servicios de salud, de educación, de seguridad eficientes y dignos; estamos cansados sencillamente del abuso y la mentira.

Mientras este drama se realiza, en otro escenario contemplamos si existirá justicia en el caso Pandora y la expectativa del pueblo es atenta ante los resultados que se desarrollen de estas acusaciones. Acá en esto se baila en cuerda floja un malabar peligroso, entre la aplicación genuina de la justicia, el lamentable sentimiento colectivo de muchos por venganza y el destape de una olla que embarra a muchos otros más, que aquellos a los que hoy han sido imputados. Lo que resulte de este caso, va afectar (ya sea fortaleciéndose o debilitándose) la relación por interés que existe entre Juan Orlando Hernández y la mano de un país del norte intolerante ahora ante los actos de corrupción política que han cabalgado en la impunidad.

Así que todo esto que estamos viviendo e incluso sufriendo, nos dicta la pauta que en este país no se sabe lo que sucederá mañana. Vivimos la duda del mañana hoy más que nunca, en condiciones peligrosas: cuando las fuerzas del hambre, la indignación y la injusticia se juntan, tocando la puerta de un gobierno impopular e ilegítimo, se puede gestar el ambiente propicio para una masiva protesta social, algo que nunca lo he deseado, pero que cada vez más parece inminente ante la terquedad de Juan Orlando Hernández por escapar el diálogo verdadero a toda costa.

Ortega en Nicaragua jamás se imaginó que su fortaleza del poder tuviera grietas y que estas fisuras pudieran comenzar a botar las paredes de su dictadura. Cuando los dignatarios se emborrachan del poder pierden la habilidad de hacer la lectura adecuada de las circunstancias que los rodean, pierden la dimensión y se ciegan, niegan la evidencia de la historia que ningún dictador (excepto Fidel) ha logrado escapar la justicia social.

La reelección ilegal y las acciones que la han sucedido desde ese entonces, nos han robado casi todo y ante la soberbia del presidente de facto de no dialogar, de no comprender la realidad, nos está llevando a un punto de quiebre.

Yo no sé mañana el país que tendremos, pero hoy lo siento sombrío.

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