¡Las mujeres invisibles de los PÍRRICOS DIPUTADOS hondureños!

Por: Claudia Mendoza

Rosa casi no podía percibir el sonido de la sirena de la ambulancia que la llevaba a veloz carrera hacia el Hospital Escuela de Tegucigalpa. Las imágenes de los rostros de sus hijos le angustiaban más que el dolor por las puñaladas que llevaba clavadas en su cuerpo. Tal vez hoy es distinto y no peleamos. Total, es día de la mujer, se dijo, horas antes.

Ellos se llevaban bien; nunca los escuchamos pelear y por eso no entendemos porque pasó esto, comentaba doña Tencha a un periodista que cubría el caso. Mientras, en la radio sonaban con fuerza las discusiones de los diputados hondureños, inconformes con el “pírrico” aumento salarial.

Con tono altivo, uno de apellido Najera insistía en decirles a los periodistas, “no voy a renunciar a lo que yo me gano con el sudor de la frente, porque a mí quien me paga no es el gobierno, sino el pueblo”. Semejante cabrón, masculló don Genaro, quien también escuchaba la radio. ¡Ya quisiera verte con este cachimbo de papas que debo jalar todos los días para ganarme 4 pinches pesos!

El trayecto hacia el hospital se volvió interminable para Rosa. Recordó los días alegres junto a su hijos, pero también los golpes y maltratos que en silenció le aguantó a José durante años. Con malatión, José dispuso poner fin a su propia angustia y tal vez, a sus cargos de consciencia. Es lo menos que podía hacer ese desgraciado, dijo furiosa doña Tencha, mientras agregaba: pobrecitas las criaturas; quedaron solas.

Berta apareció por una esquina y se sumó a la tertulia, en la que también estaban Jorge y Ana, una pareja que había logrado romper los cánones del barrio. Jorge le gritó un par de veces y en una ocasión intentó golpearla. Ella, con una fuerza inusual, tomo su brazo y le dijo: mira hijueputa, si me volvés a poner un dedo encima me matás o te mato. Jorge entendió muy bien y desde entonces se convirtió en el hazmerreír del barrio.

La radio seguía la discusión de los diputados. Ana exclamó, ¿y qué podemos esperar de estos picaros? Imagínense que aquella flaquita, aquella que es esposa de un doctor que te quita la panza y te endereza la nariz propuso que se vacunara a los diputados contra la gripe. Y a nosotros que nos lleve putas. Aunque la verdad, agregó, no sé si me enoja más aquella otra pendeja cachureca que dijo que nosotros los pobres estamos con hambre porque somos haraganes y no queremos trabajar. ¿Y es estudiada vos?, preguntó Berta. Ve a saber vos, contestó Ana, como allí llega cualquiera, nunca se sabe, como dijo Chelato.

En la esquina del barrio, la conmoción por el crimen de Rosa atrajo una interesante discusión. ¿Y vieron el caso de aquella mujer que hallaron la semana pasada, tirada en una calle, sin papeles y a la que le dejaron una nota amenazando a los vecinos de que si denunciaban los iban a joder?, preguntó doña Tencha. ¡Cállese doña, que ya hasta da miedo salir! Estamos jodidas porque o nos matan en la casa o en la calle, repuso Berta.

Don Genaro, ausente de la tertulia de las mujeres, seguía atento a la discusión de los periodistas que en la radio criticaban a los diputados, mientras otros justificaban el aumento con su silencio. ¡Vendidos periodistas!, seguro les pagan para que se cierren la jeta, dijo. Así son para todos; buena marmaja les han de dar para que no hablen nada malo contra de este gobierno. Bonito está, acotó, ahora es que a ese tal Najera no le ajusta ese el pisto para pagar el alquiler de su casa ni para mandar a lavar los calzones. Solo falta que nos orine un perro, musitó.

Repentinamente, entre las caras angustiadas que observaban la sangre que Rosa había dejado en el camino, apareció Lester, el estudiado del barrio. Vení para acá vos cipote, insistió don Genaro. Vos que lees y estudias, explícame, que diablos es pírrico. Ese tal Nájera dijo que el aumento es pírrico y no entiendo nada.

Mientras Lester sacaba un diccionario y varios libros de las clases de derecho que cursaba, Berta había entrado en un ataque de pánico. Vino a su mente la noticia que había leído sobre otra mujer que fue asesinada en San Pedro Sula, en su propia casa y a punta de disparos.

Su marido iba llegando en ese instante. Miró fijamente su andar mientras se acercaba lentamente hacia ella. Se dijo en su interior: ¿y si este un día quiere matarme? ¡Ave María purísima, sin pecado concebida!, repetía susurrando, en tanto su dedo pulgar e índice la persignaban incontrolablemente.

Andate despacito que soy lento en entender, insistía Don Genaro a Lester. Mire, la palabra pírrico viene del rey Pirro, quien vivió entre el año 307 y 302 antes de Cristo y gobernó el Estado de Epiro. Pirro comandaba ejércitos, don Genaro, y a sus soldados se les comenzó a llamar ejército pírrico. Ganó muchas batallas pero tuvo que pagar altos precios por el gane. Por eso, a esas ganancias o victorias que se obtienen con costos elevados se les llama ganancias pírricas, puntualizó.

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¡Puta, pero entonces a nosotros nos ha salido guaya la cosa! Mirá, les pagamos un pencazo de pisto a esos diputados para que hagan leyes que hacen ricos a los ricos y joden los pobres, gritó don Genaro.

Ana, Berta y doña Tencha no paraban de discutir acaloradamente sobre tanta mujer asesinada en su país. La muerte de mujeres era algo parecido a la H1N1. Algo así como una epidemia, decían, y para rematar no se mete al mamo a ningún asesino. Estamos jodidas, coincidieron.

Las pláticas no tenían fin, pero cuenta la historia que desde entonces a los congresistas hondureños se les dejó de decir padres y madres de la patria y ahora, en su lugar, se les llama DIPUTADOS PÍRRICOS.

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