Propósito oculto del hegemón y sus socios. Elecciones en Venezuela y México II, en clave de sencillez

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

En ciertos momentos de su historia moderna, los EUA han pretendido ser paladines de la libertad y la democracia, defensores de los derechos humanos y de la ley internacional, la autodeterminación. Ha habido gente que se lo tomó en serio y esa idea sigue vigente. Pero, cuando se llega a implementarla, esos principios se subordinan a razones pragmáticas y la retórica invierte los significados de los términos. Protegen los derechos de las víctimas de sus contrarios, pero se hacen de la vista gorda con los que atropellan sus amigos para favorecerlos. A nadie debería sorprender. La hegemonía se estableció hace un siglo a sangre y fuego de cañón. Nadie serio, ningún funcionario de categoría o académico calificado lo desmentirá. Tampoco lo esencial ha sido la ideología.

Democracia se puede definir de muchas maneras. Lo hemos dicho muchos hace tiempo. En los 1940s Albania y Rumanía se llamaban a sí mismas democráticas y después Cambodia se calificó así en época de Pol Pot. Del mismo modo que presididas por feroces dictadores militares Argentina y Brasil se figuraban democracias republicanas. De manera sutil, igual, todavía se alega que Honduras devino democrática en los 1980s, cuando se suprimieron derechos y organizaciones y libertades o se asegura que son democracias los países latinos en que 1% de la población controla la mitad de los recursos y en la práctica todo el poder, y el 80% más pobre hambrea o vende el voto por una provisión.

 Ninguna hoja se mueve en las relaciones de los Estados Unidos con otros sin el diseño del estratega. No varían esas políticas de un día al otro. (Su visión se proyecta al siguiente siglo.) Y antes que una individualizada para cada uno de los países de una región, el Departamento de Estado formula políticas para conjuntos, con una sola base que, al final del día, son sencillas y homologables. Apoyar y promover a quien asegure sus intereses nacionales y estorbar y socavar lo que se les oponga. Y eso no es una política particular suya, una perversidad exclusiva de su etnia, Han recurrido a ella todas las potencias hegemónicas a lo largo de milenios en cualquier geografía de la historia registrada. Desde que el mundo es un campo de contradicciones y convergencias, sobre el cual se juega el poder de grupos, castas, naciones, estados e imperios. Cosa de sentido común. Sin doblez ni refinamiento. El poder es su propio medio y su fin propio.

 Entonces la retahíla de medidas anunciadas (siempre predecibles) por los estadounidenses hoy para castigar a Venezuela por haber celebrado una elección imperfecta, y para obligarla a restaurar lo que ellos consideran democracia, a saber, el campo de ventajas para sus adeptos tiene que verse con sencillez, sin exclamaciones airadas contra el imperialismo, imprecaciones sentimentales por la suave patria, ni reclamos lacrimógenos. Se la debe analizar fríamente como parte de una estrategia, y enfrentarla en la medida en que se disponga de elementos o recursos para ese fin. Hace ya varias décadas que sus teóricos y prácticos de la diplomacia y de las relaciones internacionales en EUA elaboran la tesis del soft power, según la cual, en vez de lanzar con su poder de fuego peligroso, una guerra convencional, es más económico hacer la guerra psicológica (mediática) y comercial.

 ¡El poder suave puede ser bien duro! ¡Debe ser inclemente! Y a tal punto ha sido eficaz implementar esa estrategia que hoy por hoy la China declara oficial abiertamente que uno de sus fines prioritarios de su política exterior es soslayar disputas comerciales con los EUA, que siguen teniendo la economía más grande. No es que sea imposible por supuesto, retar. Es cuestión de cálculo. Del timing. No conviene desgastarse en esa clase de conflicto si no tienes una garantía de vencer. Menos aún sirve de nada gastarse en líricas expresiones que no surten efecto en la relación de poder y a veces no alcanzan a ser provocación. Como sucedía cuando Mao evocaba el tigre de papel.

Concretamente, esta política gringa se dirige a poner también a México y a los mexicanos en ascuas.  En el entendido de que la movilización de quienes ahí temen y quieren evitar una toma del poder democrático pueden aun abortar o prevenir el triunfo de López Obrador. O de que, en todo caso, si ya no se puede, entonces, que AMLO llegue al poder medido con el cordón de Donald Trump y advertido de los límites de su juego.

 Por supuesto es otra cosa. México no importa como Venezuela por falta de producción propia, una gran proporción de sus necesidades básicas, sino que produce sus insumos básicos, alimentos incluso medicina. Tiene (creo estar en lo correcto) una elite con mayor definición de su propio interés, identidad nacional y cultural y por lo mismo podría ser más resistente. ¿Y entonces es preferible hacer la demostración en Venezuela y prevenir?

 Esta serie de medidas draconianas para llevar al límite la confrontación en Venezuela, arrinconarla con ayuda de los más infames regímenes como el vergonzoso de Tremer, el de la dócil Colombia, los ignominiosos de Honduras y Paraguay. Humillarla. Al tiempo que advierte a todos aquellos actores con poder, los Sahib, los caciques coloniales, los políticos apaniguados, empresarios, militares y religiosos en la región, que si quieren proteger sus intereses deben actuar en consonancia con el de EU.

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 Porque esta es la particularidad del soft power, que no la simple diplomacia, esta estrategia precisa del colaboracionismo local en grado absoluto. Si no hubiera pitiyanqui no habría poder yanqui suave. Solo cuando los militares se han olvidado de un compromiso con la propia patria, cuando los empresarios piensan que dependen completamente del mercado estadounidense, cuyo acceso es Edén y panacea, cuando las clases intelectuales y aun los  artistas subordinan  sus propios conceptos de estética y lógica, cuando no queda a salvo nada de la independencia real, entonces suena el estruendo con que el hegemón llama a rematar la obra, llama a la horda y la guarimba al tumulto y exige la represión contra pueblos heroicos.

 ¿Estarán los EUA desatando en América Latina una turbulencia e inestabilidad que justifique nuevos estadios de dominación? ¿A quién beneficiaría esa eventualidad? ¿Cómo enfrentarla mejor?

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