La realidad en contra de los sueños

Por:  Emilio Fonseca
Estamos siendo testigos, más sorprendidos que silenciosos, de un doloroso proceso de cambio de valores. La mayor potencia del mundo muestra su lado más oscuro al poner a nuestros niños migrantes en la más denigrante de las indefensiones, y todo con la fachada de la legalidad.
Este proceso de rechazo a la migración no puede ser visto solamente como xenofobia o racismo: es el resultado directo de la negación de la propia responsabilidad ante los hechos. Siglos de guerra, de confabulaciones, de intrigas y manipulaciones han colocado a las únicas víctimas inocentes de este proceso en una situación insostenible: o escapan de sus lugares de origen o se mueren entre la violencia, el hambre, la falta de empleo digno, salud, educación y la carencia de lo más elemental: el derecho a soñar en un mejor futuro.
Y, feliz ante esa “oportunidad”, nuestra clase política ha conseguido seguirse enriqueciendo sin escrúpulos ni vergüenza, trastocando las leyes, violando la inocencia, desflorando impunemente a los más débiles y atreviéndose a llamar a eso “su derecho”.
No existe el derecho sobre la esperanza ajena. No existe una paz que no nos incluya a todos. No se debe permitir que la pobreza de la mayoría sirva para darle riqueza sin consciencia a la minoría. Los delitos no desaparecen pidiendo perdón. Ni siquiera la cárcel sirve para deshacer lo hecho.
Y en esta convulsión en que se nos ha vuelto partícipes involuntarios, tenemos las manos atadas por el miedo. Recurrimos a la religión como alivio a un sentimiento interior de responsabilidad tardía, producto de esa “culpa” inexistente que resulta tras haber votado por nuestros mismos explotadores. Y salimos con las manos vacías.
Creemos estar al borde del abismo, cuando en realidad ya lo vemos desde abajo, desde el fondo.
Decía don José Cecilio del Valle, hace casi doscientos años: “Pero si los capitalistas merecen por su influencia en la producción de la riqueza, las miradas del gobierno, los operarios son por igual causa muy dignos de ellas. No hay riqueza faltando los brazos del obrero. Son improductivos en tal caso los capitales del propietario”.
El momento de actuar nos pasó de largo hace tiempo. Es el momento de lamentarnos por nuestra desidia, lamernos las heridas y aprender de nuestros errores. 
Pero sigue siendo tiempo para construir una nueva patria. Ahora sí, la Patria de todos.
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