Entre el Cielo y la Tierra

Por: Moisés Ulloa

La verdad es una palabra que ha dejado de ser cierta. La hemos comenzado a acomodar como cuando quizás se ajustan las telas de un velero para aprovechar el mejor viento posible y es así entonces que hemos perdido la brújula moral de lo que que en un momento se consideraba como real.

Hoy la “verdad” vienen en todos los colores y sabores, la estructuramos y la empaquetamos como un producto, la moldeamos y la vendemos como el más dulce confite y en el proceso ingenuamente caen incautos que la replican al montón, creando la borrosa imagen colectiva que se atribuye a Joseph Goebbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.” Y es entonces así, cuando nos encontramos que vivimos en un matrix de eventos entre lo que se dice, lo que se transmite y lo que creemos. Hoy más que nunca los acontecimientos que discutimos tienen cada vez poco o nada que ver con la realidad y más que ver con la fabricación.

Los políticos y sus “influencers” han llegado a convertir la mentira en un arte. Que ellos se crean sus propias mentiras es la única explicación para tal perfección, pues sólo un ser sin sentimientos puede mirar a un niño que muere de hambre y prometerle en su propia cara que él es el bocado que finalmente lo saciará. Ese es el pecado más grande de los políticos, mentirles a lo más sufridos, desamparados y necesitados de nuestra sociedad.

Reconozco que la mentira no es un asunto de exclusividad política. Un estudio publicado en el “Journal of Basic and Applied Psychology” (El diario de la psicología básica y aplicada), determina que un 60% de la gente miente por lo menos una vez en una conversación de diez minutos.   El estudio continúa indicando que la gente usa la mentira como una herramienta para reflejar una imagen acorde con el tipo de persona que desean ser; en otras palabras, ante la incapacidad de conformar una existencia congruente con lo que se anhela ser, las personas utilizan “pequeñas mentiras” para acercarse más a ese ideal.  El estudio finaliza indicando que tanto hombres como mujeres mienten por igual, pero el hombre lo hace en beneficio propio, opuesto a las mujeres que lo hacen con la finalidad de hacer a las otras personas sentirse mejor.

El humano no les miente únicamente a aquellos a quien no conoce, le mentimos sistemáticamente y desde muy temprana edad a nuestros padres y estos a sus hijos; a medida que vamos creciendo, le mentimos a nuestros amigos con la finalidad de “encajar en el grupo”, a nuestros maestros y una vez casados, más de alguna vez le mentimos a nuestra pareja.  Así el ciclo de la falacia continúa, llegando al punto en que el ser humano se miente a sí mismo.

Mentiras blancas, mentiras piadosas, diplomacia o “lo hice por tu bien”, llámelo como usted quiera, pero una mentira sigue siendo una mentira. Dice un dicho que “las mentiras que construyen son mejores que las verdades que destruyen”, por lo tanto, nos encontramos en un mundo paralelo entre la gente que miente y el de aquellos que no quieren que les digan la verdad. En ese sentido, la mentira tiene al perfecto cómplice, nosotros mismos.

Y es así como al vivir en la irrealidad de una mentira, somos incapaces de romper el duro cascarón que esta misma crea. Hemos perdido la confianza en los demás y en el proceso hemos creado la norma del descrédito. Esa es la razón primordial que seamos incapaces de salir de una crisis política originada también por la acumulación de mentiras, esa es la razón por la que no creemos en la capacidad de dialogar y esa es la razón por la que hemos perdido mediadores confiables que nos asistan a solventar una pugna. Como todos mentimos, ya no creemos en nada ni en nadie.

Al final, este argumento lo podemos resumir en algo más profundo, la mentira se ha universalizado por el simple hecho que como personas y como sociedad, hemos perdido el sentido de nuestros valores. Ya no hay validez en la palabra o en el trato simplemente hecho con un apretón de manos.  Hemos perdido la confianza entre nosotros, la mentira nos ha convertido inmunes: ya no esperamos la verdad, ya no la exigimos y peor aún, ya no sancionamos a quienes no la usa.

La infidelidad en el matrimonio, la confrontación empresarial con sus empleados, la crisis social, la quiebra bancaria, todo tiene su origen en la falta de verdad. Debemos de iniciar a construir la base sólida de la confianza y eso se logra teniendo la honestidad como piedra angular.

Iniciemos entonces cambiando nosotros (y en esto yo mismo me incluyo porque muchas veces he faltado a la verdad), creando un hogar sin mentiras, luego transformemos nuestra comunidad, el país y el mundo. Seamos desde hoy hijos, esposos, padres, empleados, jefes, políticos y amigos que tengan la sinceridad como punto de partida. Hablemos con la verdad, intentando no hacer promesas sin cumplimiento. Dejemos de pensar que la verdad destruye, de esto todo lo contrario, no tengamos el temor por descubrir lo que no es falso. Únicamente mediante esa condición podremos iniciar la transformación sin confrontación tan anhelada en nuestra Honduras, únicamente así podremos tener la armonía social que se exige para progresar y generar riqueza, riqueza no sólo de bienes sino también del alma.

 Si entre cielo y tierra no existe nada oculto, démosle al destino entonces la ayuda del principio de la honestidad.

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